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Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

Restauración ecológica y cambio climático II: las soluciones

Hacen falta buenas ideas para restaurar un planeta maltratado

Fernando Valladares / Sandra Magro Ruiz / Adrián Escudero

El cambio climático está aquí para quedarse. Por un buen tiempo. Eso ya nadie lo duda, salvo unos pocos desinformados y unos no tan pocos desalmados. Lo que nos queda por aprender ahora es cómo podemos mitigarlo y hasta qué punto podemos adaptarnos a la dimensión del cambio que no va a poder frenarse en el corto plazo. Una de las principales preocupaciones que se suman a las relacionadas con sus efectos directos sobre la salud y el bienestar humanos es la alteración de numerosos procesos ecológicos que lleva asociada el cambio climático. Estas alteraciones afectan a su vez a numerosos bienes y servicios ecosistémicos que necesitamos en nuestro día a día, bienes y servicios que se ven también alterados por la degradación directa de los ecosistemas a través de la fragmentación, los cambios de uso del territorio, la sobreexplotación de recursos como el agua o la introducción de especies exóticas, por ejemplo. Esta combinación de ecosistemas degradados que se ven crecientemente amenazados por cambios en el clima constituye uno de los principales desafíos de la restauración ecológica del siglo XXI. 

Entre los servicios ambientales con mayor probabilidad de ser recuperados a través de acciones de restauración ecológica destacan los siguientes: 

  • Sumideros de carbono, es decir captación de una parte del CO2 que estamos vertiendo a ritmos crecientes a la atmósfera y que está en la base del propio cambio climático. En el caso de España, los bosques verán incrementada su producción forestal (y por tanto su función como sumideros de carbono) a lo largo de la primera mitad del siglo XXI, pero todo indica que se verá reducida posteriormente si no acertamos con las medidas adecuadas de gestión y el clima continúa cambiando como lo hace ahora.
  • Regulación del ciclo del agua y balance hídrico. En el caso de los ecosistemas forestales, su expansión favorece la evapotranspiración (aumentada por efecto del calentamiento global) en detrimento de la disponibilidad hídrica tanto para recarga del acuífero como para escorrentía superficial y como recurso para los ecosistemas y la sociedad. Pero los bosques, como muchas formas de cubierta vegetal, previenen la erosión y atenúan las inundaciones bruscas y catastróficas. Por tanto, la restauración debe balancear estas dos caras de la misma moneda cuando recupere la cubierta vegetal de una zona degradada.
  • Polinización y dispersión de semillas. La restauración ecológica de hábitats degradados es capaz de recuperar interacciones entre organismos que se han perdido o han quedado muy afectadas como aquellas que se establecen entre distintos animales y plantas para asegurar la polinización y dispersión de estas últimas.
  • Hábitats para la biodiversidad. La restauración ecológica recupera y amplía la cantidad y la calidad de los hábitats disponibles para numerosas especies de flora y fauna. 

 

Más allá de la recuperación de estos bienes y servicios ambientales clave, la restauración ecológica debe encaminarse a reducir el impacto asociado  a  eventos extremos  como sequías, inundaciones, heladas fuera de temporada, huracanes muy destructivos, oleaje intenso o incendios devastadores que cada año vuelven a superar records históricos. Una manera de hacer frente a estos fenómenos es recuperando las barreras naturales que interfieren o ralentizan los flujos de materia y energía; por ejemplo, restaurando y favoreciendo cordones dunares, marismas y manglares que hacen frente a los embates del mar y atenúan las inundaciones costeras.  Otra forma de amortiguar los efectos de eventos extremos es proporcionar espacio físico para los procesos naturales; por ejemplo reconstruyendo las llanuras de inundación de los ríos en su curso medio (pensemos en el rio Ebro y sus recurrentes inundaciones) o los humedales continentales, siempre menguantes y amenazados a pesar de sus funciones de laminación y retención frente a grandes avenidas de las que nadie se acuerda hasta que ocurre algún desastre. En muchos casos, la restauración de estas barreras naturales y estos espacios que se han “robado” a la naturaleza llevarán asociado, a corto plazo, la reconfiguración o eliminación de infraestructuras humanas y, a medio y largo plazo, un cambio profundo en el modelo de desarrollo territorial

Nuestro modelo de desarrollo territorial actual en interacción con los escenarios climáticos más probables va a generar barreras climáticas, no sólo físicas, entre poblaciones y comunidades de animales y plantas. Este modelo dificulta cada vez más no solo los flujos ambientales físicos (hidrológicos, por ejemplo) sino también numerosos intercambios y procesos biológicos, catalizando una fragmentación difusa que se suma a la fragmentación directa del territorio mediante la creación de infraestructuras y la artificialización del suelo. El cambio climático afecta a la conectividad ecológica del territorio. Por ejemplo, los procesos de desertificación, los incendios o las plagas, que aumentan debido al cambio climático, generan desconexiones entre y dentro de los ecosistemas disminuyendo el hábitat realmente disponible y limitando el movimiento de las especies. Por ello, la restauración ecológica debe preservar e incluso maximizar la conectividad efectiva entre fragmentos de ecosistemas y entre poblaciones y comunidades, especialmente aquellas que corran mayores riesgos de aislamiento físico y climático en el futuro. 

Es bien sabido que ante el cambio climático, como ante cualquier cambio global, caben dos grupos de acciones principales: la mitigación, es decir, reducir la magnitud del cambio; y la adaptación, que implica adecuarse a los impactos que previsible e inevitablemente este cambio va a traer consigo. Las medidas de adaptación en proyectos de restauración ecológica van en la línea de conservar los ecosistemas remanentes en buen estado, fomentar los bosques maduros, favorecer las masas forestales mixtas, incrementar la diversidad genética de las especies, facilitar la evolución de los ecosistemas hacia estados maduros y más funcionales y resilientes,  asegurar la conectividad entre formaciones vegetales hoy fragmentadas, diversificar los tipos de hábitat a escala de paisaje y potenciar la multifuncionalidad de los ecosistemas. En la reciente publicación de las bases científico-técnicas de la Estrategia Estatal de Infraestructura Verde y de la Conectividad y Restauración Ecológicas se incluyen más sugerencias de adaptación. 

No importa lo claramente definidos y lo realistas que sean los objetivos de un proyecto de restauración ecológica: la variación y el cambio ambiental y las incertidumbres asociadas van a seguir estando ahí. Aquí es donde la gestión adaptativa se vuelve imprescindible. La gestión adaptativa en los proyectos de restauración de ecosistemas, proporciona un marco formal para evolucionar desde las metas y los objetivos, planificando acciones de intervención y monitoreo que aseguren el éxito en estas circunstancias de cambio creciente y de nuevas incertidumbres. El seguimiento de los resultados de las acciones de restauración durante y tras la implementación del proyecto permite usar lo aprendido para reajustar la gestión, para aplicar nuevas acciones o, si es necesario, para revisar los objetivos. Lamentablemente, la expectativa de que la restauración resultará en ecosistemas autosuficientes que no requieren mayor atención es, en gran medida, infundada. El concepto de adaptación basada en ecosistemas (AbE, o Ecosystem Based Adaptation, EbA, en inglés) implica el uso de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos como una parte esencial de la estrategia global de adaptación al cambio climático, es decir, de una estrategia para reducir sus efectos adversos sobre la sociedad, la economía y el medio ambiente.  La adaptación al cambio climático basada en los ecosistemas además de contribuir a la conservación de la biodiversidad tiene una buena relación coste-efectividad y genera numerosos beneficios sociales, económicos, ambientales y culturales. Esta visión de triple balance, se apoya en la accesibilidad de estos enfoques a las poblaciones locales, que, dada su interacción y dependencia de los ecosistemas, contribuyen de forma decisiva a mantener el conocimiento tradicional y los valores culturales del territorio en el que viven.

Las acciones de restauración de ecosistemas y promoción de la infraestructura verde como medidas de adaptación al cambio climático están estrechamente conectadas con las políticas de mitigación, en tanto en cuanto son capaces de contribuir coordinadamente al aumento de la fijación (sumidero) de carbono. Especialmente en los entornos urbanos, estas medidas pueden ser muy importantes y se han englobado dentro del concepto de nature based solutions (NBS) o soluciones basadas en la naturaleza. La mitigación y adaptación a través de las soluciones basadas en la naturaleza pueden implementarse con este tipo de acciones: 

  • Almacenar y retener el carbono mediante iniciativas limpias que potencien sumideros naturales.
  • Desarrollar puertas y corredores verdes aprovechando el potencial de los ecosistemas sanos.
  • Mitigar los efectos urbanos de isla térmica mediante cubiertas verdes y el desarrollo de la infraestructura verde urbana.
  • Fomentar técnicas de cultivo que incrementen la fijación de CO2 en campos agrícolas. 

 Aunque el problema es complejo y su resolución aún más y aunque los científicos no tenemos aún todas las respuestas a las principales preguntas, ya contamos con una evidencia apabullante del riesgo ambiental que corremos y de la amenaza que ello plantea sobre nuestro bienestar y seguridad. Pero también contamos con una batería amplia de ideas y de herramientas para construir un mundo mejor. Algunas se recogen en recientes manuales como la Guía Práctica de Restauración Ecológica que ha impulsado la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica, que se presentará el día 20 de noviembre de 2018 en la COP 14 del Convenio Internacional de Diversidad Biológica (CDB) de Sharm-El Sheik (Egipto) y el 28 de noviembre en el stand del Ministerio para la Transición Ecológica en el CONAMA, el Congreso Nacional de Medio Ambiente que se celebra anualmente en Madrid. 

Con estas y muchas más ideas y herramientas hemos diseñado buenas estrategias a corto, medio y largo plazo. El problema es su implementación ya que requiere conciencia social y voluntad política.  Si dejamos de mirar a otro lado y nos ponemos manos a la obra, puede que el planeta aun le deje sitio a Homo sapiens unos siglos, o, quizá, unos milenios más.

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Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

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