Robert Macfarlane : “Deberíamos alucinar tanto cuando vemos un río como si encontráramos un leopardo de las nieves en Madrid”
“¿Cuál es el río que ha influido en tu vida?”, me pregunta Robert Macfarlane, casi al inicio de nuestra conversación. Por un momento, siento que el escritor me ha leído la mente porque, efectivamente, no puedo separar mi infancia de las orillas del río Ebro a su paso por Zaragoza.
Pero Macfarlane juega con ventaja porque casi todos tenemos un río que ha sido importante en nuestra vida. Incluso cuando no somos conscientes de ello, los ríos forman parte de nuestra historia. Han marcado rutas, ciudades y culturas durante milenios, pero también dejan huella en nuestras biografías individuales.
En su nuevo libro, ¿Están vivos los ríos? (Random House, 2026), el autor británico explica que, durante siglos las sociedades humanas han entendido los ríos como fuerzas vivas, presencias casi sagradas. Una concepción que la modernidad industrial sustituyó por el concepto del río como recurso, canal, energía o infraestructura.
Macfarlane es, según la crítica, una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea sobre naturaleza. A medio camino entre el ensayo, la crónica de viajes y el retrato humano, el autor recorre en este volumen distintos paisajes fluviales del planeta para explorar una idea que empieza a ganar terreno en el debate ecológico: la posibilidad de reconocer a los ríos como entidades vivas, incluso como sujetos con derechos.
Conocido por obras como Las montañas de la mente o Bajo tierra, Macfarlane ha construido una trayectoria singular dentro de la llamada nature writing, un territorio literario donde se cruzan la observación del paisaje, la reflexión cultural y la experiencia personal. En este nuevo libro, el agua se convierte en hilo conductor de una serie de viajes y encuentros con científicos, activistas, juristas y comunidades indígenas que defienden una relación distinta con los ríos.
Usted es uno de los grandes exponentes de lo que se ha dado en llamar nature writing. ¿Se siente cómodo con esa etiqueta?
En realidad me gustaría más que me conocieran simplemente como un escritor. Creo que en la literatura la naturaleza debería estar siempre presente. Diría que mi escritura vive en un lugar en el que convergen muchos ríos: literatura, antropología, historia, ecología, política… Por tanto, no sé si hay una etiqueta que recoja todo eso.
Reconoce que, educado en el racionalismo, le costaba mucho imaginar que un río estuviera vivo. ¿Qué ha desaprendido durante la escritura de este libro?
¡Fue duro! Porque la pregunta del título del libro parece muy sencilla de responder pero para mí es un tema que tiene muchísima complejidad. Especialmente para quienes, por así decirlo, somos hijos de la Ilustración.
Por desgracia, los humanos creemos que somos los seres supremos de la creación, situados en lo alto de la pirámide, y no un ser más entretejido en la tela de araña de la vida en la Tierra. Y esa noción de la centralidad humana ha conformado nuestra legislación, nuestras leyes y nuestra imaginación. Eso genera diferentes crisis que acaban siendo un desastre para nosotros mismos, pero también para el resto de la vida y para el futuro del planeta. En este trabajo, la situación de los ríos me sirve como punto de partida para plantear toda una serie de preguntas más amplias en torno a las relaciones de los humanos con el resto de los seres vivos del planeta.
Para escribir este libro viajó a muchos de los lugares que describe. ¿Qué aportó ese viaje al proceso de escritura?
No habría podido escribir este libro sentado en mi despacho o en una biblioteca. Si ha visto la luz es gracias a los lugares, a los encuentros y a las ideas que fui encontrando en estos viajes. Llené cuadernos y más cuadernos con todas las cosas que aprendí de las personas que me recibieron en Ecuador, la India o Quebec. Investigar sobre el terreno te da la fuerza de la inmediatez, de lo vivo, y eso me parece fundamental para luego invitar al lector a vivir una versión de este viaje que yo hice, que fue un viaje físico, pero también personal.
Por desgracia, los humanos creemos que somos los seres supremos de la creación, situados en lo alto de la pirámide, y no un ser más entretejido en la tela de araña de la vida en la Tierra.
De entre todas las personas que entrevistó, ¿hubo alguna que le marcara especialmente?
Cada capítulo tiene una o dos personas clave. Son un poco como los personajes de una novela, aunque aquí son personas reales, muy auténticas. Todos me dejaron una huella muy profunda porque la mayoría ha sufrido pérdidas muy importantes en su vida y han trabajado en los ríos y los bosques para sanar esas pérdidas. Pero quizá quien más me marcó fue Rita, una poeta y activista del pueblo innu de Quebec.
De hecho, sigo llevando la pulsera que ella ató en mi muñeca hace tres años. Me dijo: “Solo el río o el tiempo, que en realidad son lo mismo, podrán quitar esta pulsera”. La sigo llevando desde entonces. Rita me ayudó a ver con el corazón y no solo con los ojos.
¿Cómo es posible que, siendo tan importantes para nuestra civilización, hayamos tratado tan mal a los ríos?
Los ríos contienen solo el 0,0002% del agua del mundo. Es decir, son muy raros. Deberíamos tratarlos como una especie en vías de extinción. Deberíamos alucinar tanto cuando vemos un río como si encontráramos un leopardo de las nieves en Madrid. Pero no nos sorprendemos, es más, nos hemos olvidado de los ríos, los maltratamos. Hay muchas razones por las que hemos llegado hasta ahí. Inglaterra es uno de los dos países del mundo que han privatizado completamente el sistema de agua. El otro país es Chile.
Mi país representa el punto final de una historia realmente triste, la idea de que los ríos son activos líquidos que están ahí para ser explotados al máximo, para maximizar los dividendos de los accionistas. Eso ha dado como resultado que no hay ni un río en Inglaterra ni en Gales que esté sano. Por culpa del capitalismo los ríos han pasado de ser entidades casi divinas a ser un recurso.
Los ríos contienen solo el 0,0002% del agua del mundo. Es decir, son muy raros.
Si aceptáramos colectivamente que un río está vivo, ¿qué cambiaría en nuestras ciudades, en nuestra economía, en nuestra vida cotidiana?
Hay lugares en el mundo donde eso ya pasa, así que igual tendríamos que mirarles más. Entre los ejemplos europeos me quedo con la ciudad de Basilea, atravesada por el Rin, un río que estaba muy contaminado pero que ahora está limpio y sus habitantes pueden bañarse en él.
Y la idea es precisamente esa, convertir al río en nuestro conciudadano. Eso da vida y activa la ciudad. Para mí es un ejemplo fantástico.
En el libro usted habla de que, aparte de una crisis climática, también hay una crisis de imaginación. ¿A qué se refiere?
Si imaginamos el mundo como una pirámide con los seres humanos en la cima, todo lo demás queda reducido a recursos. Pero si nos imaginamos como parte de un sistema complejo, como algo que fluye junto al agua, entonces nuestra manera de actuar cambia.
¿Cómo cree que el momento político actual afecta a la salud de los ríos?
Estamos hablando en un día en el que los ríos de Teherán, la capital de Irán, se han incendiado literalmente por el petróleo que se ha derramado en ellos. Eso es un ejemplo de que la gravedad de la crisis no se puede menospreciar en absoluto. En momentos como este yo me empeño en mantener la esperanza. Esta nos ayuda a pensar en formas de vivir el mundo de otra manera y hay muchas historias increíbles de recuperación de ríos. Incluso en los Estados Unidos donde la administración actual está apostando por la guerra y desrregulando a una gran velocidad.
El salmón está volviendo a los ríos de California en grandes cantidades porque se están desmantelando las presas y se están recuperando muchas las cuencas fluviales. Por tanto, yo tengo esperanza en la recuperación de los ríos en el sentido más amplio de ese término.
Para acabar, si hoy tuviera que responder de nuevo a la pregunta del título, sin matices académicos, ¿qué diría? ¿Están vivos los ríos?
La respuesta corta es sí. La larga es un libro de más de trescientas páginas.
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