Cómo hacer un Blanco París premium con las uvas sobrantes de Nochevieja
Después de Nochevieja siempre pasa lo mismo. Quedan uvas olvidadas en la nevera, alguna botella de vino blanco a medias y un cuerpo que pide algo ligero, fresco y sin excesos. En ese contexto reaparece un clásico tan discutido como eficaz: el Blanco París, es decir, vino blanco servido bien frío. Pero hay una manera de hacerlo mejor, sin aguarlo y sin levantar cejas innecesarias.
Una costumbre más antigua de lo que parece
Aunque hoy genere debates encendidos en redes, beber vino con hielo no es ninguna moda reciente. En la Antigua Grecia era habitual rebajar el vino con agua, y no hacerlo se consideraba poco refinado. El objetivo era el mismo que ahora: suavizar el alcohol y hacerlo más fácil de beber, sobre todo en contextos sociales o con altas temperaturas.
Con el tiempo, esta costumbre ha ido adaptándose. En España se ha hecho con gaseosa, con agua o directamente con hielo, especialmente en verano. El problema es evidente: el hielo enfría rápido, pero también diluye el vino y le roba carácter.
El truco está en las uvas congeladas
Aquí entra en juego una solución tan simple como lógica, y perfecta para aprovechar los restos de Nochevieja. Las uvas congeladas cumplen la misma función que el hielo, pero sin añadir agua. Enfrían la copa, mantienen el sabor del vino y, además, aportan un punto aromático suave que no molesta.
Congelar uvas es fácil. Basta con lavarlas bien, secarlas, quitarles el rabillo y llevarlas al congelador durante unas horas. Si son grandes o tienen pepitas, mejor cortarlas por la mitad antes. Una vez congeladas, se conservan perfectamente durante semanas.
Cómo preparar un Blanco París bien hecho
Para que funcione, conviene elegir un vino blanco joven y fresco, sin demasiada crianza ni complejidad. Albariños, verdejos, godellos o sauvignon blanc encajan bien. Se sirve frío, pero no helado, y se añaden unas pocas uvas congeladas directamente en la copa. En segundos, el vino baja de temperatura sin perder identidad.
Quien quiera afinar un poco más puede añadir una tira fina de piel de limón o lima, solo la parte exterior, para reforzar la sensación de frescor sin invadir.
Este tipo de preparación funciona especialmente bien cuando hace calor, cuando el vino acompaña a aperitivos o comidas ligeras y cuando lo que se busca no es analizar cada matiz, sino disfrutar de una copa refrescante y fácil de beber. No sustituye a una cata ni pretende hacerlo. Es otra forma de entender el vino, más cotidiana y menos solemne.
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