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Adiós a las armas nace con el objetivo de contribuir a la construcción de un mundo más seguro, a través de la cultura de paz y el desarme, desde la investigación y difusión de los efectos perversos del militarismo y el armamentismo, prestando especial atención al comercio de armas, la financiación de las armas, el gasto y presupuestos militares, las fuerzas armadas, la industria militar, la Investigación y Desarrollo (I+D) de armamento, las operaciones militares en el exterior, con especial atención en el Estado español; también hacemos análisis de conflictos armados, el militarismo y armamentismo mundial y de las doctrinas de seguridad y defensa de España, la UE y la OTAN.

Adiós a las armas es un blog coral en el que escribimos investigadoras y colaboradoras del Centro Delàs de Estudios por la Paz, pero dónde también se pueden encontrar artículos firmados por autoras que hacen una lectura de los conflictos y las relaciones internacionales incorporando un análisis crítico desde la cultura de paz y la no-violencia.

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Cambio climático y nuevas guerras

Este 30 de noviembre de 2015 ha empezado en París la COP21: la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático. Se trata de una conferencia internacional donde participaran la mayor parte de estados del mundo y multitud de organizaciones, y el objetivo de la cual es llegar a un acuerdo para evitar que la temperatura media de la Tierra aumente más de 2ºC. La necesidad de un acuerdo vinculante es cada vez más urgente dados los efectos ya evidentes del calentamiento global.

Una de las posibles consecuencias del aumento de la temperatura que cada vez despierta más interés es su impacto en la conflictividad social: ¿hasta qué punto el cambio climático puede ser la causa de conflictos violentos? En las últimas décadas numerosos estudios han intentado dar una respuesta a esta pregunta y muchos no han dudado a señalar el aumento de la temperatura media de la Tierra como la principal amenaza a la seguridad del siglo XXI. Así, la literatura sobre las “guerras climáticas” es cada vez más abundante e intenta identificar el mecanismo causal entre aumento de temperatura y conflictividad. El argumento principal es que algunos efectos del calentamiento global como la desertización, el aumento del nivel del mar, la disminución del agua potable y de tierras cultivables, los fenómenos meteorológicos extremos (huracanes, sequías, etc.) o las migraciones, incrementarán la competición por unos recursos cada vez más escasos.

A nivel gubernamental, varios estados han incorporado el cambio climático como fuente de inseguridad en sus estrategias de defensa. Por ejemplo, los Estados Unidos, líderes mundiales en política de defensa, desde hace algunos años consideran el cambio climático como una de las principales prioridades para la seguridad nacional, ya que sus efectos “agravaran los factores de estrés en el extranjero como la pobreza, la degradación medioambiental, la inestabilidad política y las tensiones sociales; condiciones que pueden permitir la actividad terrorista y otras formas de violencia”. La Estrategia de seguridad nacional (2013) del Estado español también hace referencia al cambio climático no como una amenaza en sí, pero sí como un factor que puede exacerbar tensiones y multiplicar amenazas.

No obstante, ¿podemos afirmar que las “guerras climáticas” son un hecho evidente? Si miramos el conjunto de estudios sobre el tema, la prudencia se impone ya que la realidad parece ser mucho más compleja. En primer lugar, donde si hay consenso es en que el cambio climático afecta de manera negativa y rotunda el bienestar de millones de personas. Sin embargo, no existe un mecanismo lineal que vincule aumento de temperaturas con violencia social. De hecho, hay muchos otros factores que determinan la vulnerabilidad de las personas al cambio climático y que en un segundo tiempo podrían desencadenar conflictos violentos.

En realidad, el problema de los estudios que vinculan directamente cambio climático con guerras no es solo a nivel analítico, sino también político. No es casual que las regiones donde se considera que hay más probabilidad que desarrollen “guerras climáticas” sean también aquellas más empobrecidas y vulnerables a causa de procesos socioeconómicos locales y globales. Considerar que el cambio climático es la principal causa de la conflictividad esconde todos estos factores y por tanto condena de forma irremediable a las poblaciones más vulnerables. En consecuencia, muchos estados optan por la estrategia de la contención militar: dado que desde este punto de vista poca cosa puede hacerse (aparte de reducir las emisiones de CO2 a largo plazo), es mejor contener militarmente las fuentes de inseguridad. El peligro, entonces, es que una excesiva militarización de determinadas zonas convierta en una profecía auto-realizada el fenómeno de las “guerras climáticas”.

Es evidente que el calentamiento global del planeta está teniendo y tendrá un impacto profundo en la vida de muchas personas. No obstante, tenemos que ser conscientes de que la manera como enfocamos la cuestión es determinante para establecer responsabilidades y definir respuestas: ni el cambio climático es un fenómeno natural, ni él solo será la causa principal de nuevos conflictos. Si realmente queremos evitar las “guerras climática”, tenemos que tomarnos seriamente la vulnerabilidad y la escasez, agravadas por el calentamiento global pero producidas socialmente. Obviar estas cuestiones nos puede llevar a una situación donde lo único que se nos ocurra sea armarnos para contener los eventuales conflictos, sin resolver los problemas de fondo. No sería la primera vez.

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Publicado el
3 de diciembre de 2015 - 17:27 h

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