Cómo el cine español rompe fronteras y desafía al nacionalismo
Pocas herramientas testifican el momento presente mejor que el arte. El cine no es ajeno a ello, a pesar de que los tiempos de financiación y producción suelen provocar un desacompasamiento entre el instante de germinación de la idea y el de estreno de la pieza. Pero, otras veces, ocurre lo contrario. En ocasiones, las películas que se estrenan parecen dialogar de manera directa con la inmediata realidad política. Y la que hoy nos toca parece guionizada por Donald Trump. El tema estrella ya lo conocen: agitación de la llama de un nacionalismo que se creía en decadencia y nuevas muestras de imperialismo.
El caso es que de manera (quizás) involuntaria el cine español ha reaccionado a ello. Un repaso general por las películas más destacas del 2025 nos pone delante de los ojos una ruptura con los moldes patrios. Conviene mirar bien. El análisis fílmico desde los estudios transnacionales y desde la crítica al nacionalismo parece en desuso, opacada por otras preocupaciones de mayor debate social. Sin embargo, mirar desde ese lugar puede albergar pistas significativas de aquello que late en una industria. De los intereses de quienes crean. De eso tan propio de la crítica cinematográfica denominado “mirada”.
Pues bien, esta mirada, la de 2025 (ahora en fase de galas y premios en 2026), parece traspasar las fronteras como si estas fueran invisibles. Ineficaces en algunos casos. Directamente imposibles en otros. Me estoy refiriendo, como es obvio, a las fronteras nacionales, a los marcos estrictos de los Estados-Nación ante los que el cine tiende a subordinarse y, qué fortuna, a veces también a rebelarse. Un cine como medicina a la obsesión global por “nacionalizar” al otro.
Conviene comenzar por Sirât, probablemente la obra que nos traslada a un paisaje menos evidente. Puede que el espacio más opuesto al del occidente actual. El territorio de la película es, antes que ninguna otra cosa, un poderoso no lugar en el que personajes de distintas nacionalidades permanecen a la deriva. La patria de Sirât podríamos decir que es una no patria. Una quinta portuguesa ya anuncia en el título que España se le queda corta. En otro género y con otras intenciones, Avelina Prat tiene en el desmembramiento de la identidad nacional una clave poderosa de su cine. Algo así como lo que Coixet ha desarrollado en distintos títulos a lo largo de su carrera.
Molt lluny nos transporta a una Holanda convertida en espacio de exilio de una realidad asfixiante para ese protagonista interpretado por Mario Casas. El marco de procedencia no es satisfactorio y busca un país donde poder desarrollarse laboralmente y, sobre todo, identitariamente. Curiosamente, también a Holanda se había marchado el hijo de Ricardo Darín en Truman, de Cesc Gay, interpretado por Oriol Pla, aunque de eso hace ya once años. Ahora, Nora Novas competirá por el premio a mejor actriz por su trabajo en la nueva película del director, Mi amiga Eva, que arranca en Roma para retratar cómo las relaciones laborales pueden ser internacionales, pero las amorosas tienen esencia transnacional. Ninguna frontera puede contener el deseo. Barcelona, Roma, o un recorrido por el Danubio, como en el caso de Estrany riu, película donde ese deseo fluye a través de ese río que tiene precisamente su gran identidad en el carácter transnacional. Surca distintos países, ninguno puede poseerlo. El agua no puede tener nacionalidad. Es mero tránsito. Movimiento.
Pero también se viaja para permanecer estáticos. Para no moverse. Eso ocurre en El cautivo. Una prisión en otro continente se transforma en diáspora. Y, por otro lado, termina por convertirse en germen de la genialidad literaria. La cárcel no es capaz de colocarle fronteras al pensamiento. Tampoco la nación. El castellano sigue siendo el mismo idioma se hable en un pueblo castellano o en una celda de Argel.
Conviene recordar que el hecho de rodar en distintos países no implica ofrecer un discurso transnacional. El ejemplo más evidente es Un fantasma en la batalla, en la que el paso del Estado español al francés tiene que ver, precisamente, con diferentes atributos, intensidades y vigores que esos dos sistemas judiciales y policiales aplican sobre los miembros de ETA de la película. En la obra dirigida por Agustín Díaz Yanes cruzar la frontera evidencia la rigidez de los Estados del pasado.
Otras veces, el territorio en el que se difumina la nación resulta ser el cuerpo. Pongamos de ejemplo a Delia, taxista chilena que interpreta Antonia Zegers en Los tortuga y que nos recuerda que tras unos (tortuga) vendrán otros. Que el mundo es diáspora. Que a exilios viejos les suceden migraciones nuevas y viceversa. Precisamente desde lejos, desde el exilio obligado, llegan las cartas imposibles que recibe Ana (Loreto Mauleón) en La buena letra.
Los paralelismos pueden resultar forzosos en películas que poco tienen que ver entre ellas. O puede que, sin pretenderlo, se parezcan más de lo que creamos. Porque todas comparten, al menos, haber sido estrenadas en la misma temporada. Y todas coinciden también en convivir con un contexto internacional concreto. En años anteriores ya se venía dando un muestrario cada vez más amplio de cine transnacional. Upon entry, Un año una noche, la primera película en inglés de Almodóvar o los personajes franceses de As bestas. Isaki Lacuesta, Almodóvar, Coixet, Albert Serra o Sorogoyen muestran una coincidencia que los conecta: su cine no ha cabido en un solo idioma ni en el marco estatal que los toca.
Es conveniente finalizar el artículo mencionando el estreno de Tres adioses, de Isabel Coixet, que ya había pasado por el Festival Internacional de Cine de Toronto el año pasado. La película nos traslada a Italia. Pocas directoras han hecho de su carrera un alegato de la multiculturalidad más sólido y evidente. Su filmografía es de un sitio y de muchos. Es Barcelona, Roma, Tokio o una plataforma petrolífera en el medio del mar. A pertenencias uniformes, arte inclasificable. A nacionalismo estanco, cine sin fronteras.
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