Dos años de la dana que devastó el este de Castilla-La Mancha: “Todavía temblamos cuando escuchamos llover”
En mitad del duelo por la tragedia ferroviaria de Urda, en otras zonas de Castilla-La Mancha están latiendo estos días las heridas otra catástrofe que marcó para siempre las vidas de decenas de personas: la dana de finales octubre de 2024. La mayor devastación la sufrió la Comunitat Valenciana, con 234 fallecidos. Pero en su zona fronteriza con las provincias de Albacete, Cuenca y Guadalajara, las inundaciones y riadas también hicieron mella: siete personas muertas y numerosos destrozos que truncaron las vidas de muchas personas. Dos años después, todavía tiemblan cuando escuchan llover, pero han seguido adelante. “No queda otra. La vida se abre paso”.
El agua imparable y el sonido de la destrucción. Así recuerdan en el municipio albaceteño de Letur aquel martes 29 de octubre de 2024. El casco histórico se convertía en un mar embravecido de color marrón que arrasaba todo a su paso. Fueron horas complicadas. Viviendas destruidas, parajes devastados, infraestructuras inservibles, pero sobre todo vidas perdidas. Las inundaciones se cobraron la vida de seis personas en este municipio.
Los días posteriores, al igual que en otros puntos de España afectados, la solidaridad por parte de voluntarios y voluntarias estuvo patente. Un sentimiento de unión que se refleja en cada catástrofe que deja sobrecogida a la ciudadanía, al igual que en estos días se ha vivido con el choque de trenes en Urda (Toledo), un día antes de que se cumplieran dos años de la dana.
Es una imagen que no se me quita de la mente
Antonio Abril, natural de este municipio, recuerda que ese día “apenas llovía en el pueblo” y que el suceso “pilló de sorpresa a todos los vecinos”. Aunque él vive a las afueras, en el casco histórico cuenta con diferentes alojamientos turísticos. “Un amigo me llamó por teléfono y me pasó el primer vídeo que hizo saltar las alarmas, que era el de una furgoneta bajando por el margen derecho del arroyo. Me asomé a la ventana y vi que el agua bajaba por la calle Barranco, por su cauce natural, pero desbordado. Es una imagen que no se me quita de la mente”, recuerda.
Señala que automáticamente cogió su coche y subió hacia el pueblo, “pero no se podía acceder al casco histórico por ningún lado”, ya que solo existe un punto de entrada y de salida. “Sentí miedo por los pocos vecinos que viven allí, porque estaban totalmente desprotegidos, nadie podía entrar a socorrerles. Era una impotencia ver que no podíamos hacer nada”, apunta con la voz sobrecogida.
Rafael Martínez, a pesar de vivir en Murcia, adquirió en junio de 2024 una casa en Letur como segunda residencia, que después destinaría a casa rural. “Nos enteramos al ver las imágenes horribles y después nos enteramos enseguida de que había fallecido seis personas. Fue un palo bastante grande”, rememora, citando también a sus conocidos en el pueblo que sufrieron directamente las consecuencias de la dana. “Afortunadamente siguen vivos, pero les han quedado secuelas psicológicas”.
La entrada a este municipio de unos 900 habitantes estuvo inaccesible “durante mucho tiempo” por lo que aquellos que no residían allí habitualmente tenían “mucha preocupación” por no conocer cómo se encontraban sus viviendas. “El Ayuntamiento nos avisó cuando podíamos ir y entonces pudimos ver toda la devastación”.
“Sientes miedo. Aunque estés acostumbrado a ver que las lluvias en esta zona se han convertido en torrenciales, en cualquier momento puede ocurrir lo que pasó aquí, y eso asusta”. Rafael cuenta que tenía la casa rural reservada para aquel fin de semana y también para el resto del año. Mas allá de las secuelas psicológicas quedaron también las económicas.
Espacios naturales y turísticos aún sin recuperar
Letur es un pequeño pueblo enclavado en la albaceteña Sierra del Segura con un encanto que siempre ha atraído al turismo de interior. Su casco histórico, sus paisajes o incluso maravillas como el Charco de las Canales o una piscina natural con gran atractivo que se encontraba en el centro del municipio, al lado de la Plaza Mayor, y en la que la ciudadanía de Letur se bañaba desde que tienen memoria.
“Es una poza natural, una de las zonas más bonitas de allí, que ha desaparecido por completo”, expresa Rafael Martínez. Añade que “han reconstruido muchas cosas en el pueblo a día de hoy, pero creíamos que las piscinas también iban a ser una prioridad”.
Antonio Abril coincide en que aunque se están recuperando poco a poco, siguen “padeciendo la merma de afluencia de turistas”. Letur, lamenta, “sigue padeciendo la herida que hizo la dana, queda mucho trabajo por hacer” o que “no se ha hecho mucho en el tema del encauzamiento”.
En su retina queda la intervencion de “una pequeña limpieza, pero la Confederación Hidrográfica [del Segura] está realizando todavía estudios, pensando qué hacer para que no vuelva a suceder. Desgraciadamente no se ha hecho nada para evitar que se viva otro fenómeno como el que ocurrió”.
A 225 kilómetros, en Mira
Mientras en Letur se hacía latente la tragedia, a 225 kilómetros, en la localidad conquense de Mira, limítrofe con la Comunitat Valenciana, el río del mismo nombre que el municipio se desbordó tras el paso de la dana y arrasó con todo el casco urbano del pueblo, de apenas un millar de habitantes. Murió una mujer de 88 años.
Un grupo de personas trabajó durante toda la noche, antes de la llegada de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y de los bomberos, para sacar a bebés, niños y familias de sus hogares, hasta lograr rescatar a una veintena de ellos Porque más de medio centenar esperaron durante la noche en los tejados de sus casos a que se hiciera de día para que pudieran verlos.
En algunos puntos el agua llegó a alcanzar los cinco metros y medio. Pese a anteriores inundaciones, fue algo nunca visto en la localidad. Y así lo siguen recordando sus vecinos y vecinas.
María Dolores regenta la farmacia de la localidad, desde 2019, cuando tomó el testigo de su padre. “Los recuerdos siguen ahí, pero la diferencia de ánimo es bastante grande. La gente se quedó por los suelos. Estábamos tristes, sin esperanza. Aquí lo veíamos todos los días. Mucha gente perdió sus casas, sus coches, todo lo que tenía, e incluso se nos echaba a llorar. Intentábamos consolarlos”, cuenta.
Ahora, la mayoría de los habitantes, aunque no todos han recuperado buena parte de sus vidas. “Están remontando, poco a poco, con mucho trabajo y mucha paciencia”. Se refiere María Dolores a la recuperación de viviendas, naves, comercios y otras instalaciones que el río Mira se llevó por delante. De hecho, en los primeros momentos, su farmacia actuó como un improvisado servicio de urgencias, al acudir personas con arañazos, ampollas, pies fracturados y doloridos, y otras heridas.
El local donde se ubica su botica no se vio afectado por la riada. Sí sufrió estragos su anterior sede, la que regentaba su padre, que “quedó hundida hasta arriba”. Es un suceso que todavía sigue entristeciendo a esta farmacéutica porque en ese mismo inmueble también estaba la casa familiar, aunque ese momento no estaba habitada. “Todo el interior se ha perdido, la estructura está bien, pero ahora está vacío. Es solo una pérdida material, pero me da mucha pena”, lamenta.
Tengo mi trabajo y a mi familia. Es suficiente
El marido de María Dolores es agente de la Guardia Civil y él trabajó muy activamente, “sin descanso”, cuando la dana dejó su huella en este pueblo conquense. Ambos perdieron igualmente sus coches y su garaje. Eso le da más igual porque recuerda las palabras de su madre cuando pudo hablar con ella tras la riada: “Me dijo que no me hundiera, que no ofendiera a Dios, porque estábamos todos bien. Tengo mi trabajo y a mi familia. Es suficiente”, concluye.
Ahora, cuenta, los vecinos y vecinas, cada vez que suena una alerta el móvil, siguen el protocolo “a rajatabla”. Nada de salir de casa, ni mover coches. Lo han interiorizado a golpe de una tragedia que les hace “mirar el río con mucha tensión”. “Todavía temblamos cuando escuchamos llover”, concluye.
Entre los numerosos trabajos llevados a cabo en Mira, el de los albañiles ha sido fundamental en estos dos años para la rehabilitación y reconstrucción de la vivienda. Incluso han escaseado por momentos. Manuel, de 23 años, se dedica a este oficio junto con su padre, y es además presidente de la Asociación Juvenil del pueblo.
Él estaba en Valencia cuando la dana descargó. No pudo acudir a Mira hasta dos días después, debido a los estragos en las vías de comunicación. Su padre, junto con otras personas, dedicó las primeras horas, tras la inundación y los rescates, a movilizar máquinas y pequeñas grúas para despejar las calles de coches y enseres acumulados. Manuel se unió a esas labores cuando consiguió llegar al pueblo dos días después.
Y desde entonces, estos dos años, ha seguido trabajando “a destajo” en la reconstrucción y rehabilitación de muchos inmuebles: su propia vivienda familiar y la de sus abuelos, que se inundó “hasta la cintura”, o la casa-museo de la localidad, un espacio que regenta Tomás, vecino del pueblo que durante años ha ido almacenando y custodiando objetos antiguos. Muchos se han perdido y otros se han salvado.
Al margen de su trabajo como albañil, lo más curioso es que la asociación juvenil que preside se constituyó ese mismo año, en 2024, unos meses antes de la dana. Un grupo de jóvenes del pueblo comenzaron a organizar actividades en mayo para las fiestas de San Isidro y las de agosto, con la colaboración del Ayuntamiento.
Cada vez que llueve, estamos todos cagados. Pero lo importante es que el pueblo va avanzando
Cuando el pueblo quedó arrasado, este colectivo recién nacido, que ahora cuenta con unas 60 personas, realizó una recaudación de fondos que donó al Ayuntamiento para un nuevo vallado junto al río. Ahora también quieren comprar mesas de camping, bancos y papeleras para el mismo paseo fluvial.
Esa es la base de la recuperación, pero Manuel, como María Dolores, mira al cielo con preocupación. “Cada vez que llueve, estamos todos cagados. Pero creo que es lo normal. Lo importante es que el pueblo va avanzando. Arreglaron el puente y la carretera, y se ve a la gente más animada. Si es que no queda otra, la vida tiene que abrirse paso”.
Con 62 años, Pilar regenta ‘Alimentación Moya’ la tienda de abastecimiento más antigua de Mira, entre el Ayuntamiento y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Vivió “con mucha angustia” la llegada de la riada la noche del 29 de octubre de 2024. Su establecimiento se encuentra en la parte antigua del pueblo y entró agua por la tarde. Pero la peor parte se la llevó la vivienda familiar de su marido y sus hermanos. “Se quedaron sin casa, como muchas personas más. Fue terrorífico”, cuenta muy emocionada.
“Todos recordamos cada día a nuestra vecina fallecida, sobre todo en medio de esa devastación que fue el agua llevándoselo todo. Porque es que, además, ese vestigio todavía está ahí, puede verse. Paseas por el pueblo y ves recuerdos, marcas, de lo que pasó. Han hecho obras más grandes, como la del puente, pero quedan las cosas más pequeñas, sobre todo en las calles donde está en Centro de Salud, los bares… Mucho de eso sigue igual. Pero claro, es que los albañiles, los fontaneros… no dan abasto”.
Pilar recuerda especialmente “el ruido atroz del río arrasando con todo” en una “noche que no acababa”. De hecho, muchos vecinos le cuentan en la tienda que cuando empieza a llover, se acercan al río para vigilar su caudal.
“El miedo sigue ahí, pero el ser humano tiene una capacidad de resistencia infinita. Y aquí somos muy luchadores. Debemos ayudarnos unos a otros. Se debería decir más que si fuésemos todos un poco más humanos, todo iría mejor, porque se han deshumanizado muchas cosas, nos hemos alejado de lo que realmente pasa en la tierra, sobre el suelo. Eso no puede seguir así”, recalca.
La vida después de la riada en Villel de Mesa
Un día después de la dana del 29 de octubre de 2024, el municipio de Villel de Mesa (Guadalajara), con poco más de 150 habitantes, sufrió también una grave riada que anegó el casco urbano y devastó fincas agrícolas, sobre todo de cultivo de cereal. Casi medio centenar de casas se vieron afectadas por la entrada de agua y lodo. No hubo víctimas mortales pero la huella del agua también sigue presente.
Loles y su marido Ángel regentan el bar-restaurante ‘La Peña’. Es el centro de encuentro de sus vecinos y vecinas, además de un referente gastronómico para los visitantes que recorren la comarca. Los estragos de la dana les obligaron a cerrarlo durante siete meses, hasta la Semana Santa de 2025. Se inundó completamente.
Consiguieron sacarlo adelante mediante el seguro, pero también con su propio esfuerzo. “Ahora, siempre que lo miro, me parece hasta mentira”, cuenta Loles, pero como en todos los pueblos que se vieron afectados, se mantiene alerta permanente por el estado del río.
“No creo que las obras que han hecho sean suficientes. No soy experta, pero creo que deberían haberlo drenado. Porque seguimos con miedo: en cuanto llueve muy fuerte, todos retiramos los coches hacia más arriba. Lo hacemos casi de forma automática”.
Al margen de ello, le gusta recordar cómo todo el pueblo se volcó en ayudarse unos a otros. “Eso fue lo mejor. Porque nos ayudaron desde la Diputación con muchas cosas, pero fueron sobre todo los vecinos quienes trabajaron. Además, como después era festivo de Todos los Santos, vinieron muchos familiares y amigos y también se pusieron a ayudar”.
El bar ‘La Peña’, ya reabierto, incluso organizó una fiesta con barbacoa para los vecinos “en agradecimiento a todo lo que hicieron” y para “celebrar que estábamos todos bien, que no nos había pasado nada y que empezábamos de nuevo, haciendo piña, como en todos los pueblos pequeños”.
0