Entrevista

El primer médico español condenado por eutanasia: “Soy activista de la vida, pero sufrir ante lo inevitable es estúpido”

El médico, en una foto de promoción de su espectáculo teatral

Arturo Puente


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Mientras el Congreso de los Diputados daba este jueves luz verde a la legalización de la eutanasia, Marcos Ariel Hourmann (Buenos Aires, 1959) estaba en la carretera, en dirección a Valladolid, a donde acude con el espectáculo 'Celebraré mi muerte'. Pese a que ahora pisa escenarios, Hourmann no es actor sino médico y su nombre es conocido por ser el primer facultativo condenado en España por haber practicado una eutanasia a una paciente de 82 años en estado terminal.

Hourmann acabó siendo condenado a un año de cárcel en 2009, aunque el daño para su reputación continuó durante mucho más tiempo. Casi una década después de aquel episodio, que describe como “un calvario”, el médico recorre ahora el país contando su historia con una obra dirigida por Alberto San Juan y Víctor Morilla. Camino al bolo, el facultativo transmite su alegría por la aprobación de la ley en el Congreso. “Si mi caso ayudó para esta ley, valió la pena, sin ninguna duda”, afirma.

Usted ƒue el primer médico condenado por un caso de eutanasia en España. ¿Cómo se siente, ahora que ha sido legalizada?

Feliz, primero feliz porque al fin se logra algo que se ha buscado mucho tiempo y llega un momento donde parece ser, aunque está a la espera de la ratificación por el Senado, que a la gente que está sufriendo se le reconocerá este derecho. Me parece muy fuerte, emocionante y de una gran ayuda para la humanidad en general. Digamos que estoy feliz y en paz.

Su historia se remonta al 2005, cuando una mujer le pidió que le ayudara a poner fin a su sufrimiento. ¿Cómo fue el caso?

En síntesis, fue una señora de 82 años que acudió de urgencias con un cuadro agudo pero muy terminal de infarto de miocardio por un cáncer de colon muy grave, sangrando y con una diabetes descompensada, en estado casi final. Durante las primeras horas la intenté sacar adelante y al no poder hacerlo llegó un momento en el que la situación médica se hizo irreversible. 

Y entonces le pide que acabe con su vida.

Ella me pidió morir dos veces, apenas llegó al hospital. Pero yo en un primer momento no le hice caso. Siguieron después varias horas hasta llegar a una situación médica irreversible, y ahí fue cuando accedí por primera vez. A la media hora me llama la hija diciéndome que no podía verla más así. Y ahí, en ese instante, al volver a la habitación y, ante la evidencia de que la medicina y la ciencia ya no podía hacer nada, y esa desesperación entre madre e hija, me ofrecí a ayudarlas y les pregunté si querían que el dolor se acabara ya. Le administré cloruro de potasio intravenoso, acabando con la vida y el sufrimiento de esa señora.

A partir de ahí comienza un periplo judicial, pese a que la familia de la fallecida le respaldaba.

De pronto a los dos meses aparece una denuncia del hospital [el Comarcal de Móra d'Ebre, en la provincia de Tarragona]. Me llaman y me dicen que no me presente a una guardia. El director del Hospital, no sé por qué, sin denuncia de la familia en ningún momento, me denuncia como si fuera un asesino en una comisaría cercana, en Gandesa. Y ahí comienza un calvario de casi cinco años, que termina con un acuerdo a 15 días del juicio. La Fiscalía en principio pedía una pena de 10 años de prisión, la cual en el acuerdo se rebaja a un año. Además se establece la no inhabilitación como médico y la libertad, por supuesto. Así que aceptamos el acuerdo. 

Después llegó la segunda parte del caso, la condena mediática.

Sí, lamentablemente. Al año de acabar el calvario judicial comienza otro, a raíz de una denuncia anónima al diario inglés The Sun. Yo durante los años del juicio había estado trabajando en Inglaterra, donde ya había trabajado antes. El juicio termina en marzo de 2009, con el acuerdo, y en octubre de 2010 me denuncia anónimamente alguien por 10.000 libras en ese diario. Tras publicarse eso lo perdí todo de nuevo, en 24 horas, y decidí volverme a Barcelona.

¿Cree que la percepción ciudadana sobre la eutanasia ha cambiado mucho desde que usted fue denunciado?

La percepción ciudadana por supuesto. La sociedad va mucho más por delante que la política y que los políticos, sin ninguna duda. Las cosas han cambiado mucho. Digamos que desde Ramón Sampedro, en 2005, o el caso del Doctor Montes, en Leganés, hubo más conciencia sobre lo que es ayudar a morir. Después vino lo mío. Los últimos casos, tanto de Ángel Hernández como Maribel Tellaetxe y Luis de Marcos, comienzan a sacar el tema a la luz. Dan un empuje final para que la sociedad tome conciencia de que cuando alguien pide terminar con un sufrimiento que le es insoportable, debe tener quién le escuche y debe tener quién le ayude.

¿Usted siempre estuvo a favor de la eutanasia o se convenció después debido a su experiencia profesional?

Yo nunca fui activista de la eutanasia ni de nada, soy activista de la vida. Eso es lo que me enseñaron mis padres. Yo en lo que creo es en lo que es vivir, y lo que me parece desde los años que tengo consciencia es que sufrir y sufrir ante lo inevitable es realmente una estupidez. Lo que pasa que esto, decirlo así, quizás suene muy duro. Yo creo que la gente ya sufrimos demasiado, que hay que evitar los sufrimientos innecesarios, después de haberlo hecho todo, eso sí. Soy de esos que piensan que hay que luchar y luchar, pero cuando la realidad la ciencia y la medicina ya no llegan, ¿para qué seguir ni un minuto más?

¿Usted ha tenido que ver morir a mucha gente con sufrimiento?

No, en realidad no porque mi actividad médica es de agudos, cirugía… este contacto diario con el sufrimiento no lo he tenido. Mi actividad médica es solucionar el sufrimiento de urgencias mediante intervención. Yo soy cirujano, especialista en emergencias, cirugía general y cardiaca. Pero nuestra posición ante la vida, y ante la muerte, tiene que ver con cómo uno es, no con a lo que se dedica. Entonces, para mí, ante un pedido y ante una información correcta, el que decide sobrevivir el ser humano, ni siquiera el paciente; la persona. Si uno puede decidir sobre tu vida, ¿por qué no sobre tu muerte?

Hay gente que considera que es mejor cualquier cosa antes que la muerte. ¿Qué les diría?

Que cualquier cosa no. Yo en el momento en el que esté comenzando con signos de Alzheimer, como le ocurrió a Maribel [Tellaetxe], el día que yo no pueda reconocer a mis hijos, a la gente que amo… ya lo tengo escrito. Aunque esté físicamente perfecto, pero si mi mente no da más, mi vida se terminó. No, cualquier cosa no es mejor que la muerte, yo prefiero morirme antes que llegar a estar decrépito y totalmente incapacitado.

Existe algo de polémica respecto a las condiciones para llegar a la eutanasia. ¿Qué garantías cree que deben darse en un proceso así?

Primero es la capacidad mental. No tengo claro si la ley lo contempla, pero me parece clarísimo que tiene que haber un análisis psiquiátrico de que esa persona está en sus capacidades mentales como para tomar semejante decisión. Segundo, donde haya una enfermedad claramente invalidante, crónica e incurable. Porque aquí se da una confusión, más que terminal lo importante es que sea algo que no tiene cura, a día de hoy. Y que esa persona considere que su vida no tiene más sentido. Creo que esos son los dos requisitos fundamentales, porque claro, si tu tienes una enfermedad incurable, puede que dure 20 años y el camino sea muy tortuoso. O que por ejemplo luches contra la enfermedad hasta cierto punto, y llegue un punto donde ya no puedas más. La incurabilidad y la capacidad mental son las cuestiones claves.

Ha declarado posteriormente que no sabe si lo volvería a hacer porque las consecuencias personales para usted fueron muy duras. ¿Cree que su caso mereció la pena para la ley aprobada este jueves?

Si mi caso ayudó para esta ley, valió la pena, sin ninguna duda. Fue sin consciencia y sin saber que podía ser un granito más de arena, pero hoy por supuesto creo que mi caso fue importante para llegar hasta aquí. Como lo fue Luis Montes con las sedaciones profundas u otros. Si me preguntas hoy si valió la pena, sí, valió la pena. 

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