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Crítica

Elvis resucita en el 'biopic' más excesivo, personal y divertido posible

Austin Butler, fantástico como Elvis Presley

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No existe género más aburrido que el biopic. Las películas basadas en las biografías de personas conocidas suelen acumular todos los males de un cine académico, acartonado y sin riesgo. Obras prefabricadas hechas por y para ensalzar a estrellas mundiales con legiones de fans que pagarán la entrada para ver cómo han plasmado la vida de sus ídolos. Las estrellas de la música podrían tener hasta un subgénero propio. Casi siempre son hagiografías blancas, que hasta repiten el mismo arco narrativo: infancia, adolescencia, consecución del sueño, mieles del éxito, caída a los infiernos y redención final. El viaje del héroe en versión celebrity. 

El cénit del despropósito del biopic lo logró Bohemian Rhapsody, una película tan mal montada como moralmente cuestionable (Freddie Mercury se volvía idiota cuando sucumbía a sus deseos homosexuales). En ella estaban todos los males del biopic actual. El blanqueamiento de la imagen contra la historia real. Las drogas aparecían casi de rebote, justificadas y tomadas únicamente por Mercury, no por el resto de miembros del grupo (productores del filme y todavía vivos y recibiendo beneficios del pelotazo comercial). También adolecía de un tipo de interpretación que suele centrar toda película basada en una vida real: una imitación esforzada, al límite de la parodia que en cuanto no cae en manos de un gran actor, acaba pareciendo una actuación de Tu cara me suena. Así le sucedía al Freddie Mercury de Rami Malek, al que parecía que se le iban a caer los dientes en un gag digno de Martes y Trece, cuando lo que le terminó cayendo fue un inmerecido Oscar al mejor actor.

Por eso, un trabajo como Elvis sorprende. Una película que cuenta la vida del cantante más popular de la historia de EEUU y que no solo no se ajusta al molde del biopic, sino que se lo salta a la torera para apostar por un estilo excesivo, libre, esquizofrénico y rabioso. Elvis es, ante todo, una obra de un autor, Baz Luhrmann. Al que no le gusten Moulin Rouge o su Romeo y Julieta que ni lo intente, porque Luhrmann va a calzón quitado. En su cabeza, la vida de Elvis es un carrusel de colores, números musicales, ritmo salvaje y dequiciado, saltos temporales y caracterizaciones excesivas. Una película que por momentos saca de quicio, pero que en otros, y son muchos, consigue ser la mejor versión posible para contar una historia como la de El Rey.

Por supuesto que es una versión blanqueada, que las drogas siguen siendo algo casi tabú, y que la figura de Elvis apenas se pone en entredicho más allá de mostrar las infidelidades a su esposa. Pero Luhrmann construye una historia con la que quiere hablar de algo. Elvis está construido como una metáfora del estado del arte. Parte del filme se construye sobre un dilema: si la música debe ser política o un entretenimiento inofensivo. Luhrmann se moja, y deja claro que toda obra es política, también la suya, y que si Hollywood acepta plegarse, hincar la rodilla ante los conservadores y ante los poderosos, solo quedará un discurso reaccionario que aprovechará la extrema derecha.

Elvis Presley consiguió ser una estrella al ser un cantante blanco influido por la música negra en un momento donde los derechos para la comunidad estaban peleándose en las calles. El biopic de Luhrmann vuelve una y otra vez a la misma idea, y es que quizás él debería haber sido más explícito, más comprometido. Eso sí, le exime de culpa. Para ello culpa a su manager, Colonel Parker, un hipercaracterizado Tom Hanks. Es él quien siempre le convence de que es mejor no hablar, mejor no levantar la voz, no significarse. Eso perseguirá a Elvis para siempre.

Luhrmann habla también del momento actual del cine y construye un blockbuster de autor para salas. En un momento, cuando Elvis está en su momento más bajo, consigue resucitar bajo el símbolo de Hollywood oxidado y destruido. Hace un alegato por el arte que puede emocionar, reunir a las masas y hablar de algo importante sin traicionarse a uno mismo. Es una declaración de intenciones. El director llevaba años sin rodar una película, podía haberse plegado a las exigencias de la industria, y sin embargo ha hecho una obra tan personal que empieza con el símbolo de Warner Bros escrito en pedrería en un cinturón de Elvis. Bastan dos fotogramas para reconocer a su director, y eso es mucho en un filme que podría haber sido un biopic prefabricado e inocuo.

Luhrmann sigue demostrando que rueda las escenas musicales como nadie. El momento en el que Elvis se salta las normas en el concierto segregado es emocionante, pura electricidad, igual que ese clímax que es el concierto navideño. A eso ayuda la interpretación de Austin Butler, menos pendiente de imitar al cantante y más de transmitir algo parecido a la energía sexual que desprendía Elvis. Una energía sexual que también se explota en la película, que deja claro que las mujeres y hombres sentían orgasmos al verle actuar y mover las caderas y las piernas en una sociedad donde cualquier atisbo de erotismo se castigaba.

Como siempre en su cine muchos momentos rozan lo hortera o directamente caen en lo kitsch. De hecho, ya el punto de vista elegido, el de la voz en off del manager trilero que ve su vida pasar en una ensoñación antes de morir, le da carta blanca para muchos excesos visuales que bordean o caen en el ridículo. Pero siempre se las apaña para salir a flote y volver a emocionar. A que uno piense que menos mal que existen autores como Luhrmann y películas como Elvis, tan conscientes de que van a gustar tanto como enfadar. 

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