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El analfabetismo español

La actitud de las élites españolas de hace un siglo sobre la alfabetización explica en parte nuestro retraso en Pisa

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Julio Camba, periodista (1882, 1962).

Julio Camba, periodista (1882, 1962).

Les presento a don Julio Camba, escritor y periodista, uno de los columnistas españoles más influyentes y leídos durante la primera mitad del siglo XX; el Umbral o el Larra de la prensa conservadora de aquellos años. Camba escribía como meaba, con aparente naturalidad y sencillez, aunque él prefería una metáfora aún más escatológica y provocadora para explicar su método. “Para hacer mi artículo yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale”.

Entre todos sus textos los hay especialmente geniales. He disfrutado mucho con una reciente recopilación de sus artículos sobre periodismo que acaba de publicar Libros del KO. Camba escribía casi a diario, primero en publicaciones anarquistas –como El Porvenir del Obrero o El Rebelde–. Más tarde en El Sol y al final en ABC, el diario conservador y monárquico. Como todo aquel encadenado a una columna de prensa, obligado a intentar ser brillante e ingenioso a diario, Camba también la cagaba. Entre todos sus errores hay uno que se lleva la palma. Es este artículo:

En defensa del analfabetismo

Julio Camba.

Nueva York, 17 de junio de 1931. Publicado en ABC.

Mucho me temo que mi querido amigo Marcelino Domingo, ministro de Instrucción de la joven República española, inicie en serio una campaña contra el analfabetismo. El analfabetismo, como causa de atraso y de barbarie, es una superstición de nuestras izquierdas. “Hay que leer”, se dice; pero “¿Qué es lo que hay que leer?”, preguntaría yo. Para mí, este punto es de una importancia capital y, mientras alguien no me lo aclare de un modo satisfactorio, votaré por el analfabetismo. Yo creo, en efecto, que si España quiere conservar la originalidad de su carácter y de su inteligencia tiene que poner a salvo de las pamplinas periodísticas y los lugares comunes literarios un 50 por 100, cuando menos, de su población. Muy bien que en los Estados Unidos, el país de los trajes hechos y las sopas hechas, la gente utilice también pensamientos de fábrica. En este país el desarrollo de la instrucción primaria está justificado por la necesidad de destruir el pensamiento individual, pero España es el país más individualista del mundo, y no se puede ir así como así contra el genio de una raza. Ahí cada cual quiere pensar por su cuenta, y hace bien. Un pensamiento propio, por modesto que sea, vale más para uno que todo Pascal o La Rochefoucauld.

No hay que homologar analfabetismo con estupidez. Al contrario. Sin hablar de Homero, que era un analfabeto, no de las sagas norsas, que fueron hechas por analfabetos, ¿en dónde hay una literatura comparable a la de nuestro refranero y nuestra poesía popular? La cultura no aminora la estupidez de nadie. Puede aminorar el entendimiento, eso sí, pero nunca la estupidez, para la que constituye, en cambio, un instrumento precioso. Por mi parte opino que en España solo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia, y si algunas conversaciones españolas me han producido un verdadero placer intelectual, no han sido tanto las del Ateneo o la Revista de Occidente como las de esos marineros y labradores que, no sabiendo leer ni escribir, enjuician todos los asuntos de un modo personal y directo, sin lugares comunes ni ideas de segunda mano.

Convendría dejar ya de considerar el analfabetismo español como una cantidad negativa y empezar a estimarlo en su aspecto positivo de afirmación individual contra la estandarización del pensamiento. Pizarro firmó con una cruz el acta notarial en el que se comprometía a descubrir un imperio llamado Birú o Pirú que quizá estuviese bastante al sur del Darién, y que terminó la conquista con otra cruz: una cruz que trazó con su propia sangre sobre las baldosas de su palacio de Lima, al caer en él acribillado a estocadas. Y no es que Pizarro haya descubierto el Perú a pesar de ser un analfabeto. Es que, probablemente, solo muy lejos de la letra de molde se pueden forjar caracteres de tanto temple.

Claro que ningún país puede mantenerse en pleno analfabetismo. Alguien tiene que saber de letras y de números, como alguien tiene que saber de leyes, alguien de Ingeniería, alguien de Medicina, etc., pero mi ideal con respecto a España es este: mientras no se descubra un procedimiento para que sean los analfabetos quienes escriban, que el arte de leer se convierta en una profesión y que solo puedan ejercerlo algunos hombres debidamente autorizados al efecto por el Estado.

Julio Camba se salió con la suya: España fue uno de los últimos países de Europa en enseñar a su población a leer y escribir, la reserva espiritual de Occidente. Y aquel atraso educativo español es una de las causas que hoy explican nuestros datos en Pisa.

Obviamente, Camba no es culpable –¡ya me gustaría a mí que un artículo de prensa pudiese tener una influencia tan grande!–, solo un hijo de su tiempo y de su entorno. Y él mismo decía que nunca había que tomarse sus artículos "ni completamente en serio ni completamente en broma". Pero su defensa del analfabetismo, aún siendo en parte una provocación satírica, sirve para entender muchas cosas: el punto de vista de la élite conservadora de aquellos años sobre la educación, y también a esa derecha española que camufla con el cinismo libertario e ilustrado el pensamiento más reaccionario.

A los señores bien, con los que se codeaba Camba, no les gustaban mucho esos intentos de la República por solucionar el histórico atraso español. Más allá de argumentos trompeteros sobre el ingenio y la raza, como los que desgrana este artículo, la razón última era otra: las clases humildes siempre son más sumisas si son ignorantes. No hacía ninguna falta que un jornalero supiese leer para arar el campo. Para Camba, y para tantos otros, con un 50% de alfabetización en España ya sobraba.

“Alguien tiene que saber de letras y de números, como alguien tiene que saber de leyes, alguien de Ingeniería, alguien de Medicina, etc”, resume Camba al desgranar el orden natural de las cosas. Queda implícito que también hace falta que alguien no sepa nada de nada, solo obedecer a los señoritos y ocuparse de los trabajos más ingratos. Salvando las distancias, no es una manera de pensar muy distinta a la que muestra el ministro José Ignacio Wert, y otros cínicos ilustrados, cuando dicen aquello de que en la España del siglo XXI nos sobran universitarios.

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