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Hacer amigos más allá de los 30: ¿qué funciona a la hora de crear nuevos lazos?

"Esperas al fin de semana para hacer algo con tus amigas y, lo típico, ya no es tan fácil quedar, hay que coger cita de aquí dos meses, hay otras prioridades".

Paloma Martínez Varela

3 de febrero de 2026 21:53 h

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En una sociedad que prioriza las responsabilidades laborales, donde cada vez hay menos cabida para la improvisación e incluso cuesta encontrar un hueco en la agenda para quedar con los de siempre, hacer nuevos amigos puede parecer misión imposible.

A veces por sentirnos en diferentes etapas vitales o por las trayectorias que siguen nuestros caminos, unos se sumergen en los cuidados familiares, otros se mudan a otra ciudad y los círculos de toda la vida comienzan a desdibujarse. “En la adultez las responsabilidades laborales y familiares pueden ser muy demandantes y compiten por nuestro tiempo, reduciendo las oportunidades de interacción espontánea. Cambian los contextos y las prioridades”, resume la psicóloga sanitaria Luz María Peña. “Además, tenemos menos espacios compartidos y repetidos donde el vínculo surge de manera natural, como lo era en el instituto o en la universidad”, añade.

Algunas investigaciones calculan que para formar una amistad muy cercana se requieren más de 200 horas de contacto durante seis semanas, un tiempo que en la infancia se alcanza con facilidad pero que pasados los 30 no siempre es fácil de arañar. “Muchas veces solemos esperar que la amistad ‘aparezca’ y no siempre estamos dispuestos a construirla activamente ya sea por no querer sentirnos vulnerables, por sentir que ya tenemos demasiadas cosas con las que lidiar o porque no encontramos tiempo para dedicarle a la socialización”, apunta Peña.

La soledad no deseada afecta a una persona de cada cinco en España (20%), según el último barómetro del Observatorio SoledadES, que especifica que las más afectadas por esta epidemia silenciosa son las mujeres y, en cuanto a edad, tanto las personas más jóvenes como las más mayores.

Muchas veces solemos esperar que la amistad ‘aparezca’ y no siempre estamos dispuestos a construirla activamente

Luz María Peña psicóloga

En pleno apogeo de la inteligencia artificial conversacional, las relaciones íntimas con chatbots y la vida online, varias personas adultas comparten sus experiencias haciendo amigos y rediseñando su propio mapa social.

El poder de los nichos digitales 

Esta mañana Elena y Andrea entrarán en una de esas colas virtuales interminables que son ya rituales obligatorios para conseguir hacerse con las entradas de los conciertos de sus artistas favoritos. Hoy les parece increíble pensar que hace cinco años no se conocían. “Cuando eres muy fan de algo y nadie de tu entorno lo comparte, siempre puedes encontrar en Internet gente a la que le gusta lo mismo que a ti. A todas mis amigas a las que les gusta el k-pop las he conocido a través de Twitter”, cuenta Elena, de 32 años. 

Ella se creó una cuenta y empezó a seguir únicamente a perfiles dedicados a los grupos de música que le gustaban. “Vas añadiendo e interactuando con gente del fandom para que el algoritmo solo te enseñe ese contenido, y habrá gente que te siga también”, explica. De las interacciones públicas se pasa a los mensajes privados y de ahí se crean grupos de WhatsApp. “Recuerdo escribir a algunas personas por privado, gente de mi ciudad que tuviera más o menos mi edad para formar un grupo más pequeño. Luego esa gente trajo a más gente, quedamos en persona y nos caímos muy bien”, rememora Elena, que advierte de que esos encuentros y conversaciones con desconocidos también podrían haber salido mal, pero para ella “fue una muy buena decisión”. Su interés común por la música coreana funcionó para romper el hielo y vertebrar una amistad que ahora va mucho más allá de la música. 

Elena también probó puntualmente la aplicación Bumble BFF, para conectar en el plano de la amistad, pero solo tuvo conversaciones breves con un par de personas, con quienes no llegó a profundizar. “La mayoría de perfiles decían en la descripción que se acababan de mudar a la ciudad o que tenían una edad en la que su entorno había cambiado y se sentían solos”, recuerda.

Una actitud siempre abierta

Cuando Riccardo, de 33 años, se mudó a Madrid en 2023 para cursar un máster ya tenía algunos amigos en la capital. “Mientras hacía la maestría, donde sí que conocí gente, trabajaba en una empresa, donde éramos un grupo muy pequeño de compañeros y no surgió esa posibilidad de hacer planes fuera”, relata.

En el caso de Elena y Andrea, su interés común por la música coreana funcionó para romper el hielo y vertebrar una amistad que ahora va mucho más allá de la música

Pero en su afán por ampliar conexiones e integrarse en la cultura madrileña, además de mantenerse receptivo a planes en el día a día, Riccardo se unió a un curso de teatro de improvisación y a una tertulia de poesía, a la que llegó de la mano de un amigo anterior. “Esto a mí me ayudó mucho porque conoces a otras personas y te pones en situaciones nuevas. Hacer teatro en otro idioma fue desafiante para mí y es muy divertido”, asegura él, que es italiano. 

La clave del éxito social, según su experiencia, reside en pensar más allá de uno mismo y entender que “nuestra vida no es una burbuja, sino un océano que va a unirse con otras personas”. “Doy mucho valor a tener buenas amistades, duraderas, que puedan ser sinceras y a largo plazo, aunque no es simple hay muchas posibilidades, todos esperan tener esas conexiones”, se sincera Riccardo. “Pero sí, en Madrid he hecho muy buenas amistades”, resume antes de emprender un nuevo rumbo que le llevará a instalarse en Praga, donde “seguramente” repita la estrategia que funcionó en Madrid.

Tomar la iniciativa

A Irene, de 35 años, le oprimía la rutina entre semana: “Trabajo-casa y casa-trabajo, gimnasio y poco más. Esperas al fin de semana para hacer algo con tus amigas y, lo típico, ya no es tan fácil quedar, hay que coger cita de aquí dos meses, hay otras prioridades, amigas que tienen otras responsabilidades, hijos... y al final ya no estamos tanto en la misma”. Esa situación, además de su pasión por viajar, la llevó hace menos de un año a dar un paso adelante, junto a su amiga Sandra, y lanzarse a organizar planes grupales en Barcelona para crear esos espacios de conexión entre mujeres que buscaban. Las dos somos muy extrovertidas y nos encanta viajar y conocer gente nueva y pensamos que en una ciudad tan dinámica tenía que haber más chicas como nosotras”, analiza. 

Con un after work un jueves en el que se presentaron diez chicas nació Somos Aura, una comunidad que ahora es también una empresa. “Todos los viernes hacemos cenas temáticas en diferentes restaurantes, vamos a un coreano, a un tailandés, por ejemplo, y son mesas en petit comité, que dan pie a hablar. También hacemos caminatas en la montaña en grupos más grandes, pero en todas las actividades siempre hay una o dos chicas pendientes de que ninguna se quede sola o no participe”, explica, un modelo que ahora pretenden exportar a otras ciudades como Madrid o València.

Esas mismas ganas de forjar “amistades reales” entre mujeres fueron las que movieron a Rebecca, junto a su amiga Cordelia, a crear Lync en Madrid, tras mudarse desde Los Ángeles y sentirse “totalmente perdida y aislada” durante meses. “Conocí a mi mejor amiga en el primer evento, conectamos instantáneamente. Noa es española pero creció en California, así que tenemos esa conexión”, cuenta Rebecca, que emprendió su proyecto para dar un espacio seguro para ayudar a mujeres internacionales a crear lazos lejos de casa. 

Compartir una afición

Después de cuarenta años en la docencia, la jubilación obligó a José, de 65, a enfrentarse a la pérdida del roce constante con los compañeros, una rutina que solía derivar en buenas amistades de forma natural. “Es cierto que puedes seguir viendo a los amigos, pero en un contexto diferente, antes no hacía falta quedar, se daba por hecho que el lunes, martes, miércoles…, estarías desde las ocho de la mañana a tres de la tarde. Hoy sólo me relaciono con unas cuantas personas especiales de mi profesión, la mayor parte jubilados”, confiesa.

Nos vemos todas las semanas, compartimos libros, relatos y cañas, porque todos los miércoles, finalizada la clase, nos vamos a un bar de la urba a disertar sobre lo humano y lo divino (...) y nos reímos igual que si tuviéramos dieciséis años

José 65 años

Para combatir ese cambio de rutinas y socialización, José decidió inscribirse en un taller de escritura en su urbanización, en Villaviciosa de Odón (Madrid). Un espacio que le ha permitido conectar con personas con “vivencias e intereses paralelos”: “Nos vemos todas las semanas, compartimos libros, relatos y cañas, porque todos los miércoles, finalizada la clase, nos vamos a un bar de la urba a disertar sobre lo humano y lo divino. Nos whatsappeamos con todas las noticias que nos llaman la atención, y nos reímos igual que si tuviéramos dieciséis años”. 

Así, lo que comenzó como una afición por la lectura y la escritura se ha convertido también de algún modo en un pilar emocional y de conexión con otras personas. “Creo que es una experiencia lúdica, aprender o profundizar en un hobby, fomentar las relaciones sociales, mover el cuerpo o el cerebro, el intelecto o el músculo, da lo mismo. Socializar, comunicarse con los demás, compartir tertulias, aprender de otros, al fin y a la postre, vivir con los demás”, resume José, aunque advierte que la amistad no es igual que en la juventud. “Los amigos de la edad adulta cubren una necesidad concreta, sirven para acercarse al prójimo, tomarte una cerveza o un café mientras charlas animadamente de cuestiones de importancia relativa, porque la vida no se vive con la efusividad, la valentía y la fuerza que se tiene con pocos años”, valora.

Comunidad de viaje

Para Pilar, de 67 años, la jubilación no supuso un cierre sino precisamente un momento de apertura hacia una nueva forma de relacionarse a través de excursiones y viajes grupales. “Viajamos con el grupo de jubilados de la UGT de Ávila y la gente, la verdad, es muy abierta, muy simpática, hemos hecho un grupo majo, todos de una edad similar”, afirma Pilar, que cuenta que los lazos creados en el grupo no se limitan a las excursiones, sino que también se labran en su propia ciudad. “Nos juntamos y nos lo pasamos bien, nos comunicamos por WhatsApp y cuando se hacen actos en Ávila nos volvemos a ver y nos vamos a tomar una caña. También nos llamamos para preguntarnos cómo estamos y, por ejemplo, si hago membrillo les llevo una tarrina cuando quedamos a tomar café”, cuenta. Para ella el secreto está en “no aislarse en casa”, porque salir y compartir un rato de risas es la mejor forma de seguir vinculada al presente en cualquier edad.

La ciencia y los testimonios coinciden: la amistad adulta requiere dedicación y no llama a la puerta, se construye. Como aconseja la psicóloga Peña, es clave “no desistir cuando las situaciones no se dan como nos gustaría y entender que las amistades son algo que dependen de diversos factores y no son siempre un proceso lineal con resultados inmediatos”. 

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