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Opinión - Entre lo urgente y lo importante, por Esther Palomera
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Hacía sólo dos días que la aviación del bando franquista había bombardeado Lleida, dejando un rastro de entre 185 y 250 muertos. La sensación de que el fascismo avanzaba, presionando también desde el aire, era latente. El ejército franquista estaba a las puertas de Madrid y Barcelona se acababa de convertir en la nueva capital de la República. El 4 de noviembre de 1937, el subsecretario de la Generalitat manda esta carta al alcalde de Barcelona, Hilari Salvadó, hijo de pescadores de la Barceloneta y miembro de ERC.

“Siendo necesaria de construir con la máxima urgencia un refugio para las personas que se encuentren en caso de bombardeo en el Palau de la Generalitat, y teniendo en cuenta que el mejor emplazamiento, atendiendo al carácter de urgencia es la plaza [el Govern actual ha pedido no revelar el lugar], os solicito que tramitéis lo más rápido posible el permiso correspondiente. El Sindicato de Arquitectos encargado de la construcción del refugio ha aceptado el compromiso de no alterar el aspecto ornamental de la placita mencionada”.

El original de esta carta es uno de los documentos que guarda con celo Josep Maria Contel, estudioso de los búnkers antiaéreos de Barcelona y la persona que alertó a la Generalitat en 2016 de que en su sótano había un refugio construido por el Govern de Lluís Companys, en el olvido hasta entonces. La existencia de este espacio fue revelada por elDiario.es en un reportaje del pasado 26 de octubre tras poder acceder al refugio junto a la unidad de subsuelo de los Mossos d’Esquadra.

La carpeta en manos de Contel, que tiene intención de entregar próximamente al Ayuntamiento de Barcelona, contiene decenas de documentos que permiten hacerse una idea del proceso seguido para poder construir a toda prisa, mientras caían bombas sobre la ciudad, un búnker en el centro de Barcelona al que se accedía desde el Palau por una antigua galería, construida 1645. La carpeta incluye la memoria del refugio, el presupuesto, decenas de cartas entre administraciones e incluso unas hojas detalladas por semanas en las que se aportan todos los nombres y apellidos de los obreros que trabajaron en su construcción. También el salario que percibían y sus turnos de trabajo. 

La mitad de los documentos se guardan en el archivo contemporáneo de Barcelona. La otra mitad, con los planos originales y la memoria del refugio, estaban en una carpeta que una persona sin identificar entregó a Contel en 2009 como premio a su tesón a la hora de investigar los búnkers de la Guerra Civil en el subterráneo de la capital catalana. “La persona que me lo dió pensaba que yo sabría que hacer con estos documentos”, apunta Contel, que explica que la administración ha intentado en más de una ocasión que les entregara esa documentación o revelara la fuente que le hizo llegar la carpeta. 

De 6 de la mañana a 10 de la noche sin parar

La urgencia del conflicto obligó a los impulsores del búnker a destinar una notable cantidad de recursos tanto humanos como materiales para tenerlo acabado cuanto antes. Se organizaron dos turnos diarios que implicaba que se dedicaran 16 horas al día a avanzar en la construcción. Los turnos semanales eran de 48 horas y el precio que se pagaba por hora permite intuir la inflación habitual en una guerra. Al principio de la obra, en diciembre de 1937, el precio que se pagaba por hora era de 2,50 pesetas para la mayoría de trabajadores, incluido los encargados. Al final, durante la primavera del 38, se pagaba a 3,50 pesetas y los encargados llegaron a cobrarla a 4 pesetas.

“Todos los recursos subían de precio y cada vez había más inflación”, apunta Josep Maria Solé i Sabaté, profesor de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de más de una decena de libros sobre la Guerra Civil y la posguerra. “Hay que tener en cuenta que una guerra lo distorsiona todo”.

El proyecto tenía como objetivo erigir tres refugios a la vez: uno situado justo debajo de la Generalitat -con una sala para que pudiera reunirse el consejo ejecutivo, otra para el president Lluís Companys, cuatro cabinas telefónicas y un lavabo- y otra estancia que quedaba situada debajo una plaza adyacente conectada mediante una galería. 

La capacidad de estos dos refugios era de 250 personas “cómodamente sentadas” y 180 de pie, según figura en la memoria del proyecto. En el segundo refugio se proyectaron dos lavabos y un cuarto con mascarillas antigás, linternas a base de velas y petróleo así como herramientas para quitar escombros. La obra se adjudicó al constructor Pere Sariola por un importe de 906.530,80 pesetas y fue finalizada el 3 de junio de 1938.

Paralelamente se construiría también otro refugio debajo de la residencia del presidente Companys, situada en Rambla Catalunya, aunque cuando los bombardeos se convirtieron en habituales Companys fue trasladado al Palau de les Heures, más alejado de la ciudad y en cuyo sótano también se construyó otro búnker.

Los ataques aéreos eran una novedad y a finales del 37 la ciudadanía empezó a buscar maneras de resguardarse. Ya fuese en el metro, donde dormían muchos vecinos y algunos llegaron prácticamente a vivir, ya fuese en el millar de refugios que se proyectaron en la ciudad -muchos quedaron a medias- o en los sótanos de los domicilios. “Ahora lo hemos visto muchas veces, pero hay que tener en cuenta que en ese momento los bombardeos eran un arma desconocida”, abunda Solé i Sabaté, que destaca la situación de “indefensión” en la que se vio de repente la ciudad. “Ten en cuenta que al principio incluso muchos vecinos subían a la azotea a ver los aviones, mucha gente no era consciente de la capacidad destructora de estos ataques”.

Los aviones franquistas salían de Mallorca y en apenas 25 minutos se plantaban en la capital catalana. Entraban por la zona del Llobregat o del Besòs, soltaban unas cuantas bombas y en cuestión de segundos se habían largado del cielo de Barcelona. “Era muy complicado defenderse de este tipo de ataques”, apunta este historiador. “A pesar de las defensas que se instalaron, resultaba muy complicado alcanzar a los aviones”.

El número de horas trabajadas y la cantidad de hombres en la obra ilustran cómo a medida que los bombardeos se extendieron en la capital catalana cada vez trabajaban más personas para tener acabado el refugio. Las primeras semanas apenas son una cincuentena de trabajadores. A partir de enero de 1938, cuando empiezan a propagarse los ataques aéreos sobre Barcelona, llegan a trabajar hasta 100 personas al día, 50 por cada turno. 

Los documentos incluyen los nombres de todos los trabajadores. Gente anónima que por tener una edad avanzada o unos conocimientos determinados no habían sido llamados al frente. Algunos nombres: Vicents Balasch, Antoni Grau, Pere Daura, Timeteo Vilella, Joaquim Lafuente… así hasta un centenar. 

La salida ‘in extremis’ de los documentos de Barcelona

Los documentos que ofrecen toda esta información sobre los búnkeres -y que han permitido a la Generalitat localizar ahora el refugio debajo de su subsuelo- se salvaron por los pelos, siendo extraídos de la ciudad prácticamente al mismo tiempo que las tropas franquistas entraban a Barcelona sin encontrar resistencia. 

El 23 de enero de 1939, los miembros de la Junta Pasiva de Catalunya, organismo encargado de proyectar y construir estos refugios, recibieron la orden de recoger y empaquetar toda la documentación relativa a los refugios catalanes, que se guardaba en la sede de esta entidad situada en el Paseo de Gràcia de Barcelona. Varios trabajadores acudieron al edificio y lo prepararon todo para que a la mañana siguiente fuesen recogidos a las 10h. 

El día 24, sin embargo, nadie acudió a recoger la documentación. Las tropas fascistas estaban en los aledaños de la ciudad y muchos vecinos y cargos del Gobierno y de la Generalitat habían empezado ya su éxodo hacia Francia (buena parte de los organismos oficiales habían sido evacuados el 22 de enero). Barcelona era una ciudad exhausta después de casi tres años de guerra, vacía de poder y aguardando lo inevitable. La documentación había quedado abandonada a su suerte.

Fue Ramón Perera, ingeniero industrial y responsable de la construcción de la mayoría de los búnkers repartidos por Catalunya, quien acabó salvando la documentación junto a un compañero. El 25 de enero, acudieron a la sede de la Junta Pasiva de Catalunya y cargaron cajas y cajas de documentos en su vehículos. Se quedaron escondidos en el edificio para esperar a que se hiciera de noche. A las 2:30h de la madrugada del 26, cuando faltaban pocas horas para que entrasen las tropas franquistas en la ciudad, salieron de la sede sigilosamente y se dirigieron a Sant Andreu por la calle Còrcega, según describe Contel en el libro Gràcia, temps de bombes, temps de refugis. 

Al amanecer, las vanguardias de las tropas de Franco llegaban a la montaña del Tibidabo. Desde ahí, con Barcelona a sus pies, se disponen a bajar a una ciudad indefensa. Las tanquetas se adentran por las calles de la zona alta de la ciudad sin encontrar resistencia y la misma tarde llegan al centro miles de soldados fascistas. Perera y los documentos se habían largado apenas unas horas antes. 

El ingeniero se escondió por distintos puntos de Catalunya hasta que el 27 de enero se reunió en el pueblo de Esponellà, al norte de Girona, con el conseller de Treball de la Generalitat, Rafael Vidiella, al que le entregaron toda la documentación. Tanto Vidiella como Perera cruzaron la frontera poco después. El primero se exilió en Budapest (Hungría). Perera, por su parte, fue llevado al Reino Unido por los servicios secretos británicos para aprovechar su experiencia para diseñar la defensa civil londinense para la Segunda Guerra Mundial. Moriría en Londres en 1984.

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Publicado el
7 de noviembre de 2020 - 23:05 h

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