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Análisis

El cura de los Pujol en Andorra descubre el pecado del molt honorable

El expresident y su esposa, en una imagen de archivo de 1980
14 de marzo de 2026 22:36 h

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Uno de los grandes de las letras catalanas, Josep Maria de Sagarra, narró en Vida Privada los secretos inconfesables de la burguesía barcelonesa del primer tercio del siglo XX. Con su magistral ironía, Sagarra dejó retratada la doble moral de los prohombres que acudían puntuales a misa de ocho tras una noche de descontrol en el barrio chino.

El juicio a la familia Pujol ha vivido una semana sagarraniana que ensombrece el legado ético del hombre que presidió Catalunya durante 23 años, pero que —con permiso de la valoración del tribunal— lo acerca a una absolución. Es una situación que a veces ocurre en los juicios: el acusado se puede salvar de una condena, aunque difícilmente se consigue que su nombre salga sin mácula.

El encargado de dar un espaldarazo penal a Jordi Pujol ha sido un personaje de novela. Josep Maria Pallerola, gestor de las cuentas de la familia en Andorra en los 90 y a quien toda España conoce como el mossèn (cura en castellano).

Así se refería a él Marta Ferrusola en una nota manuscrita de 1995 que pasará a la historia, en la que la entonces primera dama de la Generalitat se presentaba como “madre superiora de la congregación” y pedía a mossèn Pallerola el traspaso de “dos misales” al capellán de la parroquia. Sorprendentemente, el fiscal anticorrupción Fernando Bermejo no insistió a Pallerola por esta carta, aunque es uno de los elementos clave para sustentar su acusación de asociación ilícita contra la familia.

El gestor contó al tribunal el origen de su mote. Se lo puso Jordi Pujol Ferrusola porque, según le confesó el primogénito años después, la primera vez que lo vio pensó que tenía “cara de cura”. Pallerola ha sido uno de los grandes testigos del juicio —y como casi todos, ha dado la sensación que sabe mucho más de lo que le han preguntado—.

Como en la Vida Privada de Sagarra, el juicio a los Pujol es el retrato crudo de una época de la burguesía local: los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI, cuando entre las clases adineradas era habitual mantener a buen recaudo en Andorra un dinero que se subía en efectivo desde Catalunya.

El retrato deviene más problemático cuando una de esas familias con dinero oculto en el principado era la de quien por entonces era la primera autoridad de Catalunya. Y si encima presumía de que nadie le podía dar lecciones de moral, confundía su partido y su persona con el país y se dedicaba a predicar valores cristianos y de austeridad a los catalanes, el cóctel es explosivo en el plano ético —que es y debe ser distinto del plano penal—.

Un pasaje del testimonio de Pallerola sirve para ilustrar la paradoja de salvarse en un juicio pero quedar fatal en los libros de historia (que es lo que Jordi Pujol quiere evitar a toda costa). Es el que trata sobre la cuenta 63810.

La cuenta 63810 es importante y no había aparecido en todo el juicio. Tampoco ningún testigo que incrimine al expresident, obligado por la Audiencia Nacional a sentarse en el banquillo pese a sus problemas de salud. A decir verdad, apenas se le había mencionado a lo largo de más de 20 sesiones.

Hacienda cifró en 885.651 euros el fraude fiscal del expresident por los fondos de esa cuenta, que fue vaciada mediante reintegros en efectivo, pero lo consideró prescrito. La cuenta estaba atribuida a Jordi Pujol porque un documento manuscrito del propio expresident del año 2001 asumía ser el titular de los 307 millones de las antiguas pesetas que había en ella. Además, en otra carta, el primogénito decía al banco que el “real propietario” de la misma era su padre.

Pero en realidad no era así, según detalló Pallerola. El testigo avaló que el titular de ese dinero era Jordi Pujol Ferrusola, quien involucró a su padre en una treta para que lo asumiera como suyo y evitar así tener que repartirse los millones que contenía con su exesposa, Mercè Gironès, durante su divorcio. “He conseguido que mi padre me salve”, contó Pallerola que le había dicho Júnior.

Respecto al manuscrito en que Pujol designaba a su esposa como heredera de esos 307 millones en caso de fallecimiento, Pallerola apuntó que era una de esas “cartas” que los clientes de bancos andorranos solían hacer para especificar unas últimas voluntades fuera del testamento oficial.

“En Andorra era fácil que la gente te dijera, sin testamento, a quién tenías que entregar el dinero, pero había líos, porque algunas eran amantes, otras no...”, relató Pallerola, socarrón.

A diferencia de sus hermanos, que subían a Andorra una vez al año para ver el estado de sus fondos, Jordi Pujol Ferrusola hizo multitud de ingresos en efectivo en “bolsas, mochilas, un poco de todo”. “En aquellos tiempos era normal, lo único que mirábamos es que no fuera dinero de la droga, de armas o de terrorismo”, admitió Pallerola. Cosas de Andorra y de los felices 90. Sagarra hubiera disfrutado.

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