Las 'baobikes', bicis para cambiar el mundo

Una joven senegalesa, con bicicleta

Erkuden Almagro


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Cuando sales de la burbuja de la competición, comienzas a ver que la bici te ofrece múltiples opciones. Puede ser un medio de transporte sostenible, un juguete divertido, un elemento para socializar y hacer amigo y también, por qué no, un medio para hacer que el mundo sea un poco más justo. Durante mi anterior vida ciclista, no había tenido la oportunidad de viajar a descubrir un país y conocer sus peculiaridades. Han tenido que pasar muchos años para que haya podido vivir una experiencia que nunca olvidaré. Un viaje que me ha llegado al alma ya que gracias a él sé que, por poco que aporte, puedo estar ayudando a cambiar el mundo. 

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La chispa que arde

Hace unos veinte años, se llevaba a cabo una competición ciclista en Dakar, capital de Senegal y yo soñaba con ir a participar en la misma. En realidad, soñaba con viajar y conocer otras culturas, pero la carrera era la excusa perfecta. Nunca llegué a disputarla y esa espinita se quedó clavada en mí hasta este mismo año. 

Ya en 2022, supe que Viajes Bikefriendly ofrecía un viaje a Senegal. Cuando lo vi, algo resonó dentro de mí y me animé a participar de esa experiencia. Además, había una buena causa de por medio, conocer la iniciativa de la ONG Bicicletas sin Fronteras en dicho país, que no es otra que dotar de bicicletas a niños y niñas para facilitares el trayecto a la escuela. Porque muchos de ellos tienen recorrer hasta 10 kilómetros para ir desde su casa al colegio o instituto, trayecto que hacen andando varias veces al día, lo que supone que acaben su jornada cansados y desmotivado para estudiar. 

Pensando en esos fatigosos desplazamientos, Bicicletas sin Fronteras puso en marcha un sistema de préstamos de bicis para todos aquellos niños que las necesiten y nosotros hemos podido comprobar de primera mano los buenos resultados que está dando dicha iniciativa. Pensando en todo ello, me animé a 'mover' el viaje entre mis compañeras de grupeta y el resultado fue que viajamos Senegal veinte mujeres que por lo demás tuvimos un muy buen ambiente entre nosotras. 

El proyecto 'Bicicletas para la educación'

Una vez en Senegal, lo primero que hicimos fue ir a conocer el proyecto auspiciado por la ONG española, nacida en 2012 en el Alt Empordá (Girona) como asociación centrada en propuestas solidarias y de cooperación articuladas en torno a la bicicleta. Alojados en Palmarin, en la región de la Petite-Côte, una población costera al sur de Dakar, nos acercamos andando al hangar donde se reciben las bicicletas para montarlas. Una gran mole de hierro oxidado, un barco semi hundido anclado en la arena de la costa, fue nuestra referencia cada vez que volvíamos al 'lodge' donde descansábamos cada día. 

Allí nos recibieron Inés y Romà, las personas que gestionan el proyecto y nos contaron con detalle todo lo que están consiguiendo. Lo primero que hacen es detectar qué niños y niñas tienen especial necesidad de contar con una bici, principalmente por la distancia que hay desde sus casas al instituto. Centenares de ellos viven a cinco o diez kilómetros de su centro educativo. Se levantan antes del amanecer, apenas desayunan y recorren dicha distancia a pie. Al salir de clase, vuelta a recorrer dicho trayecto a la inversa, lo que hace que lleguen a casa cansados y sin energías para estudiar, por lo que muchos desisten de acudir al colegio.

Una vez localizados los niños que padecen situaciones extremas, se les ofrece una bicicleta en préstamo por un valor simbólico para que así se hagan responsables de ellas. La ONG lleva un registro de las calificaciones de estos becados y la mejora en las notas es muy significativa. Ir en bici aumenta el rendimiento de los estudiantes. Llegan descansados y más motivados a clase. 

'Baobikes', las bicis solidarias

En el hangar se reciben las bicis, las 'baobikes', de la marca barcelonesa Moma, muy implicada en el proyecto. Se montan y se preparan para la entrega a los institutos. Todo este proceso se está gestionando con gente local favoreciendo así la economía de la región. Las 'baobikes' son bicis fácilmente reconocibles, todas amarillas. Son de ruedas macizas para evitar pinchar y de reparación muy sencilla para facilitar ese proceso, ya que escasean los materiales de sustitución. 

A nosotras nos facilitaron unas 'fatbikes', bicis de rueda gorda para rodar más cómodas por la arena y hacer las excursiones programadas en el viaje, del que hablaremos a continuación. Bikefriendly es una de las empresas punteras en cuanto a viajes en bici se refiere. También son grandes conocedores de la zona y eso hizo que el viaje fuera sobre ruedas, nunca mejor dicho. Cada día teníamos una excursión. Visitamos algunos de los institutos donde está en marcha el proyecto viendo de primera mano cómo cada día decenas de chicos y chicas iban a pie por la carretera para llegar a clase. 

Llevar las 'fatbikes' nos facilitaba pedalear por las calles llenas de arena de muchos de los pueblos que visitamos. Pedaleamos por la sabana, playas de arena blanca, majestuosos bosques de baobabs o lugares tan increíbles como la isla (artificial) de las conchas (Joal Fadiouth) o poblados nómadas con casas de paja donde parece que el tiempo se ha detenido. 

También viajamos por carreta a ver una reserva de hienas y navegamos en pirogas, las coquetas y coloridas embarcaciones locales de pesca, por el manglar de la reserva del Siné Saloum. No todo es tan bonito como pinta. Ver una forma de vida tan diferente a la nuestra nos impactó mucho. En muchos pueblos se ven perros sueltos, gallinas, cabras, vacas, cerdos… muchos de ellos rebuscando comida por los montones de basura y plásticos acumulados por las esquinas. En el puerto de Djifer, una mezcla de olores entre pescado fresco, ahumado y salado me hizo echar de menos la mascarilla que tanto había odiado los años anteriores. 

Una bonita experiencia

Cuando viajas con una agencia de viajes tienes la sensación de que todo está medido y cuadriculado, que no te va a dar tiempo a ver la cultura local porque te van a llevar a ver sólo lo que ven todos los turistas. Ese no fue nuestro caso. El tiempo no exige en Senegal. La vida cambia en cuanto aterrizas en Dakar. La gente ya no va con mascarillas por la calle. Allí la COVID-19 es el menor de sus problemas. Deben buscar cada día el sustento para comer. 

La cálida y oscura noche africana no nos impidió ver la vida local de los pueblos por los que íbamos pasando en el 'transfer' del aeropuerto al hotel. Gente por las calles sentada tocando tambores, bulliciosas avenidas llenas de comerciantes y puestos callejeros, tráfico incesante por el ir y venir de ruidosos coches y camiones. 

Hay coches destartalados circulando por cualquier parte y con dudoso paso de la ITV. El autobús de allí, llamado con un nombre impronunciable para nosotras, 'ndiaga ndiaye' va lleno de gente ocupando plazas incluso por la parte de trasera, viajando apostados en el escalón exterior del bus. Tuvimos la oportunidad de viajar en uno de ellos haciendo las delicias de muchas de nosotras. Las risas estaban aseguradas en ese reducido espacio sobre cuatro ruedas que parecía que se iba a desintegrar con sus pasajeros dentro. 

Las calles de arena de los pueblos nos jugaron algún que otro susto, teniendo que empujar los coches porque se habían quedado atascados. La comida iba entre muy picante a más picante, para favorecer la digestión y que no proliferara ningún ente extraño en nuestros intestinos. Nos alimentamos de exquisito arroz y cuscús con pollo y pescado (posiblemente traído del puerto de Djifer) aliñados ambos con ricas salsas de tamarindo -que levantaban la boina- o la sabrosa salsa de cebolla local. Por las mañanas, el desayuno contaba con jugos de fruta tropical, tortillas de verduras y una especie de buñuelos a los que le poníamos una deliciosa crema de chocolate y cacahuete. 

En cuanto a la bebida, el agua de botella era mi aliada para calmar la sed, aunque la mayoría de mis compañeras preferían las cervezas locales, Flag y Gacela. La Coca-Cola escaseaba, y no esperes ni café ni leche, salvo que sea en sobres y polvitos. 

La gente es muy amable y respetuosa. Desde el primer día, nos recomendaron saludar a todo el mundo con la expresión “Ça va!”, que era lo único que muchas nos podíamos permitir del lujo de pronunciar en francés. Llamaba la atención lo guapas que se ponían las mujeres con coloridos vestidos y faldas, con pañuelos a juego en el pelo y muchas de ellas auténticas equilibristas llevando de todo lo inimaginable sobre sus cabezas, mientras cargan a sus espaldas con bebes casi recién nacidos. Algunas lo intentamos y lo dejamos por imposible antes de sufrir un accidente y provocar las risas de la gente que nos miraba. 

Para mí el viaje tuvo un equilibro perfecto entre sesiones de bici de distancias suficientes para complacer a las más ciclistas de entre nosotras, sin llegar a ser las palizas de pedaleo por el desierto que tanto se llevan ahora; y visitas a lugares y espectáculos de interés. Casi todas las noches disfrutábamos de un espectáculo popular de la gente local con música y danza africana, dejando ver nuestras carencias en cuestión de meneos de cadera y ritmo. Por más clases que nos dieran de bailes locales, éramos incapaces de mover el culo como lo hacían las mamás de uno de los festivales. También hubo unos buenos momentos de tiempo libre para disfrutar de las amenas compras de diversos 'souvenirs', en su mayor parte telas que muchas de nosotras difícilmente lleguemos a usar en nuestra vida cotidiana, pero que quedan genial en el armario de los recuerdos.

En Senegal se vive al día. Todo lo que tienen lo venden para sacar la ración diaria con la que alimentarse. Es un país laico, de habla francesa ya que es antigua colonia, donde conviven las religiones del islam (un 90%) y la cristiana. Sorprende ver cómo conviven pacíficamente unos con otros, respetando sus espacios y tradiciones. Durante nuestra estancia en el país se celebraba el Ramadán, el noveno mes del calendario islámico, mes de ayuno, reflexión y oración durante el cual los musulmanes no pueden ni comer ni beber hasta la caída del sol. Tuvimos la oportunidad de cenar una noche con una familia musulmana, ayudándoles en la preparación de la cena que degustamos más tarde con nuestras manos, sentados en el suelo de una gran habitación junto al resto de la familia. 

La emigración es uno de los retos del país. Las altas tasas de abandono escolar hacen que los jóvenes no tengan una salida laboral y migren a otros países como España, dejando un gran número de muertos por el camino. La crisis educativa no se queda solo ahí. Los docentes están mal pagados, aulas con excedentes de alumnado o desmotivados para estudiar dado el mal panorama que se les presenta. España cuenta con un programa colaboración con el país de sensibilización en información de las consecuencias de echarse al mar. Más de la mitad de los migrantes muere en la travesía en busca de una utópica mejor vida. 

La gestión de los residuos es un gran desafío. La basura campa por doquier por muchas zonas. En algunos pueblos sí que empezamos a ver cómo se va enterrando, sobre todo en las zonas más turísticas o donde habitan otras personas que llegan de fuera con algo más de sensibilidad higiénica respecto a este tema. Aunque en Senegal están prohibidos los plásticos, lo cierto es que abundan allá por donde vayas. Finalizado el viaje me quedo con el recuerdo de las miradas de los más “chiquis”. Niños y niñas corrían a nuestro encuentro en busca de una caricia mientras te miraban con una mezcla de inocencia y sorpresa. Esos ojos me inspiran para seguir apostando por un mundo mejor para todos ellos. 

Estas podrían ser unas breves pinceladas de lo que fue nuestro viaje a Senegal. Un viaje corto pero intenso, que te deja conocer el país, empaparte de su cultura y darte cuenta de la importancia que tiene el acceso a la educación para cambiar el mundo.

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