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Pixar recupera su esplendor en ‘Hoppers’: “Para que un estudio sobreviva ha de haber un equilibrio”

El planteamiento de 'Hoppers' recuerda a 'Avatar'

Alberto Corona

5 de marzo de 2026 22:08 h

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Los problemas de Pixar con su imagen pública llevan tiempo siendo constantes. Ha calado la idea de que la directiva de este estudio de animación, subsidiario directo de Disney desde 2006, coarta sistemáticamente la voluntad de los artistas por incluir diversidad en sus historias. Y esto pasaba incluso antes de que Trump regresara al poder y pusiera en jaque a la industria. Han trascendido conductas de este estilo alrededor de Red, Lightyear —con ese beso lésbico que primero eliminó y luego recuperó desatando la ira fascista—, Del revés 2 y Elio, su último estreno hasta la fecha, cuyo protagonista había sido ideado como queer, de forma que la supresión de este elemento motivara la salida del director Adrián Molina.

A finales de 2024 también habíamos sabido que Pixar obligó a eliminar una trama trans en su serie En la victoria o en la derrota, paralelamente a que otro futuro estreno se sumergiera en la controversia. Un extrabajador de Pixar aseguró que durante el desarrollo de Hoppers había habido presiones para “aligerar” su mensaje ecologista. Algo que parecía contradecir la misma premisa: una joven activista que trata de salvar la fauna de un lago sobre el que el alcalde de su pueblo ha decidido construir una circunvalación.

Este amasijo de polémicas nos habla de un estudio que no pasa por su mejor momento, expuesto a todas las contradicciones del “neoliberalismo progresista” donde se había incrustado por tradición —es decir, esa fórmula que busca aliviar la tensión sociopolítica desde calculadas lógicas de representación, que la Administración Trump hoy se propone destruir— mientras su salud financiera deja igualmente que desear. Tan solo Del revés 2 ha tenido últimamente una gran taquilla, mientras la citada Elio ha sido el mayor fracaso de la historia de Pixar, con lo que la conclusión está clara: hay que producir más secuelas. Por eso, después de Hoppers, llega en junio Toy Story 5

Daniel Chong es el director de Hoppers y es consciente de la complicada situación de su estudio. Entrevistado por elDiario.es, señala que no es tan grave que tras Toy Story 5 se hable de Coco 2 y Los increíbles 3. “También hemos anunciado Gatto”, destaca en referencia a un filme original que llegaría en marzo del año que viene y dirige el Enrico Casarosa de Luca. “Creo que Pixar está haciendo las cosas bien. Obviamente, debe existir un mundo donde hacemos más películas originales y menos secuelas, pero no estamos en ese mundo. Para que un estudio pueda sobrevivir, ha de haber un equilibrio”. Justamente de equilibrio habla Hoppers.

Cómo Pixar entiende el ecologismo

Chong es consciente, por otra parte, de las acusaciones que aquel extrabajador lanzó contra Hoppers. “Sí, nos enteramos de lo que se publicó”, reconoce. “Y la persona que dijo eso había estado mirando el proyecto desde lejos. Porque no, no fuimos censurados en absoluto”. Chong niega entonces que hubiera presiones desde arriba para frenar la vocación ambientalista de su película en un momento muy delicado en EEUU, donde el movimiento MAGA siempre busca excusas para arremeter contra Disney (cuya línea editorial se identifica habitualmente con el Partido Demócrata).

¿Cuál es la excusa de Chong? Que el proyecto simplemente siguió su curso. “Lo que pasa es que las historias suelen evolucionar y cambiar mucho, y, a veces, desde ciertas perspectivas, puede dar la sensación de que está habiendo censura. Cuando lo que pasa, simplemente, es que la historia cambia porque lo necesita”, asegura Chong. “No hubo ninguna censura, solo un reajuste en la forma de contar la historia, y cuando la gente vea la película, descubrirá que las cosas que queríamos decir sobre nuestra relación con la naturaleza están intactas”.

Las historias suelen cambiar mucho, y a veces desde ciertas perspectivas puede dar la sensación de que está habiendo censura, pero lo que pasa simplemente es que la historia cambia porque lo necesita

Daniel Chong Cineasta

Es cierto que la narración de Hoppers es lo bastante orgánica como para dudar que hubiera desvíos estrepitosos en el desarrollo: quizá la historia sí evolucionó como debía evolucionar. Otra cosa es lo que comunique esta historia, claro. Hoppers hace referencia a un experimento científico en el que la protagonista, Mabel, ve la oportunidad de salvar el lago. Consiste en introducirse en un robot-castor y, dentro de ese disfraz, comunicarse con animales que la reconocerán como uno de los suyos. La película hace chistes de inmediato con lo mucho que recuerda este planteamiento a Avatar.

Al mismo tiempo, deja caer muy rápido que Mabel no estaría obrando del todo bien. Camuflada como un castor, tratando de convencer a los animales de que luchen por su lago, Mabel estaría alterando los ritmos intrínsecos de la naturaleza mediante la ciencia y el sentimiento de superioridad humano, de una forma no tan distinta a lo que el pérfido alcalde Jerry busca hacer con su carretera. Tal es el dilema que maneja Hoppers. Uno que sin duda encaja con presupuestos ecológicos —atendiendo a la necesidad de un equilibrio de fuerzas y de identificar al humano como un ser vivo más— pero que, a la vez, permite a Chong dar declaraciones rigurosamente despolitizadas.

Es lo que hizo en una clase magistral antes de su entrevista, repasando la gestación de Hoppers. “Buscaba algo relevante para el futuro y me encontraba como todos los demás: con una sensación de desconexión, de sentirme rodeado de gente que lucha entre sí, con la tecnología siendo parte de eso también”, recordaba. “Buscaba algo que nos uniera, que no fuera necesariamente político, y pensé en el medio ambiente. Nuestra relación con la naturaleza no tiene por qué ser política, ha de importarnos a todos. Porque todos amamos a los animales (o deberíamos) y eso no es algo político”. 

Puesto que la política simplemente se ocupa de gestionar una convivencia, Chong no debería negarle a Hoppers este valor. Pero no deja de encajar con el talante final del filme, que aboga por los buenos sentimientos y la persecución de un equilibrio al margen de posiciones extremistas, proclive a que animales y humanos puedan compartir espacio. “Todos somos parte de un mismo ecosistema”, insiste Chong, “y Hoppers quiere ayudarnos a entendernos mejor, a ser más amables con los demás, a sentirnos menos desconectados… Aunque tampoco quisiera bombardear con mensajes a nadie”.

Cómo Pixar entiende (ahora) la animación

La equidistancia de Hoppers, su extremocentrismo, es del todo comprensible. Ni están las cosas en EEUU para decir una palabra más alta que otra, ni Pixar ha sido nunca un dechado de convicciones izquierdistas. En su génesis, de hecho, ha sido más determinante la herencia de Silicon Valley a través de su fundador Steve Jobs —estableciendo una brújula de avance tecnológico en lugar de estético— que una tradición animada como tal, así que cuesta enfadarse con Hoppers o verla como una traición. En el mejor de los casos puede parecer una obra ingenua o, en el peor, irresponsable, por acercar las posturas de activistas y políticos-empresarios en los tiempos que corren.

Mabel es la protagonista de 'Hoppers'

Nada de esto evita, en cualquier caso, que Hoppers sea la mejor película producida por Pixar en mucho tiempo. Porque su narración sabe eludir sus limitaciones de forma que las pegas lleguen después —cuando se piensa un poco lo que ha planteado, o se escucha hablar al director—, y porque esta está admirablemente ejecutada desde el apartado cómico y formal. La designación de Chong como director ha sido clave en este ámbito, porque no es un artista de Pixar de toda la vida sino que viene de fuera. “Sí, mi experiencia en Cartoon Network fue decisiva”, reconoce.

Chong es el creador de una serie de animación en 2D titulada Somos osos, que tuvo su propia película en 2020. De esta serie Hoppers ha heredado un saludable desinterés en que los animales sean realistas: desde sus formas redondeadas hasta el juego con sus ojos —que pierden o ganan pupila según Mabel pueda dialogar con ellos o no—, pasando por el color luminoso y la variedad de los diseños, la fauna que retrata la película de Chong es de lo más atractiva y descarta cualquier influjo de registro documental, queriendo integrarse ni más ni menos que por dibujos animados.

Así que se puede rastrear fácilmente la huella de las series infantiles de Cartoon Network, en particular su ritmo veloz y su sentido del humor constante. “Estuve tanto tiempo en Somos osos que desarrollé un gusto claro por las cosas que me interesaban y aprendí a producir muy rápidamente. Esta habilidad, cuando llegué a Pixar, nos ayudó a agilizar el proceso”, explica Chong. “Los fans de Somos osos verán que he llevado su humor a esta película, aunque uno de los desafíos de Hoppers fue emplear un formato distinto. Ahora hablábamos de CGI y queríamos reforzar las dimensiones, la textura, el detalle, y que la gente sintiera que podía agarrar y abrazar a estos personajes”.

La enloquecida energía cartoon de Hoppers no pierde aplomo pese al volumen de las tres dimensiones, y Chong y su equipo se las apañan para dispensar un entretenimiento rotundo. Incluso sazonado por escenas de acción muy originales e intensas —todo lo que sucede en cuanto los animales deciden ir a la guerra contra los humanos—, que marcan distancia con cualquier gravedad discursiva para que simplemente fluya la diversión. “Para mí la comedia era lo primero”, concluye Chong. “En cada decisión que tomamos para la película, primó la comedia”.

Y es algo que se nota, sin entorpecer ciertos apuntes emotivos —la amistad que Mabel entabla con el rey de los castores— que al cabo redondean las virtudes de Hoppers. Una película que bordea la excelencia y cuya falta de mordiente política no desentona, a fin de cuentas, con lo que ha sido Pixar o debería haber sido siempre: un estudio que hace películas creativas y divertidas. 

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