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Sobre este blog

Elecciones otra vez... Y las cuentan, a su manera, Barbijaputa, Mariola Cubells, Edu Galán, Lucía Lijtmaer y José Antonio Pérez.

Elige tu propia aventura, Albert

Rivera, en el desayuno informativo del Ritz.

Lucía Lijtmaer

Cuando nos despertamos, Jaime de Marichalar seguía allí. Allí, en el Ritz.

Bueno, no nos despertamos exactamente, más bien salimos del estado de criogenización al que nos ha sometido el aire acondicionado del hotel en el desayuno informativo en el Fórum Nueva Economía con Albert Rivera. El aire, como decía, está a la exacta temperatura para americana de lana de Hugo Boss y los periodistas, ya se sabe, somos más de clima lagarto-lagarto, así que nos salen estalactitas hasta del píloro.

Ahí estamos, desayunando, en el Ritz y junto a la Bolsa, y todo huele a mundo anglosajón: los sangüichitos recortados, las melenas lacias y los trajes chaquetas del look Ciudadanos para ellas, el rollo JFK de raya al lado y corbata azul para ellos, los hijos pródigos que heredarán la tierra y se saludan con un “qué pasa, campeón” y palmada en el hombro. Estamos donde la política es el mercado de valores y el zumo de naranja da energías para empezar un nuevo y brillante día, un nuevo futuro para España, un futuro optimista frente a un presente desolador.

Sí, porque esas son las consignas. “Antigua economía”, “Statu Quo” y “Presente”, es que todo mal. “Progreso”, “Futuro”, Cambio“, es que todo bien. ”Populismo“, todo mal. ”Ponerse las pilas“, todo bien. Lo pillamos, Albert. Pero antes de que salga Albert -a quien en Catalunya se le conoce también como El Ninja del Parlament, por su capacidad para escurrirse de las cámaras cuando toca- le presenta Guy Verhofstadt, el eurodiputado y exprimer ministro belga, y le arropan una treintena de políticos de la Alianza de Liberales y Demócratas para Europa.

Verhofstadt, que, no olvidemos, fue conocido como Baby Thatcher en Bélgica, habla de que viene de donde nació Carlos V y resume las necesidades de una Unión Europea eficaz: “Buena gestión y mercado libre”. Y después se lanza al imperio: “Esto no va de naciones, va de imperios. China no es una nación, es un imperio”. Por un momento parece que el eurodiputado va a lanzarse a recordar el imperio español por donde no se ponía nunca el sol -y recordarnos, así, a la campaña electoral de Esperanza Aguirre en 2011, cuando recordaba la gloria del Cid Campeador-, pero no, era broma, el imperio es europeo.

Y si la cosa va de Europa, le toca al político catalán-español-europeo (la tríada usada por Ciudadanos en su significación identitaria). Es el turno de Rivera. Y el discurso del candidato a presidente toca todos los palos de su repertorio: educación, sanidad, sensatez, economía competente, autónomos, reforma del sistema económico, clase media fuerte. Todo está ahí, y ahí está todo.

Al candidato le da tiempo a comparar a Pedro Sánchez con Joaquín Almunia, a darle todos los zascas posibles a “los que apoyan el populismo”, al “Heidi con coleta” a nombrar a Bárcenas y a Rita Barberá como ejemplos de la corrupción del PP. A dejar claro su admiración por Iker Casillas -oh sí, porque aquí se pregunta hasta de fútbol- y a hacerle la cobra a la falta de importancia de la violencia de género en el debate televisado del lunes: “Asumo el error por la parte que me toca, fue un error propio y colectivo. No se habló de violencia de género ni de otras cosas, como la energía”.

Pero es en las metáforas dónde el discurso de Rivera se convierte en otra cosa, algo nuevo, que con el frío polar hace que encontremos unas equivalencias delirantes. A la sexta vez que el candidato repite que “es necesario que España salga de su bloqueo”, “que España funcione”, que “España se ponga en marcha”, te das cuenta de que la metáfora es un coche. España es un coche y Albert lo conduce. España es un coche que se ha quedado parada en medio de un bosque -la crisis-. Albert nos está presentando un elige tu propia aventura, una película de terror en la que nosotros decidimos hacia dónde va.

“¿Qué hacemos si nos quedamos parados? ¿Qué hacemos si nos quedamos aterrorizados?”, pregunta, otra vez desde su metáfora, Albert. Tengo ganas de decirle que si sale del coche nos matan, que si somos la cheerleader rubia nos matan, que si somos el negro de la peli nos matan seguro, pero Albert contesta: “Hay que dejar el miedo atrás, hay que dejar la crisis de Europa, hay que poner en marcha Europa”. Albert gira la llave y pone en marcha el coche. Albert sale del bosque. Albert no está aterrorizado.

Tras meterse un poco con la gestión de Manuela Carmena y Ada Colau (“el cambio no es el disparate”, “el cambio no es la cabalgata”) queda claro que está todo el pescado vendido. Sale Cristina Cifuentes, sale Ferran Mascarell. Y sale el equipo de Albert Rivera. Limpios, con el pelo arreglado, el traje bien cortado y los gemelos discretos y en su sitio, la opción de Ciudadanos es evidente. Un detalle que parece menor lo resume todo: “Este es un país mejor que antes de la Transición”. Ese “antes” tan limpio y tan gélido brilla como el Rolex de los presentes. Y ahí queda, también, petrificado para el recuerdo, Jaime de Marichalar.

Bajo la mullida moqueta de cinco centímetros que ahoga todos los ruidos, Rivera emerge triunfante, rumbo a su destino: la embajada estadounidense.  Asumimos que en un coche. En línea recta, sin más metáforas.

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