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Cultura

¿Nos vamos de rumba? De Gràcia a Caño Roto

La muerte del maestro Peret nos hace recordar el género más inventivo del pop en castellano

Entre la fiesta barcelonesa y la severidad hardcore de Madrid, la rumba gitana es un caudal inagotable de temazos

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Los Chichos en la portada de su single 'Quiero ser libre'

Los Chichos en la portada de su single 'Quiero ser libre'

El lunes 29 de agosto, entre duelos y quebrantos mediáticos, Pedro Pubill, Peret, sorprendió por última vez al público. Showman hasta el final, el maestro de Mataró había dejado dicho que en su funeral sonasen dos de las canciones más significativas de su repertorio: El muerto vivo, la cumbia colombiana que él hizo suya en 1967 (cuántos escritores pagarían por firmar lo de "Y no estaba muerto, estaba tomando cañas") y Porque yo me iré, canción en la cual, anticipando su propia muerte allá por 1993, Peret reconocía sus deudas con dos titanes de la música caribeña como Benny Moré y Antonio Machín. Amén de recordarnos, esta vez mediante una autocita, lo de "es preferible reír que llorar". Como suele decirse, genio y figura.

Pocas estrellas del pop en español han sido tan lloradas como Peret, y pocas se han dignado a hacerle la peineta a la Parca con tanto desparpajo. Aquí sospechamos que en ello debió mediar el hecho de haber sido el rostro visible de un género tan menospreciado, al principio, y reivindicado, después, como la rumba catalana. El cual, todo hay que decirlo, no deja de ser una emanación de la rumba, sin adjetivos. Ese rincón de nuestra historia musical que sigue evocando expositores de cassettes en gasolineras, camisas de lunares anudadas al ombligo y, en general, una imaginería que oscila entre lo despectivo y lo anecdótico. Tremenda injusticia esta, porque ninguna corriente sonora en la Península se ha mostrado tan abierta a la hora de fagocitar influencias, y tan capaz de conjugar el atractivo para las masas con el talento crudo, mediante una amalgama de recursos que ya quisieran para sí otras escenas sitas en la pomada de lo más moderno.

Afortunadamente, la rumba (con el adjetivo que se quiera: "flamenca", "gitana" o el susodicho "catalana") ya ha tenido a quienes la glosen. El libro Achilifunk, de Txarly Brown, los informes de periodistas como Diego A. Manrique, Juan Puchades y Luis Troquel, o el estupendo blog Comparar a Dios con un gitano, entre otras fuentes, ofrecen torrentes de sabiduría que a veces pueden abrumar al neófito. Por ello, y como nunca está de más un poco de fiesta en la vida, a continuación ofrecemos una guía básica (y, necesariamente, incompleta) que te convencerá de dedicarle un poco menos de tiempo a la Pitchfork y un poco más a las hazañas en vinilo de grupos o solistas cuyos nombres deberían sonarte desde ya.

Cataluña: un 'ventilador' en lo alto del puerto

"La rumba catalana no es un palo del flamenco", insistió Peret hasta el final. Y, aunque pocos más autorizados que él para lanzar semejante aseveración, conviene matizarla un poco: si bien es cierto que múltiples rasgos distancian al sonido barcelonés del cante jondo, también es verdad que el propio Peret comenzó su carrera como guitarrista flamenco (como tal se le ve en Los Tarantos, la película –1963– de Francisco Rovira Veleta), que a las rumbas se las incluye dentro de los cantes de ida y vuelta, con raíz latinoamericana, y que en el tira y afloja sobre su filiación en Cataluña entran múltiples factores, algunos de ellos de carácter político. Pero profundizar en este tema sólo nos arrastraría a un jardín con poco espacio para el jaleo.

Dejémoslo, pues, en que a la rumba catalana hay que darla de comer aparte, en el mejor sentido, que se nutre (en sus formas, y también en su repertorio clásico) de ritmos del otro lado del Atlántico, y que la preside una santísima trinidad de intérpretes que citamos sin orden de preferencia. Su rostro más sonriente sería el de Peret, la infatigable alma de la fiesta, capaz de irse por derroteros muy inesperados y siempre dispuesto a instruir sobre las quisicosas de su sonido. Antonio González, El Pescadilla, queda como su eterna promesa incumplida: un señor de talento estratosférico cuyo matrimonio con la entertainer más arrolladora de la historia de España (sí, esa es Lola Flores, ¿pasa algo?) acabó alejándolo del ojo público. El más pasional de los pioneros, y también el menos popular, es Josep María Valentí, Chacho, formidable pianista, áspero en el canto e implacable en el ritmo, condenado al olvido hasta una oportuna reivindicación a principios de esta década.

Pero la cosa no acaba aquí: cabe recordar, por ejemplo, a Juan Castellón, El Noi, que se anunciaba en las portadas de sus grabaciones como El + pop de la rumba gitana, y que introdujo el órgano en el arsenal sónico del estilo. También a Joaquín Caldera, El gitano portugués, a Ramón Reyes, Ramunet, a La Payoya y a una auténtica legión de artistas. Avanzando en el tiempo, nos damos de morros (para empezar) con la inmensa obra de Los Amaya: sobrinos de la bailaora Carmen Amaya, los hermanos José y Delfín se familiarizan con la música afrocubana tocando en un puticlub propiedad de un policía, y cuando giran al pop en 1977 con Vete han dejado ya por el camino grabaciones donde se aúnan lo crudo y lo exquisito, alternando muchas veces con lo más florido del jazz rock laietano. Rumba 3 (responsables de introducir la frase "no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco" en el vocabulario de los ligones de playa), Los Rumberos y La Marelu, cantaora extremeña afincada en la Ciudad Condal cuyos discos de los 70 transmiten aun hoy una modernidad apabullante, son otros nombres, entre muchísimos, a los que conviene tener en cuenta.

Y mejor echar el freno, porque el fondo de catálogo rumbero catalán puede provocar un vértigo que deja en nada los causados por el soul sureño, el house de Chicago o las mil y una especies sonoras procedentes de Jamaica. Lo sabía el argentino Gato Pérez, que tras abandonar el rock progresivo pergeñó temas didácticos a la par que irresistibles como El ventilador (donde nos explica cómo la rumba "junta en la guitarra la armonía y la percusión", dejando así picuetos al Pacto de Varsovia, James Bond y la OTAN). De modo que, con pesar, obviamos a grupos como Chipén, Estrellas de Gràcia y los inevitables Los Manolos para saltar hacia el centro y el sur de la Península.

Caño Roto y el soul de los gitanos

Conforme nos alejamos de Cataluña, y aunque sea simplificar (que lo es, y mucho), cabe decir que en el principio fue Miguel Vargas, Bambino: el cantante de Utrera comienza a grabar en 1964, demostrando desde el principio una capacidad para absorber influencias equiparable a la de Peret y compañía (su sobrenombre, sin ir más lejos, se lo debe a la canción Bambino Piccolino, de Renato Carosone) y una intensidad en sus interpretaciones capaz de demoler el Pentágono hasta los cimientos. Y algo más oscuro y más doloroso, también. Porque, si los sonidos catalanes apuestan por el jolgorio sin paliativos, en esa rumba que viaja desde Andalucía y Extremadura hacia Madrid con el éxodo rural de la posguerra late el pulso de la marginación. Lo cual deja poco espacio para bromas.

Tanto es así que, cuando debutan en largo allá por 1974, Los Chichos cosechan un hit con La historia de Juan Castillo, temazo cuya letra (escrita parcialmente en idioma caló) sacaría los colores a más de un émulo patrio del gangsta rap. Debido en parte a las aportaciones de los músicos de sesión con los que trabajaban, el vocabulario musical de Los Chichos se nutre de sonidos soul y funk, algo que marcará a la rumba madrileña y que, allá por 1975, cristalizará en El sonido Caño Roto, formidable (y, durante mucho tiempo, único) LP de Los Chorbos. El álbum toma su nombre de uno de esos poblados dirigidos donde las autoridades franquistas encajonan a la inmigración que se instala en Madrid durante los años 50 y 60. Y, en sus surcos, el talento de los componentes del grupo (entre ellos, José Ortega, Manzanita, guitarrista supremo) se aúna con el del productor José Luis de Carlos (el mismo que provee de brillo al Gipsy Rock de Las Grecas) para lograr un vuelo vocal e instrumental a la altura de los Four Tops o los Temptations más setenteros y desaforados.

Así pues, cuando Los Chunguitos (sobrinos del cantaor Porrinas de Badajoz, y residentes en Vallecas) saltan al ruedo en 1977, la terna del género está completa: mientras los hermanos Salazar entregan sonoridades hardcore en temas como Dame veneno, el ingenio de Juan Antonio Jiménez, Jeros, (fallecido en 1994) proporciona a Los Chichos piezas como Son ilusiones, puro rare groove de la cabeza a los pies. Y, tras la disolución de Los Chorbos, Manzanita entrega dos álbumes imprescindibles: Mucho ruido y poco duende (1978) y Espíritu sin nombre (1980). Cuando, llegados a 1981, Carlos Saura escoge dos temas de Los Chunguitos (junto a la siempre infravalorada Caramba, carambita de Los Marismeños) para la banda sonora de su Deprisa, deprisa, que se lleva el Oso de Oro en Berlín, parece que la rumba de Madrid va a dar el paso hacia el reconocimiento por parte de quienes ahora llamaríamos hipsters. Nada más lejos de la realidad.

A lo largo de los 80, la rumba catalana dormita en espera del reconocimiento institucional que le llegará con las olimpiadas de Barcelona 92, y sus primos de Madrid no dejan de dar tumbos: el Nuevo Flamenco de Ketama y Pata Negra se gana cada vez más espacio mediático (dejando en el camino a su propio mártir, el gran Ray Heredia), pero los artistas de Vallecas y Caño Roto van quedando más y más asociados a las producciones de baja calidad, a unas letras en las que la drogadicción y la delincuencia tienen protagonismo absoluto y a las bandas sonoras del llamado 'Cine Quinqui', con filmes tales que Yo, el Vaquilla (1985) y Perros callejeros (1977). Pero el género aún es capaz de dar mordiscos: en 1999, cuando Jordi Pujol se presenta en un mitin acompañado por Los Chunguitos, el aún molt honorable cosecha un abucheo de impresión. Tal vez el político catalán debería haber recordado que una de las canciones más emblemáticas de la banda concluía con aquello de " Soy un perro callejero / Y me cago en tos tus muertos".

Por supuesto, esto no es todo. Y tampoco es el final: la rumba sigue viva, y seguramente sus mejor pálpito late hoy en lugares donde la mayoría de críticos musicales no se dignarían ni a mirar. Pero, como siempre, caben matices al hablar de esto último. Por ejemplo, el hecho de que los exitosísimos Camela, tan despreciados por algunos como reivindicados por otros, no tienen demasiado de rumberos ni en lo rítmico ni en lo temático. O la dolorosa realidad de que Estopa, aclamados como la salvación del género gracias a su éxito a finales de los 90, están muchas veces a un paso de rozar el chiste chusco. Óigase, en el vídeo de abajo, la muy irrespetuosa letra original de El de en medio de Los Chichos para comprobarlo. Como siempre, la verdadera fiesta está muy, muy alejada de la radiofórmula.

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