Los guardianes del cuidado: “Es la profesión que la Inteligencia Artificial no podrá suplir jamás”
Planta H4B de Digestivo y Neurología, 22.00. Empieza el turno de noche en el cuarto piso del Hospital Son Llàtzer de Palma, aunque podría ser en cualquier otro de España, donde 353.635 enfermeros colegiados y más de 151.000 técnicos en cuidados auxiliares de enfermería trabajan en la atención de pacientes. José Luis arranca su jornada junto a otros dos enfermeros y dos auxiliares. Se encargarán de 28 ingresados, cuatro de la recientemente inaugurada Unidad de Ictus; antes eran 33. No colgarán el pijama sanitario hasta las 8.00, cuando les dará el relevo otro equipo de tres enfermeros y tres auxiliares hasta las 15.00. Otros compañeros, en mismo número y composición, harán la sesión vespertina. En total son 17 sanitarios que van rotando en turnos. Son los guardianes del cuidado. Porque ellos, entre luces frías y puertas que se abren ante incertidumbre médica, sostienen un hilo de humanidad que se cose con cada gesto. El título lo tienen todos, pero la implicación personal y la empatía es lo que marca la diferencia.
Ahora mismo cada enfermero de la planta atiende a 12 pacientes. Las visitas matutinas contadas y fugaces de los médicos contrastan con el trasiego permanente de los profesionales de apoyo que recorren kilómetros por los pasillos y entran y salen de las habitaciones. Como si fuera ya un apéndice propio, arrastran un carrito con medicamentos y material higiénico y sanitario. Las enfermeras y enfermeros se encargan de administrar los tratamientos pautados, monitorizar la evolución del paciente y buscar soluciones inmediatas ante cualquier necesidad. Frente a un sufrimiento que casi se hace tangible, hay que convertir la técnica en caricia y la rutina en aliento. Los auxiliares asean a los pacientes, atienden su alimentación y su movilización, incluidos cambios posturales, y les toman las constantes vitales. La atención de algunos es tan delicada que su presencia es reconfortante y sanadora.
Un oficio feminizado
Enfermería requiere un grado universitario y es una profesión muy feminizada. El 85,5% son mujeres. José Luis de Pablos es uno de los hombres que integran el otro 14,5%. Es uno de los más antiguos de la planta H4B, donde lleva casi dos décadas. Recibe elogios de pacientes y familiares y se observa el respeto de sus compañeros. Es uno de los 7.900 que trabajan en Balears. Nacido en Segovia, tiene 45 años y lleva la mitad de su vida en Mallorca, donde se desplazó en 2002 desde Soria al concluir sus estudios para cubrir un contrato de verano en la UCI de un hospital privado.
Tras el estío, dejó que la isla le atrapara. Pasó al hospital público de referencia, Son Dureta, que cerró en 2010 y hoy está en obras para resurgir como un macrocentro sociosanitario. “Yo quería estudiar Medicina, pero no me llegó la nota y, para no perder el año, me matriculé en Enfermería. Y desde ese momento ya supe que era mi profesión, porque para mí no hay nada como el trato al paciente”, explica. Rebosa vocación y verle trabajar proporciona alivio. Es un ejemplo de esa profesionalidad que exige trato humano y empatía. Ante diagnósticos y pronósticos que caen como jarros de agua helada que dejan a pacientes y familiares en hipotermia severa, su consuelo es como una manta caliente que trata de recuperarlos. Pronuncia con delicadeza el nombre de cada enfermo y a cada pinchazo antecede un susurro explicativo y una caricia.
Yo quería estudiar Medicina, pero no me llegó la nota y, para no perder el año, me matriculé en Enfermería. Y desde ese momento ya supe que era mi profesión, porque para mí no hay nada como el trato al paciente
Fuga de talentos
Hay mucha movilidad en esta profesión. Más de 8.000 enfermeras se trasladaron en 2023 en busca de mejores condiciones laborales, según los últimos datos disponibles del Consejo General de Enfermería (CGE): 6.646 a otra provincia o comunidad autónoma y 1.473 a otro país. Los principales destinos extranjeros fueron Noruega y Estados Unidos, con 336 y 226, respectivamente. La razón principal es la precariedad laboral que vive el sector y, dentro de ella, la temporalidad y las malas condiciones laborales, apuntan desde el organismo, que cifra en un 30% la eventualidad de las contrataciones.
Gisela Marí es una de ellas. Es de Villena, Alicante, y tiene 37 años. Estudió en la Universidad de Alicante y se trasladó a Mallorca en 2009, con 21 años, para ocupar una vacante en un hospital privado, donde estuvo en las plantas de maternidad y pediatría. “Me atraía la sanidad, aunque realmente no me había planteado estudiar Enfermería y, después de ejercer, tengo claro que es lo mío. Me encanta el trato con los pacientes, hablar con ellos, que confíen en mí…”, expone.
Me atraía la sanidad, aunque realmente no me había planteado estudiar Enfermería y, después de ejercer, tengo claro que es lo mío. Me encanta el trato con los pacientes, hablar con ellos, que confíen en mí…
Fue encadenando sustituciones y compaginando contratos parciales hasta obtener plaza por oposición en el sector público. Trabajó en cardiología, neumología, trasplantes, urgencias pediátricas y reanimación antes de incorporarse a la planta H4B de Son Llàtzer. “Me gusta mucho la neurología y abordar nuevos casos para aprender, intentando dar siempre lo mejor de mí”, añade. Gisela, que ha pasado por muchas especialidades, es un ejemplo de la preparación que tienen las enfermeras españolas, lo que las hace “muy solicitadas en los países más desarrollados del mundo”, señalan desde el CGE. La cara negativa es la fuga del talento y, en cambio, se está incorporando al sistema español a un importante número de enfermeras de Latinoamérica. En 2021, último dato disponible, se homologó el título a 305 extracomunitarias, según datos de la CGE.
La precariedad laboral empuja a muchos enfermeros a emigrar a Estados Unidos y Noruega. Frente a esta fuga del talento, el sistema español incorpora a un importante número de enfermeros de Latinoamérica: en 2021, último dato disponible, se homologó el título a 305 extracomunitarios
Compañía y dignidad
En la planta H4B se encuentran ingresados hombres y mujeres de diferentes edades. Varios pasean en camisón por el pasillo con cierta dificultad, evidenciando las secuelas de un accidente cerebrovascular. A una mujer le acaban de suministrar sedación para menguar su dolor. El médico coordinador de paliativos entra a algunas habitaciones y habla pausadamente con familiares y pacientes. Hay un chico joven, extranjero, operado de un grave problema digestivo. Ha estado inconsciente, le han practicado una traqueotomía y no han podido localizar a ningún familiar ni amigo. Una señora que tiene a su marido de 92 años en el hospital por un derrame cerebral entra a verle y le sonríe. “Llevamos aquí dos meses y nadie ha venido a visitarle. Me da pena y, aunque parece que no me oye, yo le hablo para que sienta compañía”, dice Pilar. Los sanitarios le recuerdan con suavidad que no puede entrar a la habitación. Pero ella lo olvida. O no quiere hacerles caso.
Los médicos dictan un diagnóstico y pronóstico y pautan un tratamiento. En el día a día, enfermeros y auxiliares son valiosas figuras de apoyo. Hay momentos de tensión que afrontan anteponiendo entereza a cansancio: un paciente que respira con dificultad y necesita oxígeno, otro con una sonda nasogástrica que se sale, otro con fiebre alta, otro al que hay que hacer un análisis de sangre, otro con pañal rebosante que hay que cambiar… Y así encarnan otra medicina, que complementan con sanidad humana: la que baja la voz en la noche para no despertar a quien por fin duerme, la que acomoda la almohada sin que nadie lo pida, la que explica con paciencia por qué duele una vía o cómo afrontar el dolor.
“Es un cuidado invisible hasta que falta”, comenta Berta, la hija de un ingresado. “Es fundamental para mantener la dignidad del enfermo, que está fuera de su casa, con gente desconocida, con miedo y dudas frente a su evolución, vulnerable ante su incapacidad de valerse por sí mismo y mantener algo tan básico como su higiene, su intimidad. Les agradezco mucho su labor, porque sostienen la vida con la lógica de quien entiende que sanar no es solo curar”, añade.
Es un cuidado invisible hasta que falta. Es fundamental para mantener la dignidad del enfermo, que está fuera de su casa, con gente desconocida, con miedo y dudas frente a su evolución, vulnerable ante su incapacidad de valerse por sí mismo y mantener algo tan básico como su higiene, su intimidad
Falta de profesionales
Alejando Ávalos es auxiliar de enfermería, un título que se obtiene a partir de un grado medio de Formación Profesional. Nació en Elche y tiene 35 años. Su vocación partió de una experiencia personal. “¿Ves estas cicatrices? Con 14 años atravesé por accidente una puerta de cristal y me tuvieron que coser: 60 puntos internos y externos”, cuenta. “En ese momento supe que quería dedicarme a esto”, agrega. Tras los estudios, empezó a trabajar en una residencia de ancianos. “La gestión era mala, poco material y muchas restricciones”, detalla. Después se incorporó a un hospital privado de Palma, pasó por otros dos públicos, Son Espases e Inca, y desde hace siete trabaja en Son Llàtzer. Desde hace unos meses su destino es la Planta H4B. Prefiere la hospitalización: “Es más pausada y permite conocer al paciente”.
Maribel Bisquerra también es auxiliar. Nació en Palma y tiene 45 años. Ella acabó en esto casi por azar. “Me metí en esos estudios sin tenerlo muy claro, porque una amiga se matriculó, pero, como me gusta ayudar a los demás, lo vi una opción”, cuenta. Ha trabajado en una residencia geriátrica, en una clínica dental, en un hospital privado y hace 22 o 23 años que entró en Son Llàtzer, donde lleva más de 20 en la unidad de Neurología y Digestivo. “Afronto el día a día tratando de dar a los pacientes una sonrisa, empatía, cariño, el máximo respeto… ayudarles a estar lo mejor posible en su tiempo de hospitalización”, señala. “Creo que es importante escuchar al enfermo, pero también a los familiares. Escuchar sus miedos, sus emociones, porque somos los que más tiempo pasamos con ellos y los que mejor podemos percibir cómo se sienten”, matiza.
Es importante escuchar al enfermo, pero también a los familiares. Escuchar sus miedos, sus emociones, porque somos los que más tiempo pasamos con ellos y los que mejor podemos percibir cómo se sienten
Algunos enfermos pasan largo tiempo en planta y las relaciones se estrechan. “Me ha afectado el fallecimiento hace unos días de un paciente que llevaba meses aquí, sin familiares y derivado por una asociación”, confiesa José Luis. A veces el sanitario se lleva a casa al enfermo en su pensamiento y al día siguiente aparece con una solución que nadie le ha pedido. “He pedido a urología unos polvos que utilizan en quirófano para ver si así refuerza el adhesivo y no se sale el colector”, le explica a un paciente que lleva una especie de preservativo con un tubo que conduce la orina a una bolsa. “Si hay una profesión que la Inteligencia Artificial no podrá suplir jamás ésa es la enfermería y los cuidados auxiliares. El trato humano delicado, una palabra amable, una caricia, es imposible de sustituir”, sentencia un familiar.
Sin embargo, según el informe Situación actual y estimación de la necesidad de enfermeras en España de 2024, “se necesitarían al menos 100.000 enfermeras adicionales para que España alcance la ratio promedio de la UE, una situación que, al ritmo actual de crecimiento, se tardaría en conseguir entre 22 y 29 años”. Esto, sin tener en cuenta que “el 39,4% de las enfermeras encuestadas manifestó la intención de dejar la profesión en los próximos 10 años”, prosigue. Algunos informes de CCOO hablan de una falta de casi 50.000 auxiliares. En estos momentos la ratio en España es de 6,3 enfermeras por 1.000 habitantes frente al promedio de la UE que alcanza las 8,5. Y hay cinco autonomías que se sitúan por debajo de la media española: Murcia (4,79), Galicia (5,13), Comunidad Valenciana (5,46), Andalucía (5,51) y Balears (5,93).
“En tiempos de especialización extrema y velocidad médica, y también de gestión que persigue reducción de gasto, convendría recordar que la salud también se defiende con manos que sostienen y miradas que comprenden. Los sanitarios sin trato delicado, que también los hemos visto, son malos profesionales”, puntualiza la hija de Alberto, un médico con seis especialidades convertido en paciente por un ictus, que ha fallecido al concluir este reportaje y que cada día de su ingreso dio las gracias a los enfermeros y auxiliares que le cuidaron con conocimiento y mimo.
0