CRÍTICA

'Viuda Negra': un equilibrio entre dar vida a un arquetipo, ganar millones y hacer guiños discursivos

Viuda Negra 2

Desde que Scarlett Johansson encarnó a la espía y ejecutora rusa Natasha Romanoff en el éxito superheroico Los Vengadores, una parte del fandom reclamó una película para el personaje. A diferencia de otros compañeros de grupo, como el Capitán América o Thor, los responsables de Marvel Studios no encontraron el momento de prepararle una habitación fílmica propia. La lentitud podía tener algunos fundamentos logísticos (como la planificación a años vista de las producciones del Universo Marvel), pero también ilustra el talante timorato del despliegue de esta franquicia multipelícula y multimedia.

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Porque este imperio fílmico se fundamentó en personajes de la primera generación del homónimo universo superheroico de cómics, que eclosionó en los primeros años sesenta del siglo pasado. Las primeras páginas de Thor, Hulk o Iron Man, y las nuevas aventuras del Capitán América, vieron la luz entre 1962 y 1964, justo después del alumbramiento de Los Cuatro Fantásticos y su familia nuclear blanca bajo liderazgo masculino. La Marvel de viñetas tardó una década en normalizar que sus series pudiesen tener como protagonistas a superheroínas (Red Sonja, Spiderwoman) o superhéroes afroamericanos o asiáticos (Luke Cage, Pantera Negra, Shang-Chi), aunque se les tratase a menudo a través de las lentes de un cierto pintoresquismo.

Sesenta años después, Marvel Studios también ha tardado una década en diversificar sus liderazgos. Durante esa primera década, las mujeres formaban parte de grupos (como la misma Viuda Negra en Los Vengadores, o Gamora en Guardianes de la Galaxia) y los héroes afroamericanos o asiáticos ejercían de compañeros del salvador blanco que encabezaba la función. Black Panther y Capitana Marvel, la decimoséptima y la vigésima película de Marvel Studios, llegaron ya en 2018 y 2019. Y Viuda Negra, vigésimocuarto filme de la franquicia, consolida esta política de expansión.

La nueva película nos traslada a un momento en la vida de la protagonista que se emplaza entre los acontecimientos relatados en Capitán América: Civil War y Los Vengadores: Infinity War. Un momento cómodo en que localizar una narración sin grandes interconexiones con otros filmes, disfrutable como una aventura autoconclusiva que visionar sin grandes conocimientos previos.

Golpes que se alejan del cine sexploitation

Viuda Negra funciona como una especie de precuela indirecta: no es una película ‘de orígenes’ al uso, pero sí explora el pasado de la protagonista como miembro de un programa de entrenamiento feroz de niñas robadas para que ejerzan de agentes de inteligencia o sicarias. Cuando una antigua compañera se pone en contacto con la protagonista, confluyen su presente (superheroína que lucha por matizar un cierto bloqueo emocional) y un pasado sentimentalmente confuso (como niña-espía en un simulacro de familia compuesto por agentes del KGB infiltrados, al estilo de la serie televisiva The americans).

La trama del programa de mujeres cautivas mediante métodos terribles de control podría recordar a más de una película de acción y artes marciales. Arma desnuda, una cinta de tiros y golpes proveniente de Hong Kong, sería un ejemplo de cómo esta premisa podría tratarse de una manera supuestamente sexi. Pero la realizadora Cate Shortland y su equipo destilan esta premisa a través de los alambiques de un Hollywood que intenta conciliar sus fórmulas de éxito y sus convenciones heredadas con las demandas de un audiovisual que intente alejarse de dinámicas previas.

Las imágenes de Viuda Negra, por ejemplo, se separan del fetichismo androcéntrico. No sintonizan con las fantasías de chicks with guns (tías con pistolas) de látex y balas al estilo de la saga fantástica Underworld, que aun se podían entrever en el código fuente de propuestas supuestamente empoderantes como la polisémica Atómica. Ambos filmes sí comparten un uso algo caricaturesco de la guerra fría, o de su herencia, como detonante de los relatos respectivos. En esta ocasión, ni siquiera tenemos muy claro si hay que luchar con productos de la Unión Soviética o de la Rusia de economía liberalizada.

En todo caso, las heroínas se enfrentan con un villano con aires de depredador de niñas y mujeres, de sus inocencias e independencias. Y tiene lugar la correspondiente respuesta solidaria, al estilo de lo visto en Resident evil: Capítulo final o Mad Max: Furia en la carretera. A diferencia de propuestas abiertísimamente justicieristas como Matar a morir, la sororidad destaca por encima del deseo de venganza.

Una propuesta familiar (para bien y para mal)

La timidez comercial y el consabido dicho de “si no está roto, no lo arregles” tienen muchas otras ramificaciones, además de las posibles resistencias de Marvel Studios a combinar a los hombres caucásicos con otras morfologías de protagonistas en sus producciones más costosas. El equipo liderado por el productor Kevin Feige consolidó una fórmula de éxito que delimitó el territorio en que se mueven sus creaciones/inversiones. Las obras pueden incluir más humor o ciencia ficción (Capitana Marvel, Guardianes de la Galaxia, Thor: Ragnarok), pero no pueden escapar de los peajes de las superproducciones de nueve dígitos: aptas para un público juvenil y rebosantes de acción y violencia que resulta poco conflictiva y cómoda de ver.

Viuda Negra es otra de esas películas de Marvel que finge ser un poco diferente. Como en algunos pasajes de Capitán América: El Soldado de Invierno, se amaga una incursión en el thriller de espías. Aún así, el tramo final tiene bastante de déjà vu: una nueva misión de infiltración y sabotaje en la linea establecida por La guerra de las galaxias o El retorno del jedi (o, de nuevo, la misma Capitán América: El Soldado de Invierno) que acaba ofreciendo las correspondientes dosis de cataclismos. El filme termina con la habitual pasión por el ruido de tantos desenlaces de blockbuster contemporáneo, donde la banda sonora compite con las imágenes digitales de destrucción para apabullar sensorialmente a la audiencia.

La última propuesta marveliana ofrece más de lo mismo... con pequeños matices. De alguna manera, profundiza en anteriores intentos de humanización de la protagonista. Quizá proyecta una mayor atención a los personajes y sus emociones, que remite a lo visto en Wonder Woman 1984. La grata intención de dotar de una mayor humanidad a los arquetipos protagonistas también puede cuestionarse como una asociación sexista, como el posible esbozo de un blockbuster para mujeres como fenómeno análogo al tópico de la literatura para mujeres y su mayor énfasis en lo sentimental que en un blockbuster para hombres (con permiso de los arrebatos intensos de Vin Diesel en Fast & Furious). Esta vez, eso sí, se nos ahorra el ya habitual recurso de defender supuestamente una causa a través de una protagonista inspiradora… y mostrar el posible envilecimiento de esa misma causa a través de un antagonista que la defiende desde la frustración y a través de la violencia, como sucedió con los antirracismos y feminismos pop en Black Panther o en la ya mencionada Wonder Woman 1984.

En realidad, tanto Shortland y compañía como la misma Johansson tienen una herencia difícil que asumir. Romanoff remite a la tradición de antihéroes silenciosamente torturados, sentimentalmente drenados, del thriller de acción sobre sicarios. A la vez, como parte de un cine comercial juvenilizado, los conflictos de identidad del personaje remiten a la adolescencia y sus nostalgias, más que a la vida adulta. Marvel, como siempre, opta por el modelado y no por la expansión brusca o conflictiva. Así que nos ofrece una evolución prudente de un personaje limitado que puede palidecer en comparación con la belicosa coprotagonista interpretada por Florence Pugh. Y también con unos personajes secundarios encarnados por intérpretes tan astutos y capaces como el David Harbour de Stranger Things o Rachel Weisz.

¿La espera ha merecido la pena? Cada espectador tendrá que decidirlo. Como parte voluntariamente encapsulada de una narrativa más grande, aquella que concluyó en la arrasadora Los Vengadores: Endgame, Viuda Negra se limita y autolimita como un episodio autoconclusivo que difícilmente será visto como trascendente o memorable. Se ofrece un entretenimiento familiar (en más de un sentido) y reconocible, para bien y para mal. Y se emplea una fórmula prestablecida con los habituales potenciadores de salud y algún truco y guiño más (sea narrativo o discursivo) de los ingenieros del gusto, pero sin mucha capacidad para una sorpresa que, en realidad, quizá no deseamos. O eso dirán, con su historial de recaudación en la mano, Kevin Feige y compañía.

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Publicado el
8 de julio de 2021 - 22:36 h

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