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'Minerales de sangre': Europa y sus valores, frente al espejo

Trabajo de los mineros que extraen coltan del la mina de Senator Edouard Mwangachuchu en North Kivu (RDC). / Foto: Lucas Oleniuk (Efe)

Adolfo Moreno

Minerales como el coltán están en las entrañas de nuestros móviles u ordenadores, y también en las causas de cruentas guerras en África. En países en conflicto, las minas de estos productos están controladas por organizaciones violentas que, tras someter a sus conciudadanos a condiciones inhumanas para la extracción, se financian vendiendo las riquezas naturales del continente a intermediarios que hacen la vista gorda en un proceso comercial que termina, multinacionales de tecnología mediante, en los teléfonos o productos similares que compramos en las tiendas.

El próximo miércoles, 20 de mayo, el pleno del Parlamento Europeo debe pronunciarse sobre qué reglamento debe exigir la UE a las empresas que comercializan estos productos, denominados por muchos “minerales de sangre”. El acuerdo final, no obstante, dependerá de la decisión que tome el Consejo Europeo. 

Basándose en las directrices de la OCDE, la Comisión propuso en marzo de 2014 un Reglamento sobre los 'minerales de sangre' o 'minerales de conflicto'. La Comisión Europa es la encargada de proponer los textos legislativos para que el Parlamento Europeo se posicione antes de que lo hagan los gobiernos de los 28 Estados miembros en el Consejo. En la propuesta de la Comisión se pretenden eliminar los vínculos entre la extracción y el comercio de minerales con el objetivo de crear un mercado europeo de minerales comercializados de manera responsable por las empresas que participan en el proceso: extracción, transporte, venta, distribución y producción de determinadas partes de los sistemas, entre otros pasos.

El plan del Ejecutivo comunitario establecía “las obligaciones en materia de diligencia debida”. Es decir, que cada empresa se responsabilice de la adecuación a la legislación del material que ha recibido de su predecesora en la cadena; un concepto, el de diligencia debida, que ya deben cumplir en Europa, por ejemplo, las entidades financieras en la lucha contra el blanqueo de capitales o la industria alimentaria en la trazabilidad de sus productos.

La principal polémica que acompaña a la propuesta de la Comisión radica en los afectados por la regulación: las empresas que “decidan autocertificarse como importadores responsable de los materiales o metales”. Autocertificarse: deja la sumisión a la futura legislación a la voluntariedad de las empresas que importan anualmente millones de euros en estos minerales.

Ya en el Parlamento Europeo, la comisión encargada de discutir el Reglamento fue la de Comercio Internacional (INTA): su informe, elaborado por el diputado rumano del Partido Popular Europeo Iulius Winkler, no modificó en gran medida la naturaleza voluntaria del proyecto, colocando el foco de la obligatoriedad exclusivamente en la parte de la cadena que corresponde a la extracción.

La comisión de Desarrollo (DEVE) también discutió la propuesta: todos los grupos mayoritarios del Parlamento apoyaron la obligatoriedad para las empresas y que se aplicase la diligencia debida en todas las etapas del proceso y no sólo en la inicial. Pero a esta comisión solo le correspondía elaborar una opinión que no tenía por qué ser tenida en cuenta, como así ha ocurrido pese a la amplitud del acuerdo.

Europa puede seguir el camino “alarmante” de EE.UU

“Por su contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa”. Este fue el motivo por el que la Unión Europea recibió el Nobel de la Paz en 2012. Con parte de Europa desangrándose económicamente, el galardón trataba de reconocer el orgullo del continente: ser el embajador mundial de los derechos humanos. Pero este perfil comunitario también está sumergido en una profunda crisis. Ahora, a la vez que se impide el acceso al continente de miles de africanos que huyen de los conflictos, Bruselas trata, sin demasiada rotundidad, de regular el comercio de minerales que sirven, precisamente, para financiar muchos de esos conflictos.

ONG como Amnistía Internacional avisan de que el sistema de control europeo puede terminar siendo tan insuficiente como el estadounidense –al que hace referencia explícita la Comisión en su propuesta–: la Ley Dodd Frank de Reforma de Wall Street y Protección al Consumidor, aprobada por el Congreso en 2010, requiere a las empresas presentar ante la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por sus siglas en inglés) un informe anual (el primero fue respecto a 2013) sobre la cadena de suministro de diligencia debida en relación a los minerales en conflicto. El resultado de un informe de Amnistía Internacional y Global Witness es claro: el 80% de las empresas no controlan sus suministros ni revelan con transparencia si en sus productos hay minerales procedentes de zonas en conflicto, por lo que llaman a la ciudadanía a presionar a los grupos políticos de la UE para que su regulación sea severa.

También lucha por una legislación exigente el ginecólogo congoleño Denis Mukwege, quien analizó los resultados “alarmantes” que ha traído la Ley Dodd Frank en un artículo en The New York Times: “Sólo el 16% (de las corporaciones norteamericanas, gigantes como Apple, Microsoft, Intel, HP y un largo etcétera) podría indicar de qué país procedían sus minerales. Los resultados revelan que la mayoría de las empresas no son conscientes de si sus productos contienen minerales que han sido vendidos para financiar la violencia”. En el artículo, tras felicitar a las corporaciones que se han esforzado en mapear la cadena de suministro, critica a las que “se han escondido detrás de los grupos de la industria como la Asociación Nacional de Fabricantes y la Cámara de Comercio de los Estados Unidos para impugnar la ley en los tribunales”.

Mukwege también ha mirado a Bruselas, concretamente al presidente del Parlamento Martin Schulz, el mismo que le hacía entrega del premio Sajarov en 2014. Hace unas semanas Schulz recibió una carta del ginecólogo y activista congoleño en su condición de “testigo de las tragedias que sufre la población civil de mi país debido a un conflicto mantenido por grupúsculos que explotan minerales ilegalmente” en la que subrayaba que es “importante” el “dar un carácter vinculante a esta regulación y dirigirse tanto a los productos finales en Occidente como a las materias primas en estado natural en África”.

Qué dicen los eurodiputados españoles

En estos días se suceden las reuniones entre los distintos grupos políticos europeos para buscar unos acuerdos mínimos sobre si regular o no toda la cadena y qué sanciones aplicar, con la intención de no mostrar una Europa divida en el debate del pleno del martes 19 y en la votación del miércoles 20. Desalambre ha entrevistado a parlamentarios de ocho partidos españoles para conocer sus impresiones.

Pablo Zalba, del Partido Popular, (miembro de la comisión INTA) considera que, pese a que la propuesta de la Comisión es “un paso importante” que “va más allá de lo que ha hecho Estados Unidos”, “habría que ser más contundentes” y se lamenta de que las enmiendas que ha presentado “no han salido adelante”. Su compañera Teresa Jiménez-Becerril (miembro de la comisión DEVE), no cree que el Parlamento deba “poner sanciones” y apunta a que “esas empresas tendrían que pagar más sus impuestos en los países donde están” ya que “no tiene mucho sentido que luego toda la riqueza se vaya fuera y esas personas se queden siempre atrasadas”.

Ésta no es la solución para el vicepresidente de los socialistas europeos Enrique Guerrero (también miembro de DEVE), que exige una “trazabilidad obligatoria”, “regularizar” todo el proceso para que las empresas europeas tengan que “declarar obligatoriamente las condiciones en las que han obtenido” los minerales y “adquieran compromisos de comercializarlos en determinadas condiciones, o de no hacerlo cuando están alimentando conflictos”.

El cabeza de lista de Ciudadanos Javier Nart (comisión DEVE) pide “control y sanción” y que “ningún producto sea admitido en la UE si no se certifica toda la cadena que llevaba”; también advierte de que, de no ser así, y pone el ejemplo de nuestras importaciones tecnológicas de China, “se produciría una situación absolutamente hipócrita y pésima para Europa: nosotros cumplimos, los chinos no cumplen y nos lo venden más barato. ¿Qué acabamos de hacer? Destruir nuestra estructura industrial”.

Lola Sánchez (comisiones INTA y DEVE), de Podemos, apuesta por “sanciones que duelan”, pide que Bruselas abandone “la hipocresía y la falta de coherencia” y las sustituya por “valentía y voluntad política” ante el “expolio” de las empresas multinacionales europeas de las que la UE “funciona como embajadora por el mundo”; a su vez, en relación a que los productos importados de una China irrespetuosa con los derechos humanos en África serían más baratos, aboga por la “pedagogía” para “mostrar a la gente por qué merece la pena pagar un poquito más si estás salvando vidas”.

Marina Albiol (comisión DEVE), de IU, ve de “ilusos” pensar que las empresas van a cumplir la legislación de forma voluntaria: “El camino ha de ser que sean los Estados los que legislen y exijan que no haya explotación laboral, apropiación de sus recursos naturales...” y que “la UE controle lo que están haciendo sus empresas en terceros países”.

En opinión de Beatriz Becerra (comisión DEVE), de UPyD, los parlamentarios no son “diplomáticos” y deben “controlar y exigir” sanciones por incumplimientos, algo que también reclama para “la cláusula de derechos humanos en los acuerdos comerciales con terceros países”, y considera, respecto a las posibles relaciones comerciales desiguales en esta materia con potencias como China, que la clave es ser “un Gobierno que ejecuta un plan de Gobierno para 500 millones de ciudadanos” por encima del Consejo, “que necesariamente va a representar sus interesas nacionales. Así no habrá acuerdo”.

El vicepresidente de Verdes-ALE, Josep-Maria Terricabras (ERC), asegura que “todo reglamento europeo que no tenga sanciones es una homilía” y abre el abanico de éstas: “No se trata a menudo de poner una sanción directamente económica a alguien, sino de no renovarle ayudas de ningún tipo, de no favorecer su relación con otros...”.

Por último, Izaskun Bilbao (PNV) es vicepresidenta del grupo de los demócratas y liberales (ALDE), que representa un grupo de votos clave –aunque los diputados tienen libertad de voto real– porque aúna, por un lado, a diputados liberales en lo económico que prefieren dejar la regulación a la voluntariedad de las empresas y, por otro, a un perfil político que pide, como Bilbao, más responsabilidades. La eurodiputada exige “coherencia en las políticas que desarrollamos, transversalidad: no podemos estar hablando de ayuda humanitaria y por otra parte estar permitiendo la implantación de empresas europeas en países menos desarrollados o que están recibiendo la colaboración europea”, lo cual considera “un abuso y una inmoralidad” que “lo único que hace es permitir que crezcamos a costa de otros. Eso es una debilidad para Europa. Cita a Iñigo Urkullu: ”Iremos más lentos, pero iremos todos juntos“.

El siguiente paso del procedimiento legislativo ordinario será, una vez aprobada la posición del Parlamento Europeo, conocer en qué sentido se pronuncia el Consejo. Es decir, comprobar con qué autoridad y creencia en sus valores democráticos frente a las grandes corporaciones se ven los 28 Estados miembros al mirarse en el espejo que supondría una regulación exigente.

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