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Mi abuela Ana, Twitter y la huelga feminista del 8 de marzo

Es domingo y, mientras fríe patatas, le pregunto por la huelga: "Claro que hay que hacerla, hay que recordarle a la gente lo que cuesta cuidar"

Escuchándola me pregunto si somos conscientes de que hoy por hoy, y quizá más que en ningún momento anterior, convivimos tres generaciones o más de mujeres con experiencias de vida radicalmente diferentes

Esta huelga es también por todas esas mujeres que creen que no han hecho nada pero lo han hecho todo: sostuvieron una sociedad que cambiaba, porque también cambiaban ellas, y cuestionaron su propia educación

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Captura de uno de los vídeos.

Captura de uno de los vídeos.

Se llama Ana Bañón y tiene 79 años, aunque en unos meses cumple 80. Es mi abuela. Es domingo y hablo con ella mientras fríe patatas para la comida: ella me pide a mí que le cuente cosas de mi vida –"Me da gusto, yo vivo a través de vosotras", me dice muchas veces– y yo le pregunto a ella por la suya. El 8 de marzo se acerca y toca hablar de la huelga: "Claro que hay que hacerla, hay que recordarle a la gente lo que cuesta cuidar". Subo sus respuestas a Twitter. Se lo explico y, aunque nunca ha entrado, eso de aparecer en delantal le inquieta un poco.

Después de toda su vida cuidando (ocho partos, siete hijos, dieciséis nietos, un marido profesor, echar una mano en Cáritas, visitar presos en la cárcel, empadronar y recibir en casa cada semana a personas sin papeles), así es como ella entiende la huelga.

"Cuidar es lo que de verdad cuenta", dice mi abuela. En la huelga hay que recordar que "somos personas y que tenemos los mismos derechos que los demás". "¿Qué es eso de que los hombres nos ayuden? La casa y la crianza de los chiquillos es de los dos y se terminó", se queja. Pero precisamente porque sabe lo que es cuidar, Ana cree que para muchas mujeres será difícil hacer la huelga. Que ese día cuiden los hombres, le respondo yo. No se fía mucho: "Uy, algunos lo harán y otros serán capaces de dejar a esas personas sin atender hasta que lleguen las mujeres".

Los hombres de mi generación son otra cosa, dice. "Ya están educados de otra forma". Le respondo escéptica. "Sí, abuela, pero quién sigue cuidando, quién coge las excedencias, quién se queja de los horarios absurdos, de las reuniones a deshora, quién se agota teniendo mil cosas en la cabeza".

"Es verdad, claro que no tenemos igualdad", sigue ella.

Escuchándola me pregunto si somos conscientes de que hoy por hoy, y quizá más que en ningún momento anterior, convivimos tres generaciones o más de mujeres con experiencias de vida radicalmente diferentes. Las que no pudieron estudiar con las más preparadas de la historia, las que asumieron que su destino era únicamente cuidar con las que elegimos carrera, soñamos con una profesión y reflexionamos sobre cómo cuidamos, las que se casaron sin casi poder decir que no con las que experimentamos con la libertad sexual y cambiamos de pareja, las que nunca tuvieron una cuenta a su nombre con las que nunca renunciaremos a nuestros ahorros propios, las que parieron en casa sin elegirlo con las que hablamos de violencia obstétrica.

Entre ellas y nosotras, mi madre, también Ana, y las de su generación, que pidieron más libertad y más derechos de los que les dieron. Discutieron con sus padres porque no les dejaron estudiar lo que querían, aguantaron la condescendencia por las vacaciones a solas con su novio, tuvieron hijos cuando eran jóvenes y pelearon por un trabajo propio, salieron a la calle por la ley del aborto, sufrieron las caras de los demás cuando dijeron que no nos bautizaban, hablaron de violencia machista mientras los chistes de Martes y Trece bromeaban con mujeres a las que sus maridos pegaban.

Por eso, esta huelga es también por ellas, por todas esas mujeres que creen que no han hecho nada pero lo han hecho todo. Cuidaron y sostuvieron una sociedad que cambiaba, porque también cambiaban ellas, reclamaron los derechos de los que disfrutamos, hicieron huelgas, cuestionaron su propia educación y sus creencias. A cambio, las más mayores pasan ahora su vejez con pensiones que no son propias o que son ridículas y creen que sus vidas no merecen ser contadas.

Este 8 de marzo nos une a esas tres generaciones de mujeres que tenemos todo y nada que ver. Cuando mi abuela me pide que le cuente cosas, yo hago lo que puedo. Viajes, novios, un hijo sin casarme, "lo que se habla en las tertulias", feminismo, un piercing en el ombligo. Da igual, ella no me juzga. "Ay, mi Ana", me repite mientras me abraza fuerte. 

La llamo para decirle que estoy escribiendo un artículo sobre ella. "Lo que tú veas, si mi vida es muy sencilla". Pero hay que contarla, abuela. Y darte las gracias, a ti, a mi madre, a todas las demás.

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