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GALICIA

Entrevista | Xosé Hermida

"No creo que Galicia esté bien informada por sus grandes medios"

Este jueves Xosé Hermida recibirá el Premio José Couso de Libertad de Prensa, votado por los y las integrantes del Colegio de Periodistas de Galicia

Xosé Hermida, ante su mesa de trabajo

Xosé Hermida, ante su mesa de trabajo

Este jueves 4 de mayo Xosé Hermida recibirá el XIII Premio José Couso de Libertad de Prensa, organizado por el Colegio profesional de Periodistas de Galicia (CPXG) y el Club de Prensa de Ferrol. Los colegiados y colegiadas del CPXG y los socios y socias del Club de Prensa lo eligieron por delante de los restantes candidatos y candidatas al galardón (Aslı Erdoğan, Ignacio Escolar, Virginia Pérez Alonso, Peridis y Jorge Ramos). Después de ejercer el periodismo en Galicia durante tres décadas y tras el cierre de la edición gallega de El País, que dirigía, Hermida se convirtió en delegado del periódico en Brasil. Hermida se une a la prestigiosa lista de premiados y premiadas anteriores, como Jordi Évole, Ricardo García Vilanova, Javier Espinosa y Marc Marginedas, Mónica García Prieto, Wikileaks, Rosa María Calaf o Ali Lmrabet.

¿Cómo recibiste la noticia del premio? ¿Sabe mejor un reconocimiento que lleva el nombre de Couso y que, además, es votado por los propios compañeros y compañeras de profesión?

Por supuesto que sabe mucho mejor. Fue lo que dije desde el primer momento: no me imagino un premio que pueda satisfacer tanto como el que te dan tus propios compañeros, me siento muy honrado e incluso un tanto abrumado. Y también es una honra añadida que lleve el nombre de José Couso, un tipo que no era un periodista famoso, una gran estrella, sino que era simplemente un informador a pie de obra que murió no porque persiguiera grandes honores -de hecho su labor era bastante anónimo- sino porque estaba haciendo su trabajo. Para que todos nosotros pudiéramos saber lo que en aquel momento acontecía en el Bagdad tomado por el Ejército de los EE UU. Para mí eso simboliza lo más noble del periodismo: el deseo de informar, de cumplir una tarea esencial para la sociedad, sin buscar más recompensa que la satisfacción de contribuir a que la gente tenga más elementos de juicio para formarse una idea del mundo.

¿Cómo se explica que en un tiempo marcado por la comunicación y la información, la profesión viva una crisis tan profunda y los periodistas hayan perdido peso y relevancia?

Primero, porque cualquier cosa en dosis excesivas acaba teniendo un efecto contraproducente. Y esta es una época de excesos, de aceleración del tiempo, de consumo rápido, instantáneo, sin un mínimo reposo para saborear, valorar y dimensionar las cosas. Eso sucede en muchos aspectos de la sociedad, también en la información. Los periodistas acabamos siendo esclavos que alimentan esa maquinaria insaciable que exige contenidos sin parar, las 24 horas del día, los siete días de la semana, sin pausa, sin el mínimo sosiego para pensar. Entonces acabamos en una especie de fast food periodístico, de McPeriodismo, podríamos decir: servimos cosas para consumo rápido, que llenan mucho en el momento pero que no alimentan nada. Y en ese periodismo de consumo rápido se acaba mezclando la información con el entretenimiento: muchas veces ya no sabemos el que es periodismo y lo que es puro espectáculo para entretener a las masas. En paralelo, en los últimos años, por la misma dinámica del sistema económico y sus crisis, la propiedad de los medios fue cayendo en manos de grandes grupos financieros, sin tradición en este negocio y con intereses ajenos al periodismo. Y los periodistas fuimos perdiendo peso y capacidad de decisión.

¿Cómo se recupera este papel y la vocación de servicio público que los medios y los profesionales nunca debieron perder?

Si yo tuviera la solución... Tampoco quiero ser apocalíptico, hay aún medios y periodistas individuales que intentan todos los días que eso no desaparezca. Lo principal es que los periodistas no perdamos de vista el fundamento y el verdadero sentido de nuestro trabajo: informar a los ciudadanos de los asuntos relevantes para la sociedad sin atender a otro interés que no sea el público. No es fácil, pero cuando uno asume un compromiso -y ser periodista es asumir un compromiso con la sociedad- no puede dejar de, por lo menos, intentar cumplirlo. Si vas a renunciar a eso, entonces dejas de ser periodista, te conviertes en otra cosa: eso que llaman comunicador, relaciones públicas, escritor a dictado, showman... Como lo quieras llamar, pero periodista, no.

¿Qué perdió el periodismo y qué perdió la sociedad gallega con el cierre de la edición y de la delegación de El País-Galicia?

Yo no soy el más indicado para hablar de eso, soy parte demasiado implicada. Modestamente, creo que la información en Galicia perdió, como mínimo, pluralidad. Y también perdió la aportación de periodistas magníficos que se fueron al paro, se marcharon fuera o se quedaron sin el mejor soporte para poder expresar toda su capacidad profesional. No obstante, El País -en una versión mucha más reducida- aún cuenta con un grupito de periodistas excelentes en Galicia. Y también hay iniciativas muy meritorias como la de Praza Pública que luchan para que no se pierda esa pluralidad informativa. Pero lógicamente no tienen la potencia empresarial que da el tener detrás a un medio como El País ni una edición extensa como la que existió en Galicia durante siete años.

¿Decisiones como esta (el cierre de la edición y de la delegación) se explican por la primacía de criterios de rentabilidad económica inmediata en vez de considerar otros valores de trayectoria más larga?

Los periódicos son empresas, su propósito es ganar dinero. Y además es importante que sean rentables, porque es una de las garantías de su independencia, de no acabar cayendo en manos de los grandes intereses económicos. Claro que esa exigencia de rentabilidad a veces también acaba provocando contradicciones con el punto de vista puramente periodístico. De cualquier manera, si el hueco que dejó El País-Galicia no se pudo cubrir será porque la sociedad gallega no tiene el interés, la capacidad, la demanda, o lo que sea, de disponer de un medio con esa orientación.

Ejerciste el periodismo en Galicia durante 30 años. ¿Cómo influyen en el trabajo diario y en lo que finalmente se publica las características de la sociedad gallega? ¿Están más cerca medios y poder, medios y fuentes, en Galicia que en otros lugares?

Es un poco triste decirlo, pero lo cierto es que la libertad para ejercer la profesión aquí me la dio un medio que no está originalmente radicado aquí. Me refiero a El País, claro. Yo siempre tuve la impresión -y mis compañeros de la competencia solían estar de acuerdo- en que desde que entré a trabajar en El País tuve mucha más libertad que la que tendría -o que la que tenía antes- trabajando en un medio gallego. Insisto, no es nada que me produzca satisfacción. Más bien melancolía.

¿Cómo valoras la calidad actual de lo publicado por los medios en Galicia?

La calidad técnica, digamos el envoltorio, y la competencia de los profesionales, está muy por encima del promedio español. Otra cosa es el contenido de la información. Ahí... En fin, como dice un compañero muy inteligente y muy cáustico “los medios gallegos hacen un excelente trabajo de fiscalizar a la oposición”. No creo que Galicia sea hoy una sociedad muy bien informada por sus grandes medios, ni que estos hagan muchos esfuerzos por descubrir las cosas que los poderosos tratan de esconder.    

¿Qué ha ganado y que ha perdido el periodismo con Internet?

Es un proceso lleno de paradojas. Ganó porque los grandes medios perdieron su monopolio de formar a la opinión pública, de imponer una agenda, de dictaminar el libro que hay que leer, la película que hay que ver y el tema del que hay que discutir. Pero la parte mala del proceso es que los nuevos medios, muchos de ellos llenos de frescura, audacia e independencia, no son capaces de crear estructuras periodísticas fuertes como las de las empresas tradicionales. Y aquellas empresas, con sus defectos, también tenían virtudes: podían costear el viaje de un periodista a una guerra, podían pagar los sueldos de periodistas que durante meses se dedicaran a investigar una cosa o a hacer un único reportaje... Los nuevos medios no tienen capacidad para eso, y el periodismo pierde mucho con eso. Por otra parte, la red es ese mundo confuso, revuelto, laberíntico, que acaba equiparando todo. Y la gente ya no distingue muchas veces entre los rumores de un blog cualquiera y una información bien trabajada, rigurosa y profesional.

Postverdad, sociedades líquidas, relativismo... ¿La multitud de mensajes, medios, versiones y su consumo acelerado han debilitado el peso de los hechos?

Es obvio que sí. La aceleración descontrolada y la selva en la que se ha convertido la red siembran la confusión. Y si los medios que pueden combatir eso también se dejan llevar por la tendencia, pues acabamos en eso. Pero insisto en que no quiero ser apocalíptico ni caer en la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No, porque ahora también tenemos más instrumentos para desenmascarar las mentiras.

¿Qué importancia tienen las redacciones, el trabajo en colectivo, para el periodismo?

Básico, imprescindible. Y eso es otra cosa que se puede perder. No sé de quién es una definición de una redacción que me encanta: es un lugar donde todo el mundo está discutiendo todo el tiempo sobre todas las cosas. El periodismo, o por lo menos la elaboración de un medio de comunicación, es un trabajo colectivo. Y eso exige debate, contraste, discusión entre distintos puntos de vista... Porque el periodismo no es una ciencia exacta, y sólo compartiendo y contrastando diferentes perspectivas, el producto final puede ser mejorado. Porque una de las bases del periodismo es desconfiar de todo, empezando por el trabajo de uno mismo.  

Hablemos de Brasil. ¿Cómo está gestionando la sociedad brasileña el proceso que acabó con el gobierno de Rousseff? ¿Hacia dónde camina el país?

Nadie, empezando por los propios brasileños, saben hacia donde van. Hay una falta enorme de liderazgos, sólo queda el de Lula, pero bastante debilitado por los escándalos de corrupción. La asombrosa trama de corrupción alcanzó a todas las principales fuerzas políticas y amenaza con derribar todo el sistema, algo parecido a lo que sucedió en Italia en los años 90. Por otra parte, la sociedad está muy polarizada. La mayoría de las clases medias más acomodadas ha desarrollado un odio visceral al PT y la Lula, presentado como la fuente de todos los males. Al mismo tiempo, hay sectores intelectuales y una amplia franja de pobres, sobre todo en el Nordeste del país, que defienden a Lula a capa y espada, y minimizan la corrupción, o incluso alimentan teorías conspiratorias. Es una situación difícil, con un montón de incertidumbres y fascinante para un periodista.

¿Es muy distinta la realidad mediática allí? ¿Hay algo que te haya sorprendido especialmente?

No tanto. Valen algunas cosas que te dije para la gallega: la calidad técnica es alta, equiparable a Europa, con extraordinarios profesionales. Pero aquí también la fiscalización es muy selectiva. Quien siga sólo a los grandes medios brasileños puede acabar pensando que Brasil era un paraíso de las buenas costumbres públicas, una especie de Dinamarca tropical, hasta que Lula llegó al poder.

¿Cómo se observa desde Brasil a realidad española?

Con un distanciamiento muy saludable.

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