El mito del Watusi renace en el teatro: claves de la novela que anticipó España y se convirtió en una obra de culto
Ha llegado a Madrid El día del Watusi, la adaptación teatral a cargo de Iván Morales del gran relato de Francisco Casavella. El reto de llevar esas mil páginas a escena parecía sobrehumano. Morales se pasó más de cinco años montándola, pero al final se salió con la suya. El año pasado la obra se llevó seis de los premios de la Crítica en Barcelona y, sobre todo, estuvo más de tres semanas a reventar en la sala grande del Teatre Lliure.
Con este montaje la fuerza de la novela ha cogido nuevas fuerzas y el gran mito del Watusi ha vuelto a resonar por Barcelona y ahora allende, vuelve la figura de Fernando Atienza, pero también Pepito Yeye, el Topoyiyo, Superman, el hijo de puta de Ballesta y Elsa, el amor de Atienza que se quedó en una cuneta a causa del caballo. Vuelve ese viaje sideral y urbano desde las casitas de Montjuic hasta las callejuelas del Born. Una de las novelas con más ritmo de la literatura española que Iván Morales ha sabido llevar a escena en una función de cuatro horas y media.
“El 15 de Agosto de 1971 es el día más importante de mi vida. Es el día del Watusi. En el día del Watusi yo vi un muerto por primera vez. De hecho vi dos”, así comienza esta obra que llega a Madrid con elenco renovado. Ya no está Enric Auquer como el protagonista, pero está un estupendo Guillem Ballart a quien le acompaña un reparto que es media vida del teatro catalán. Estarán unos versátiles David Climent y Artur Busquets, estará Ana Alarcón que bordará a Ballesta, ese ser, pura cloaca del Estado, que tejerá la nueva realidad política de la sacrosanta Transición española. Y estará también Vanesa Segura que realizará una espléndida Dora, esa compañera de infancia en las chabolas del Montjuic, y que en la tercera parte se convertirá en una estupenda Elsa, esa novia imposible de Atienza.
La obra abarca las tres partes del libro: Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible. Capítulos que inicialmente se publicaron por separado en Mondadori entre el 2002 y el 2003, con pocos meses entre uno y otro. El montaje acomete las tres sin dejarse nada esencial de ninguna una de ellas: el relato de infancia, la etapa de arribismo político del protagonista durante la Transición y la caída en el mundo marginal y bohemio de la Barcelona preolímpica.
Cada parte tiene su estilo y código teatral, más narrativo y evocador la primera, cercano a la farsa valleinclanesca la segunda, y más de realismo sucio en la tercera para contar esa caída en las drogas y lo marginal. Pero Morales no utiliza un teatro representativo. El día del Watusi es puro ritmo, pura música urbana, charnega y punki, roncanrolera siempre, que acabará con un sonadísimo tema de los Surfin Sirlas (las navajas surferas), un tema del 2011 en recuerdo de este autor que murió en 2008 por un ataque al corazón.
La obra cuenta con grandes tiradas de texto, un acierto que los actores saben expandir en escena hasta que la palabra de Casavella comienza a resonar. Hay momentos impagables, como el relato de Dora contando como asisten a un concurso para ser la nueva Escarlata de un remake de Lo que el viento se llevó, o ese delicado momento en que Atienza llora frente a un armario de toallas de colores colocadas como él nunca vio en su vida, pura sensibilidad de clase… Casi al final de la obra hay una tirada del propio Atienza donde se ve toda la capacidad de Casavella para convertir el texto en ritmo. Es la versión en novela de aquella famosa secuencia de Arrebato de Iván Zulueta cuando bajan unas escaleras corriendo, ¿se acuerdan?, pues ahora esa maravilla también es teatro.
¿Pero quién es el Watusi?
La novela, 25 años después de ser publicada, sigue recogiendo adeptos y fans. La comunidad del Watusi no deja de crecer. En 2008 se reeditó como en un solo volumen en la editorial Anagrama, la edición ya lleva 8 reimpresiones y 10.700 ejemplares vendidos, un gota a gota imparable. El libro, además, cuenta con una larga y prospera sombra de escritores como Carlos Zanón, Miqui Otero o Kiko Amat, de cantantes como Josele de Los Enemigos, fan declarado que le dedicó su tema Cómo reír, o de cineastas como Rodrigo Rodero que llevó la tercera parte de la novela al cine en el 2010 con un guion de Michel Gaztambide y unos jovencísimos Andrés Gertrudix e Irene Escolar.
El mito del Watusi sigue vivo, incluso tiene su Bloomsday no institucionalizado. Cada 15 de agosto, o no todos, en Barcelona, o en León, la cosa va mutando, la gente queda por redes para pintar uves dobles por las paredes de las ciudades, tomar y bailar al son del garaje y la rumba y recordar que un día un cuerpo apareció flotando en el puerto de Barcelona. Para abordar ese mito, ese novelón, y acercarse a ese autor que escribió otras maravillas como El triunfo (1990), El secreto de las fiestas (1997) o Lo que sé de los vampiros (2008), este periódico ha hablado con tres buenos conocedores de la figura de Casavella.
Martí Sales es poeta, músico, teatrero, crítico cultural, desde principios de siglo lleva conspirando, sacando libros, comisariando expos… Martí es además miembro de los Surfin Sirles, el grupo que pone el tema final a la obra de teatro. Conoció a Casavella en un conocido bar del barrio del Born a finales de los noventa. “El barrio era un horror ya por entonces, y el Bar Cota era el único potable”, recuerda, “conocí a un tipo inteligente, gran conversador con el que me tomaba cervecitas, luego supe que era escritor y de ahí surgió una amistad que llegó hasta el final”, apunta.
Sales, que colaboró en la primera dramaturgia de la obra de teatro, cuando habla de la novela lo tiene claro: “Aquí siempre se andaba buscando la gran novela de Barcelona. Mendoza sacó La ciudad de los prodigios, Juan Marsé Si te dicen que caí… Pero cuando salió El día del Watusi a mucha gente nos pareció que ya estaba, que era esta. Casavella pilla un momento muy bestia de Barcelona y, claro, el libro tiene mucho rock & roll”, explica para luego pasar a contradecirse, “aunque más que sobre Barcelona es un libro sobre la ciudad como lugar de transformación acelerada”, afirma.
Sales se refiere a esos años donde se juntó la Barcelona más under con esa ciudad de diseño, artie y divina, que tan bien critica la novela Casvella. En esos años la periodista Lulú Martorel, responsable de uno de los programas de televisión de culto en Cataluña, Giravolt, conoció al escritor en noches interminables, “Francis conocía todos los antros. El Otro, que fue epicentro en los ochenta, y el Bar Cota, más tarde. Y cuando le echaban, que le echaban de todas partes, siempre sabía un sitio con posibilidades que quedaba abierto” rememora Martorell desde Senegal, donde vive ahora.
Martorell confiesa que en esos años de juventud se sentían muy protagonistas, “pero ya ves de qué triste historia”, dice ahora con cierta amargura. Al preguntarle sobre El día del Watusi la periodista analiza aquella época con cierta mirada crítica. “Cuando nosotros estábamos en plena fiesta, aún con la resaca de la muerte de Franco encima, cuando estábamos intentando un mundo mejor y pensábamos que había espacio para una verdadera subversión y cambio, él supo ver que no había ruptura sino una reforma bien oscura. El Watusi representa el árbol que no supimos ver en su momento y que nos estaba tapando el bosque. Francis, que también estaba en esas fiestas, en cambio, supo observar, aprovechar cada segundo para luego con toda la lucidez escribir sobre una época que acababa de pasar delante de nuestras narices sin que nos enterásemos”, explica.
Lo que parecían las chaladuras de un paranoico se han cumplido casi todas. En el libro se habla de las cloacas del Estado cuando nadie hablaba de ellas… Los ejemplos son múltiples
Martí Sales apunta que Casavella quería publicarlo desde el principio en un solo volumen con el título La verdad, pero que no pudo ser, cosa de editores, “gracias a eso tenemos el gran invento de la W del Watusi”, complementa Lulú Martorell que también se acuerda del duro final que tuvo el novelista: “Francis, como el protagonista del Watusi, a los cuarenta desaparece de repente. Tenía demasiada tristeza, demasiado desencanto. Al final, era un personaje angustiado, veía malos por todos lados y sabía que le harían pagar su punto de vista crítico. Estaba ya en una época muy bestia, de matarse bebiendo y tomando farlopa, cuando murió fue un golpe muy fuerte para muchos”.
Miqui Otero, escritor bien conocido por libros como Simón u Orquesta, es además el “primillo” de Casavella, como el escritor lo llamaba cariñosamente. Otero era primo de Casavella por parte de tío de una familia migrante gallega, todos crecieron en torno al barrio de San Antoni. “Él era mucho mayor, pero cuando comencé a escribir fanzines lo entrevisté y ahí surgió una relación bien bonita, yo ya quería ser escritor y me fue azuzando en mis lecturas, siempre exigente y generoso, rememora.
Otero, además del gran lector que era Casavella, capaz de hablar de Valle-Inclán al igual que de Saul Bellow, destaca su capacidad de escrutar lo popular: “Sabía pinzar lo que verdaderamente tenía talento. Recuerdo cuando le dio por defender muy seriamente el Asereje de las Ketchup. Se conocía al dedillo toda la nueva ola, el punk, el rock and roll y el soul, pero de repente el tío te hacía una defensa supercoherente de las Ketchup, tenía la capacidad de detectar el talento en sitios donde otros pasábamos de largo”.
Al hablar sobre el Watusi Otero señala su capacidad visionaria. “Lo que parecían las chaladuras de un paranoico, se han cumplido casi todas, una por una. En el libro se habla de las cloacas del Estado cuando nadie hablaba de ellas, preconiza la llegada de Ciudadanos… Los ejemplos son múltiples. La chaladura de lo que parecía un paranoico se reveló como pura lucidez para mostrar cómo la transición española fue la transición de un país dramático a un país imbécil”, sentencia.
Cuando se habla de referentes y antecesores Otero defiende que no es tan fácil, “lo puedes relacionar con Marsé o con Montalbán, por ejemplo, pero la diferencia está en que Casavella no quería ser un intelectual, sino un novelista mestizo, como el guía medio indio de los westerns que va con los de la caballería”. “Él era esa figura fronteriza, alguien indomable capaz de entender los mecanismos y los mitos de la calle al mismo tiempo que los relatos falsos que se construyen desde arriba. No es nada fácil tener tanto oído para el adoquín como para la moqueta”, zanja.
Cada 15 de agosto en Barcelona alguien sigue pintando una W en un cuarto de baño o alguna pared de Barcelona. Detrás se esconde el mito de un tipo que sabía bailar, que fue mercenario en África y a su vuelta fue el terror de las bandas del Chino, el Carmelo o Torré Baró. El Watusi es el mito fundacional de la comunidad democrática barcelonesa y por ende española. Todos los mitos fundacionales comienzan con un navajazo, pero Casavella nos enseñó a ver cómo ese mito fue deformándose hasta llegar a valer para cualquier cosa, tanto para un partido político como para un producto de limpieza. “Yo supongo que los del Hotel Vela en Barcelona leyeron la novela antes de poner su gran W en la fachada, porque si no, no se explica”, concluye Lulú Martorell.
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