De clásico del teatro a ópera de vanguardia: así suena hoy el 'Enemigo del pueblo' en Madrid
En 1882, Henrik Ibsen, el más importante dramaturgo noruego del siglo XIX y uno de los autores que más ha influido en la dramaturgia contemporánea, publicó Enemigo del pueblo. Esta pieza teatral cuenta la historia del doctor Thomas Stockmann, vecino de una ciudad costera del sur de Noruega cuyo balneario es la mayor atracción turística y fuente de ingresos de la zona. El doctor Stockmann descubre la existencia de una bacteria contaminante en las aguas del balneario.
Desde ese momento se propone advertir a los demás acerca de semejante peligro. Pero esta decisión le enfrentará a los poderosos de la ciudad, a la prensa, a sus propios vecinos, incluso a su hermano, que es el alcalde. A pesar de la controversia que produce su descubrimiento, Stockmann sigue defendiendo la peligrosa verdad que esconde el balneario, convirtiéndose en el enemigo del pueblo.
A través de esta trama, Ibsen profundizaba en temas tan relevantes como el individuo frente a la sociedad, las verdades incómodas, la sinrazón de la mayoría, la corrupción y la manipulación de los poderes tácitos. Todas ellas son cuestiones que hoy, más de doscientos años después, siguen de rabiosa actualidad. Ahora, suben al escenario del Teatro Real en la versión operística que de este clásico de la dramaturgia universal ha realizado Francisco Coll, uno de los nombres más destacados de la música contemporánea europea.
Una ópera con vocación crítica
La versión operística de Enemigo del pueblo que se presenta en Madrid llega tras su estreno en el Palau de les Arts de València. El Teatro Real acoge ahora esta producción que mantiene el núcleo moral del texto original y lo expone a través de una escritura musical de enorme carga expresiva, firmada por Francisco Coll, considerado el compositor español más internacional de su generación.
Coll traslada el conflicto al terreno sonoro con una partitura cargada de tensión psicológica, escrita con un lenguaje contemporáneo y muy expresivo. El drama de Stockmann se convierte así en una experiencia sensorial que atraviesa al espectador desde la primera escena. No hay paisajes costumbristas ni melodías complacientes: la música está al servicio del conflicto, de la presión creciente y del aislamiento del protagonista frente a la masa.
La dirección musical corre a cargo de Christian Karlsen. Su papel resulta clave para articular la complejidad de la partitura y para mantener el equilibrio entre fuerza dramática y claridad narrativa.
Una puesta en escena sin tiempo ni lugar
La dirección escénica a cargo de Àlex Rigola opta por la abstracción. Sin referencias temporales ni geográficas, su propuesta prescinde de lo anecdótico para centrarse en lo esencial: el mecanismo de exclusión social que se activa cuando alguien desafía los intereses establecidos.
Esta descontextualización no es caprichosa, sino que responde a la necesidad de convertir esta trama del siglo XIX en una historia universal y contemporánea. Cualquier ciudad, cualquier época, cualquier ciudadano que decide no mirar hacia otro lado. En ese terreno simbólico, la escenografía se convierte en un espejo del vacío y la amenaza que rodean a Stockmann, reforzando el clima de tensión moral y social que atraviesa toda la obra.
La elección de este enfoque escénico subraya el problema del miedo colectivo a la verdad, y cómo la presión del grupo puede terminar por aplastar al individuo que se niega a ceder.
Una trama del siglo XIX vigente en el XXI
El dramaturgo Juan Mayorga ha definido Enemigo del pueblo como profética. Y no es para menos: el control de los medios, la manipulación de la opinión pública, la criminalización del disidente y la fragilidad de los valores democráticos son cuestiones que siguen siendo parte del debate actual.
Esta ópera, sin embargo, no ofrece respuestas cerradas. Su fuerza reside en la pregunta que deja flotando en el aire: ¿qué ocurre cuando la verdad incomoda demasiado? ¿Puede una sociedad enfrentarse a sí misma sin destruir al mensajero?
En Enemigo del pueblo, la música, el texto y la puesta en escena se unen para lanzar una advertencia tan sutil como contundente. En tiempos de crisis, el arte sigue siendo una herramienta poderosa para hacernos las preguntas que preferiríamos no escuchar. Y pocas veces esas preguntas resuenan con tanta fuerza como cuando se lanzan desde el escenario del Teatro Real a través de las notas de la ópera.