Kiev trata de recuperar el pulso en medio de la incertidumbre que marca la segunda fase de la guerra

Una mujer con bolsas de la compra camina por las calles de Kiev

Mariangela Paone / Olmo Calvo / Enviados especiales a Kiev (Ucrania)


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Ha pasado más de un mes y Katerina Kretowich ha podido venir este miércoles junto a su madre Svitlana a recoger lo que queda de su casa en el número 20 de la calle Bogatyrska, un piso en un bloque de apartamentos en el distrito de Obolon, en el noroeste de Kiev. Un misil golpeó el 14 de marzo la fachada del bloque, reventándola. Murió un señor mayor, pero podía haber sido una matanza enorme. “Los muros se están doblando como un castillo de naipes”, comenta un obrero mientras carga en una furgoneta lo que Kretowich y su madre han conseguido salvar de la vivienda que acababan de reformar. Una comisión de técnicos acaba de inspeccionar el bloque, pero las dos mujeres dudan que puedan volver algún día a hacer su vida allí. 

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Se habían ido un día antes del bombardeo. Bucha e Irpin están a un puñado de kilómetros y durante días hasta su casa llegaba el estruendo de los ataques. Sus amigos les convencieron para que se fueran un tiempo a vivir con ellos en la provincia de Chercasy, al sureste de Kiev. Pero hace unos días decidieron regresar a la capital, sumándose a los miles de habitantes que han vuelto a sus casas a pesar de la incertidumbre que rodea el comienzo de esta segunda fase de la ofensiva rusa en Ucrania.

Unas 100.000 personas han retornado en las últimas semanas, según anunció este lunes el alcalde de la ciudad Vitaliy Klitschko, quien lleva días alertando a los habitantes de que sería más prudente que no lo hicieran. “Muchos de los que se fueron ya han regresado a la ciudad. La capital poco a poco va cobrando vida. Sin embargo, si tienen la oportunidad de estar en un lugar más seguro, esperen”, escribió en su canal de Telegram. El sábado hubo un nuevo bombardeo a las afueras, el primero tras la retirada rusa de la región a finales de marzo.   

“Tenemos que volver a empezar una nueva vida desde cero”, dice la madre de Kretowich. La mirada cae sobre el antiguo piano que aún queda en el salón de su casa. No puede llevárselo por mucho que le duela. Era de su primera maestra de música y tiene 70 años de antigüedad. “Se llama Ucrania”, dice Svitlana revelando la palabra escrita debajo de la tapa de madera negra que cubre el teclado. No se ha atrevido a ver si aún funciona. El interior y las teclas están cubiertos de pequeños trozos de cristal de las ventanas destruidas por la explosión. Junto a su hija ha alquilado una habitación en un hostal. La alternativa era acabar en una de las escuelas que funcionan como centro de acogida. Kretowich tiene 30 años y sigue trabajando en una agencia de publicidad. “Pero el trabajo es más bien escaso y lo más seguro es que cierre”.

La vuelta gradual de la población a Kiev está llena de claroscuros, sobre todo en los barrios donde los bombardeos rusos alcanzaron bloques residenciales. Como el de Shevchenkivskyi, a pocos kilómetros del centro, donde aún este miércoles los obreros trabajaban para remover escombros del edificio golpeado por un misil el 16 de marzo. En el bloque de al lado, donde la deflagración destruyó los cristales de la fachada, sigue viviendo Svitlana Mirgorod, una maestra de 58 años, que ahora ha vuelto a retomar las clases a distancia para sus alumnos con necesidades especiales. Cuenta cómo durante semanas, hasta la retirada de las tropas rusas de la región, cada ruido le hacía encoger el estómago, en un estado constante de alerta. “Luego nos hemos ido acostumbrando”. También sus alumnos poco a poco han empezado a volver. “Un 30% ha regresado, un 50 está en la zona de Leópolis, y el resto, fuera del país”. 

La gente quiere volver a tener una vida en su propia ciudad y la capital del país intenta recobrar el pulso. Muchos puestos de control han sido eliminados o reducidos, aunque quedan fortificaciones imponentes sobre todo en la zona norte. Algunas tiendas de las arterias principales del centro empiezan a reabrir, y así algunos bares y restaurantes que estuvieron cerrados durante un mes.

“Volvimos a abrir el viernes pasado, pero hasta ahora hay tan solo el 30% de los clientes que solíamos tener”, dice Valentina, dueña de un puesto de pescado seco en el Mercado Bessarabskyi, en el centro de la capital, donde ella vive ahora en casa de unos amigos. La suya, en Góstomel, el lugar donde empezó la ofensiva rusa el 24 de febrero con el asalto al aeropuerto Antonov, ha quedado destruida. Su tienda es una de los pocas que siguen abiertas al filo de la hora de cierre. No todos los tenderos han vuelto y muchos puestos lucen vacíos. “Pero ver que reabren nos reconforta”, dice Ludmila Koslovska, una vecina de la zona que decidió no moverse de Kiev. “Hay que seguir, la ciudad es grande y tiene que volver a la vida”, añade. Sus mellizas, que acaban de cumplir 18 años y que han pasado una temporada en España tras el inicio de la guerra, también han vuelto. 

El mercado no está muy lejos de la Plaza de la Independencia, Maidan Nezalejnosti, la plaza -maidan en ucraniano- símbolo de la revolución iniciada a finales de 2013. Allí también se han ido aligerando las fortificaciones, aunque los erizos checos siguen ocupando un gran espacio. Un espacio marcado por los contrastes.

A los pies del Monumento a la Independencia este miércoles se celebraba el funeral de un militar, miembro de una organización radical de derecha, muerto el 3 de marzo durante una operación contra las tropas rusas en Motyzhyn. Mientras en un lado de la plaza se cantaba el himno nacional delante del ataúd, a unos metros de allí cientos de personas hacían cola frente a la principal oficina de correos de Kiev para comprar el sello que tiene como protagonista al buque insignia de la flota rusa hundido en el mar Negro, el Moskva. El servicio postal imprimió un millón de ejemplares. Dmitro, un joven de 25 años, compró 15 en la primera reventa pero ha vuelto a hacer la cola con unos amigos veinteañeros para ver si puede conseguir más. “Los quiero para unos familiares pero también hay quien los está revendiendo por internet”, dice. La larga serpiente de gente en espera da la vuelta al edificio. Desde un altavoz suena la popular canción que es el himno de la ciudad: “¿Cómo puedo no amarte, mi Kiev?”. 

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