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Ocho relatos de utopías proyectadas (y construidas) en València

La autora vincula en el libro las contrucciones con otras manifestaciones culturales.

La arquitecta valenciana Maria Aucejo Mollà lleva tres años acumulando planos y fotos de edificios extraños, algunos con platillos volantes gigantes, otros con cúpulas para protegerse de la contaminación o incluso los hay que parecen estaciones espaciales. Todos están ubicados en València y alrededores, y tienen en común su estética futurista, la excentricidad de su arquitectura y un abandono paulatino que los ha convertido en parte de un paisaje urbano reconocible y, a la vez, desconocido.

Esta investigación personal ha concluido en un volumen editado por Handshake en el que se analizan “distintos caminos pasados de inventar el futuro”. El libro Late to the Party: platillos, pirámides y búnkers se focaliza en el análisis de ocho naves industriales o edificios modernistas y posmodernistas construidos entre los años 60 y 80, y sus curiosos vínculos con la cultura pop, el cine, la música o la fotografía. Un patrimonio arquitectónico “que estaba pidiendo a gritos que alguien lo pusiera en valor”, destaca la editorial.

El título del libro, explica su autora, hace referencia a la sensación de llegar tarde “a una época en la que todavía convivíamos con el optimismo”. En ese sentido, uno de los objetivos de la investigación es revisitar un pasado en el que se proyectaba pensando en el futuro y desprenderse de esa “dinámica pesimista actual” de nuestro presente que insiste en recordar que “todo tiempo pasado fue mejor”. “A pesar de que en esa época veníamos de la oscuridad franquista, la mentalidad era de progreso, de apertura, de atreverse. Ahora tenemos una visión del futuro pesimista, proyectamos distopía”, opina la arquitecta.

El próximo 11 de febrero, a las 18:30 horas, está previsto (si la situación sanitaria lo permite) un coloquio en el patio del Colegio Territorial de Arquitectos de València en el que la autora presentará el libro y también se debatirá sobre estas cuestiones acompañada por los diseñadores gráficos y editores de Handshake, Jaime Sebastián y Rubén Montesinos, la artista y comisaria Paula García-Masedo y el antropólogo Tono Vizcaíno.

Construcciones de “otros mundos”

Entre las paginas de Late to the Party: platillos, pirámides y búnkers encontramos ejemplos como el de Bodegas Vinival, situado en Alboraia y definido por Maria Aucejo como un “digglet gigante y caribeño”, rodeado por palmeras y vegetación salvaje, que perfectamente podría ser “el escenario de la última toma de una película de zombies”. En su día, este “búnker de ladrillo marrón oscuro impenetrable”, construido en 1969 por Luis Gay Llácer y Juan Antonio Hoyos Viejobueno, fue el recinto de una de las primeras bodegas en España exportadoras de vino, con 67.000 m² y una capacidad superior a los 32 millones de litros de vino.

En 2005, recoge esta investigación, la producción de esta “catedral del vino” se trasladó a Chiva y “desde entonces nadie sabe qué hacer con este edificio descontextualizado -en un barrio que pasó de industrial a vacacional- y, que pese al abandono que sufre, sigue presente en el imaginario colectivo de l’Horta Nord”. Sobre la mesa hay propuestas interesantes como convertirlo en un centro cultural, pero “sigue a la espera y degradándose cada vez más rápido”.

Otro ejemplo del libro, también en l’Horta Nord, es la sede de Pavimentos Guillén, en Foios. “Con su aspecto blando, acogedor y protector, se relaciona más con otros mundos que con el nuestro”, escribe Aucejo sobre este edificio construido por Camilo Grau en 1967. O Estudios Andro, erigido entre 1976 y 1978 por el estudio GO-DB, uno de los más famosos de València. Situado en el polígono industrial Fuente del Jarro, en Paterna, se trata de una “imagen imponente” formada por una fachada blanca “con detalles rojos de la que sale un árbol rodeado por tres ovnis que parece que acaben de aterrizar”.

Otra de las peculiares construcciones seleccionadas en este libro es el Pabellón de escultores Lladró, en Ciudad Lladró, Tavernes Blanques. Diseñada por el arquitecto Rafael Tamarit en 1983, este edificio fue pensado como pabellón para escultores, “un espacio separado de las fábricas y del ruido” dedicado a la experimentación. “Realmente el edificio volaba y debajo se escondían los coches, actuando como una especie de estación espacial donde las pequeñas navecillas pedían permiso para aparcar”, reflexiona la autora.

Según la arquitecta, todos estos edificios comparten “una estética futurista”, relacionada con atmósferas propias de la ciencia ficción. Para su sorpresa, fue complicado conseguir información o acceder a los planos de algunos de estos edificios, a pesar de que algunos sean públicos, como es el caso del Centro de Salud Fuente San Luís, construido en València entre 1985 y 1990. “Son edificios con un valor patrimonial único tan válido en arquitectura como muchos otros que sí se estudian en la universidad”, señala Aucejo de este recorrido visual que quiere mostrar “otras formas” de proyectar (y construir) el futuro.

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