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El descontrol de los 'beach club' y hoteles a plena luz del día indigna a las discotecas tradicionales de Ibiza

El cartel que recibe a los huéspedes y los asistentes a las fiestas de un hotel discoteca.

Ángela Torres Riera

12 de abril de 2026 06:01 h

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Bartolo Torres, ibicenco de 61 años, recuerda cuando Ku no solo era su discoteca favorita, sino también la de todos sus amigos: “Era la que más me gustaba, la más bonita de todas”. Corrían los ochenta y una casa payesa en el corazón de una urbanización, la del Club Sant Rafel, construida sobre una ladera, iba camino de convertirse en una de las discotecas –a techo descubierto con jardín, terraza y piscina– más cotizadas a nivel mundial. 

Pronto se convirtió en ambiente de rostros conocidos, desde Sara Montiel a Roman Polanski, pasando por el diseñador Jean Paul Gaultier. Su peak fue cuando, en el 87, Freddy Mercury y Montserrat Caballé tocaron el ‘Barcelona’ que después representaría las Olimpiadas. La fiebre por acudir al irrepetible espectáculo terminó colapsando la carretera principal de la isla.

Los ibicencos adoraban aquel local donde se mezclaban con el nuevo mundo que ya hacía décadas había empezado a aparecer en Eivissa y ahora empezaba a sufrir una transformación: el ocio nocturno cogía fuerza como principal motor económico y se profesionalizaba. Cada vez llegaba más gente a la pitiusa con ese propósito; el de liberarse en casas tradicionales convertidas en templos de la música disco y, cada vez más, de la electrónica. 

Ese era el escenario cuando los vecinos, no solo del núcleo de viviendas que albergaba Ku, sino de toda la isla, protestaron. No podían seguir soportando el ruido y la administración local tomó una decisión: había que cubrir e insonorizar todos los establecimientos. Esa misma norma cambió casi una década más tarde, en 2012, con la Ley Turística que la Asociación Empresarial de Ocio Nocturno Noches de Ibiza (AEON) –agrupación de empresarios del West End, núcleo del turismo de borrachera en el municipio de Sant Antoni– pide ahora reformar al Govern, al Consell d’Eivissa y a los ayuntamientos insulares. 

La intención: frenar el intrusismo y la desregulación que, a su juicio, existe entre el ocio diurno y nocturno desde la proliferación de beach clubs y hoteles en zonas turísticas como Platja d’en Bossa o Sant Antoni que operan como espacios festivos, en ocasiones sin las mismas condiciones de control que las discotecas tradicionales. Incluso dentro de espacios naturales protegidos y a plena luz del día.

Estos establecimientos, exentos de cumplir las mismas condiciones de horarios, aforos o licencias que las discotecas tradicionales, alimentan a su juicio la masificación y generan una competencia desleal creciente en el territorio insular. Por ello, piden ahora un marco normativo “claro y equitativo” que diferencie las actividades y garantice igualdad de condiciones para los negocios que operan con licencia. 

La fiesta diurna: una guerra perpetua

La evolución de los saraos en Eivissa ha sido vertiginosa. No hacía mucho –antes de la llegada de los 2000– que el sector del ocio nocturno había empezado la guerra contra los after cuando inaugurado el milenio empezaron a consolidarse en la isla los primeros beach clubs, como el ya extinto Bora Bora. En ese contexto, y con la aprobación de la polémica ley de Actividades, nació en 2011, en este vértice de la isla junto al local con nombre de isla polinesia, Ushuaïa. 

Discoteca Bora-Bora cerca de la Playa d'en Bossa.

En otro vértice, más al oeste –de la mano de la misma normativa– el británico Andy McKay daba forma a su propio proyecto, el Ibiza Rocks Hotel: un hotel-discoteca en cuyo escenario se empezaron a subir artistas del panorama anglosajón Ed Sheeran o The Kooks y que después tuvo su gemelo mallorquín, que terminó por claudicar. Poco después aparecieron a poca distancia, en la bahía de Portmany, negocios de carácter similar más centrados en el espectáculo.

Inaugurado Ushuaïa, impulsado por Yann Pissenem -también creador de UNVRS-, el modelo de ocio de la isla con grandes eventos musicales al aire libre ya había hecho click. La propuesta se consolidó rápido, al trasladar al horario diurno una oferta hasta entonces ligada casi exclusivamente a la noche. En 2013, con la inauguración de Ushuaïa Tower, la marca de Matutes reforzó su posicionamiento como marca global a la vez que cogía fama por su acogida de una ristra de los mejores dj’s del circuito internacional. 

El Ushuaïa Ibiza Beach Hotel en Eivissa.

David Guetta, Martin Garrix o Solomun, entre otros, han pinchado entre el humo, los acróbatas y el espectáculo de luces del recinto. A todo esto se sumaba otra novedad: los huéspedes del hotel accedían a las fiestas sin coste adicional, pero además se vendían –y siguen vendiendo– entradas para el público general que oscilan habitualmente entre los 40 y los 50 euros y, en meses como agosto, el pico de la temporada, llegan a superarlos.

El origen, los clubs al aire libre

Bartolo conoció el ocio nocturno cuando empezó a emerger sobre todo en su zona, en la de Sant Antoni, donde al principio tenía marcado el carácter local, pero empezaba a ser, a finales de los ochenta, mucho más heterogéneo. Espacios como el antiguo Star Club, más tarde reconvertido en Kaos y finalmente en el actual Eden, formaban parte de un circuito al aire libre frecuentado tanto por residentes como por turistas europeos. 

Los jóvenes de la isla, como él y su grupo, alternaban entre locales sin demasiadas distinciones, mientras que algunos operadores turísticos internacionales como Air Tours o el Club 18-30, que gestionó durante años el turismo británico –y donde se esconden los orígenes del turismo de borrachera que predomina hoy en el West End– comenzaban a canalizar a visitantes extranjeros hacia grandes discotecas. 

Entre ellas Ku (luego Privilege, ahora UNVRS) y Amnesia, bautizada por su fundador, el madrileño Antonio Escohotado, como Taller del Olvido, que empezaban a despuntar. Todas ellas seguían la arquitectura tradicional ibicenca y el perfil del público variaba según el local: británicos en estos tours nocturnos organizados, escandinavos en salas como Chuck Mule, o franceses, alemanes y holandeses en espacios como Es Paradís.

Aquel ecosistema encerraba propuestas más icónicas y otras más informales, como una discoteca en Cala de Bou con parrilla al aire libre por la que, recuerda Bartolo, si no pagabas entrada para el club no podías comer en el restaurante. “Luego también íbamos a las discotecas de los hoteles, todos tenían pista de baile, dj y hasta dos barras para retener a sus clientes”. Con el tiempo esos espacios fueron abandonados por los jóvenes y los aprovechaba la gente más mayor.

Algunas iniciativas, como el Éxtasis -otra casa payesa reconvertida en sala a la entrada de Sant Antoni- cerraron a finales de los 80 en un contexto de transformación y modernización. Con la profesionalización del sector en los años 90 y la irrupción de una nueva industria del ocio, muchos de estos espacios fueron desapareciendo o quedaron relegados. A mitades de la década, además, se consolidó el modelo de música electrónica junto al amanecer y empezaron a ganar popularidad negocios como Café del Mar, con música chill out y después más hard.

La fiebre por los ‘beach clubs’

El pasado y el presente se funden todavía a través de algunos locales que sobreviven pero han tenido que reconvertirse desde que la masificación es inminente. Fundado en la década de los 70 y convertido con el paso del tiempo en uno de los chiringuitos más emblemáticos de Ibiza, Sa Trinxa dejó de acoger el verano pasado sesiones de DJ en su ubicación de ses Salines para cumplir con la normativa del Parque Natural, como publicó El Periódico de Ibiza.

Sa Trinxa, uno de los chiringuitos más emblemáticos, dejó de acoger el verano pasado sesiones de DJ para cumplir con la normativa del Parque Natural de Ses Salines. La clientela organizó una campaña en Change.org que superó las 2.000 firmas en pocas horas en defensa de lo que consideraban un símbolo de la “diversidad cultural” y del “espíritu” de la isla

Esto provocó una rápida reacción entre parte de su clientela habitual: en apenas unas horas, una campaña en Change.org superó las 2.000 firmas en defensa de lo que consideran un símbolo de la “diversidad cultural” y del “espíritu” de la isla. “Dentro de un lugar como Ses Salines sólo debería haber naturaleza”, valora Naor Shaharabani, guía de senderismo y educador ambiental. “Se debería tener más conciencia acerca de cómo interferimos en estos espacios. Cada vez más se intentan instaurar limitaciones que protejan mínimamente nuestros entornos y a la gran mayoría esto les suena extremo”, añade.

El alto volumen de la música, igual que las luces por la noche, el ruido de los vehículos a motor, los humos y más factores impactan directamente en el comportamiento y salud de las especies que allí habitan. “Las medidas de protección no deberían verse como una pérdida, sino como una forma de preservar aquello que, precisamente, atrae de la isla”, añade el experto.

Desde el Govern recordaron que el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) del Parque Natural de ses Salines —vigente desde 2005 y pendiente de actualización— prohíbe la celebración de fiestas, conciertos o eventos en este entorno protegido, incluso en establecimientos ubicados en suelo rústico o dominio público, salvo en casos muy concretos vinculados a actividades tradicionales o institucionales. No era el caso.

Una situación extendida a Formentera

Esto sucedía en junio y lo mismo ocurrió, en agosto, con el supuesto restaurante de Formentera Cala Dúo, que era más un chiringuito donde se organizaban fiestas que superaban los decibelios luego plagaban stories en Instagram. Por incumplimiento de la normativa, el Consell impuso a los propietarios una sanción de 150.000 euros: se cobraba entrada y, además, el aforo superaba las 50 personas, el máximo permitido, como pudieron comprobar los técnicos de la institución insular, los agentes medioambientales del Govern y la Policía Local de Formentera durante una inspección. 

Los socios son los que fundaron en 2012, en la zona de Ses Illetes (a solo un kilómetro, también dentro del Parque Natural de ses Salines), el famosísimo Beso Beach, que tardó poco en contar con un homólogo en Eivissa, en Cala Jondal [allí donde brotaron los primeros beach clubs, como Blue Marlin]. En ese mismo enclave se ve, verano tras verano, aparecer en las zodiacs procedentes de los yates a rostros tan conocidos como Jeff Bezos o Leonardo DiCaprio.

La asociación de Eivissa ha puesto como modelo a seguir esta actuación del Consell de Formentera y reclaman lo mismo para Eivissa: “Supondría una cascada de sanciones a establecimientos que incurren en irregularidades similares”. Para ello es necesario reforzar las inspecciones, establecer horarios diferenciados —regular el ocio nocturno entre las 22 y las 6 horas y limitar la actividad diurna hasta las 20 horas— y aprobar un plan específico contra el intrusismo. ¿El objetivo? Combatir las 25.000 nuevas plazas diarias aproximadas, parte de una oferta descontrolada con efectos en el mercado laboral, la vivienda o el medio ambiente.

“Parte del rechazo –de los turistas a las limitaciones– viene de una idea romántica de la Eivissa de ‘antes’ asociada a estos beach clubs y a una supuesta libertad sin límites. Es cierto que la isla ha cambiado (hemos virado a un lujo extravagante), pero por eso más que nunca es hora de establecer márgenes y dar prioridad a algunos aspectos que antes pasaban por alto, sobre todo habiendo un impacto demográfico y turístico mucho mayor que en el pasado”, observa Shaharabani.

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