ENTREVISTA
Raquel Varela, historiadora: “La derrota de Chega en Portugal no garantiza la democracia ni los derechos sociales”
Aunque los mapas del tiempo de la península ibérica en las televisiones españolas muestren un Portugal estanco, sin sol ni lluvia, la historiadora Raquel Varela (Cascais, 1978) ha dedicado buena parte de su carrera a señalar la porosa evolución histórica de los dos Estados ibéricos y sus movimientos obreros. Del siglo XIX al acceso a la Unión Europea, la retroalimentación es constante, según ha documentado.
Varela se ha dedicado a derribar varios de los lugares comunes que rodean a la Revolución de los Claveles de 1974, empezando por su carácter pacífico, que solo cabe afirmar, según explica, prescindiendo del trasfondo colonial. Doctora en Historia Política e Institucional, investigadora del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa —donde coordina el Grupo de Estudios sobre Trabajo y Conflictos Sociales— e investigadora del Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, coordina también el proyecto Historia de las relaciones laborales en el mundo de habla portuguesa.
También es una avezada comentarista política en su país, crítica del ascenso de la extrema derecha, que entiende facilitado por las contemplaciones de la burguesía política y mediática. Sus dos últimas obras en castellano son Historia popular de la Revolución de los Claveles, que aborda desde el punto de vista académico, y El pueblo es quien más ordena, en formato cómic junto al dibujante Robson Vilalba (ambos en Verso Libros).
Hay factores de los que usted ha hablado respecto de la Revolución de los Claveles que en España no son tan conocidos. Primero, que la revolución no fue realmente un proceso sin muertos, sino que hubo muchos fallecidos en las guerras coloniales.
En los 19 meses del proceso revolucionario murieron unas 16 personas (en España fueron muchos más [las víctimas] en la transición pacífica). Lo que pasa es que la revolución portuguesa no empieza el 25 de abril, sino hacia el final de 1960 y el inicio de 1961, con las huelgas de los trabajadores forzados contra el imperio [portugués], cuando empiezan las revoluciones anticoloniales. El Ejército portugués habla de 19.000 muertos en sus filas, pero los estudios señalan que hubo unos 100.000 muertos del lado de Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu. Estos son de los movimientos de liberación, los partidos-ejército y las poblaciones civiles.
La revolución portuguesa era una 'fiesta soviética' con los consejos de trabajadores, que son miles de consejos autogestionados, como en Catalunya en 1936-37, o en la situación revolucionaria rusa de 1917
La revolución portuguesa era una fiesta soviética con los consejos de trabajadores, que son miles de consejos autogestionados, como en Catalunya en 1936-37, o en la situación revolucionaria rusa de 1917. Aunque no hay una coordinadora general de los consejos, estos son generalizados, [se cuentan por] miles. Esta fiesta democrática de base solo fue permitida porque el Ejército estaba quebrado por las revoluciones anticoloniales. Si no, la contrarrevolución habría supuesto lo que en España en el 36, un baño de sangre.
Hubo un riesgo real de violencia que finalmente no se produjo.
La violencia siempre es un riesgo real porque, así como los trabajadores hacen las revoluciones, la burguesía hace contrarrevoluciones armadas. En todas las revoluciones del siglo XX, cuando los trabajadores intentan tomar el poder, ejercer el poder democrático del pueblo, la burguesía emprende movimientos de guerra civil, bonapartistas, y llegados al extremo, fascistas, para retomar el poder. Lo que pasó es que la contrarrevolución portuguesa no era posible porque el ejército estaba quebrado por 13 años de guerra colonial.
¿Se puede decir que la revolución tuvo un componente anarcosindicalista fuerte? ¿Entiende que eso es algo nuevo, que es propio de esa experiencia portuguesa, o es común a otras revoluciones?
Es algo más mixto. No es exactamente el anarcosindicalismo, porque este, que estuvo muy desarrollado, fue aplastado tras la derrota de la revolución española en los 30. Lo que hay en la revolución portuguesa es un desarrollo masivo de la huelga y de la comisión de trabajadores como centro organizativo de lucha y de cambio. Y eso es generalizado. Hablamos de casi 1.000 empresas autogestionadas. Las que no están autogestionadas, se encuentran bajo control obrero. Hay un movimiento generalizado de decenas de miles de huelgas. Pero al mismo tiempo, y este es también un poco su problema, no hay un movimiento político de disputa del Estado y de la política. Es un movimiento diseminado en locales de trabajo y vecindarios, pero no un movimiento político de dirección del Estado.
Dice que la transición portuguesa y española forman parte de un todo. ¿Lo dice en el contexto de la Guerra Fría o se refiere al proceso interno?
Uno de los problemas que tenemos es que hay una visión nacionalista de la historia del Estado español y el portugués que ignora que, desde el punto de vista de las clases trabajadoras y del movimiento obrero, la península ibérica funciona como un todo. Y eso se ve en las revoluciones y movimientos sociales y restauraciones reaccionarias del siglo XIX, pero también del siglo XX. Las dictaduras de Franco y Salazar funcionaron como un único proceso y la Revolución de los Claveles abrió la transición española, por el temor de las clases dirigentes españolas al contagio.
Es un poco contraintuitivo, pero creo que es fundamental. En Portugal y España había un proyecto socialista de una Federación Ibérica. Ese proyecto socialista es un proyecto internacionalista contra sus estados y burguesías. Es dominante en los proyectos socialistas del XIX, en los intelectuales de la literatura, como Antero de Quental, muchos otros también en España, y es dominante en el anarcosindicalismo; la Federación Anarquista se llama Federación Anarquista Ibérica. Con la ascensión de Stalin al poder y con la entrega de la socialdemocracia a los chovinismos en la I Guerra Mundial, se extingue el último aliento internacionalista de la Revolución Española.
La visión nacionalista de la historia del Estado español y el portugués ignora que, desde el punto de vista de las clases trabajadoras y del movimiento obrero, la península ibérica funciona como un todo
Pero el movimiento social no se mueve solamente así, sino que es un poco como el agua y el viento. No conoce las fronteras. La revolución de 1868 empieza en España y pasa a Portugal. La sección portuguesa de la Primera Internacional es fundada a partir de cuadros dirigentes de Madrid y Barcelona. Los dirigentes de Madrid y Barcelona se exiliaban en Portugal y los de Portugal en Barcelona, Madrid, o Euskadi. Incluso en la revolución portuguesa de 1974 hay vascos y movimientos radicales exiliados en Lisboa. Y hay huelgas de solidaridad entre Sevilla y Lisboa hasta el inicio del siglo XX.
Y después lo que vemos es que la burguesía también actúa conjuntamente defendiendo sus Estados. Franco protege a Salazar y viceversa. Pero cuando empieza la revolución portuguesa, el movimiento social es imparable. Y ahí está documentado. Nosotros escribimos un libro que aún no está traducido en español que se llama Una historia popular de Portugal, que es una historia popular de la Portugal ibérica. Porque documentamos de forma muy detallada como los movimientos de España dependen de los portugueses y al revés. Tras la revolución portuguesa cunde el pánico en las elites dirigentes, que dicen: “Tenemos que empezar una transición pacífica, o si no vamos a tener una revolución ibérica y no solamente portuguesa”. Al mismo tiempo, los pactos de La Moncloa ayudan a consolidar la contrarrevolución en Portugal.
Después la revolución del 25 de abril llega al momento del 25 de noviembre [de 1975], menos conocido en España.
Es una contrarrevolución ibérica. Al contrario que en Chile, la burguesía portuguesa no podía enviar a su Ejército [a reprimirla] porque el Ejército estaba quebrado; parte estaba con los trabajadores. El 25 de noviembre es un golpe de Estado de derechas que manda a la cárcel a más de 100 oficiales revolucionarios del ejército; miles de soldados se van a casa sin derechos. Al mismo tiempo, es una contrarrevolución que es una transición negociada con el Partido Comunista y el Partido Socialista, con una constitución liberal, pero de capitalismo protegido. Este es el significado de la Constitución aprobada en 1976, que va a ser la inspiración de la Constitución Española y de los pactos de la Moncloa.
Al mismo tiempo, la burguesía portuguesa va a comenzar a desmantelar la autoorganización de los trabajadores; por ejemplo, aprueba una ley para retirar poder a los consejos obreros y acabar con la reforma agraria y la gestión democrática de los hospitales. Esa consolidación de la contrarrevolución ibérica se va a terminar en 1986 con la adhesión de ambos países a la Comunidad Económica Europea con una negociación que va a abrir las puertas a la nueva fase del capitalismo.
¿Cuál fue el papel de las potencias, EEUU y URSS?
Esta cuestión está muy bien documentada por historiadores portugueses y españoles. Hay un trabajo hecho inicialmente por Encarnación Lemus López. Se llama En Hamelin, la Transición Española más allá de la frontera (Septem Ediciones, 2001), que ha trabajado mucho la documentación externa.
Estados Unidos y la OTAN tuvieron un papel esencial en garantizar que Portugal fuese capitalista y que la revolución fuese derrotada. Pero lo que también está muy documentado —yo hice mi tesis doctoral sobre esto— es el papel del Partido Comunista, que tampoco quería una revolución. Quería un capitalismo regulado, pero no una revolución, porque el Partido Comunista era fiel al orden de Yalta y Potsdam de Stalin [al fin de la Segunda Guerra Mundial. A una división de la Guerra Fría en la que Portugal y España estaban de lado de la OTAN. En nuestro último libro, que se llama Del 25 de noviembre a nuestros días (sin edición española), recorremos esa historia de la contrarrevolución. Queda muy claro el papel de la OTAN y de la Unión Soviética. Nadie quería la revolución portuguesa.
También había el riesgo de que se extendiera por el Mediterráneo, por Grecia.
Claro. Estaba asumidísimo por las fuerzas políticas diplomáticas americanas. Incluso en EEUU la diplomacia decía “nuestro mayor problema es Portugal después de Vietnam, porque si la revolución de Portugal no termina y se extiende a España, perdemos el control del Mediterráneo”. Esto está claramente planteado en la conferencia de Helsinki de 1975.
En todo caso, era un mundo estructurado. Había dos grandes potencias, había unas normas internacionales, que podían ser o no respetadas. Pero 50 años después estamos en una situación casi de anarquía imperial, por así decirlo.
Estamos en un proceso abierto de imperialismo de guerra. De Siria a Libia, Ucrania o Gaza.
¿Cómo pueden reaccionar los países de la periferia de Occidente?
Lo que voy a decir puede parecer un poco panfletario, pero no lo es, porque tiene un resultado político obvio: solo podemos combatirlo organizando a la clase trabajadora y la población desde abajo. Nuestros Estados no van a combatirlo, por más progresistas que sean los gobiernos. La prueba mayor es el impacto de la huelga general en Italia en el fin de alto fuego palestino. La clase obrera organizada —no hablo solo de producción y transportes, sino de la clase trabajadora en un sentido amplio— puede parar la guerra.
La Constitución portuguesa tiene referencias mucho más a la izquierda que la española, como esa mención a “abrir la senda hacia una sociedad socialista”.
Este preámbulo tiene una simbología, porque en Portugal hay una revolución en la que el Estado entra en profunda crisis. En España, no; las clases dominantes siguen con capacidad de dirigir la negociación con el Partido Comunista y el socialista. En Portugal hay un proceso revolucionario más avanzado y se queda esa mención al socialismo en el preámbulo. Pero no en el articulado. El núcleo de la Constitución es la defensa de la propiedad privada, y eso no es diferente de España. Se trata de un pacto entre clases sociales, no de una victoria de la revolución.
¿Cree que la conciencia democrática es más fuerte en Portugal que en España por las diferencias entre sus procesos?
Portugal tuvo la revolución obrera anarcosindicalista (de 1910 a 1926) que fue de carácter jacobino, y eso cerró la cuestión monárquica en Portugal. Pero al mismo tiempo, siento que en España la conciencia republicana es mayor. Por ejemplo, hay más [implicación de la] sociedad civil contra el Estado. Hay más pelea política. Hay más afirmación de los derechos, libertades y garantías, porque en España hay más tensión, hay más lucha de clases. Es verdad que hay una extrema derecha más organizada que en Portugal, porque la Falange y la extrema derecha en España tiene una base social, y en Portugal, no. Es muy fuerte electoralmente, no socialmente.
En España, no. El fascismo es fuerte socialmente. Pero al mismo tiempo, el antifascismo republicano, radical, también es fuerte. Hay más tensión. Yo diría que en Portugal hay una vida civil política más débil. Quizás porque hay mayor confianza en el Estado, probablemente por las conquistas de la revolución. Hay una izquierda que es más estatal, menos ciudadana.
¿Cómo define el fenómeno de Chega en Portugal?
Se trata de un fenómeno financiado por las grandes capitalistas portugueses con mucho apoyo financiero de la extrema derecha internacional y con un apoyo aplastante de la burguesía portuguesa en los medios de comunicación. Cuando el líder de Chega era su único diputado, ocupaba el tercer lugar en el palco mediático, después del presidente de la República y del primer ministro. Un diputado. No hay semana en la que no tenga una gran entrevista en el horario estrella, a las 9 de la noche.
En Portugal hay una vida civil política más débil que en España. Quizás porque hay mayor confianza en el Estado, probablemente por las conquistas de la revolución
Pero cuando Chega quiere hacer una manifestación en la calle, lo máximo que logra son 200 o 300 personas. Este es un fenómeno mediático-electoral creado por la burguesía para perseguir a los inmigrantes y rebajar su sueldo criminalizándolos. Para avanzar con el paquete laboral que este gobierno quiere aprobar para prohibir la huelga de facto. Eso es lo que está encima de la mesa en este momento. La huelga pasa a tener servicios mínimos en todo sector, en todas la huelgas. [También propone] que los dirigentes sindicales no puedan ir a las empresas a reunirse con los trabajadores si no están sindicalizados.
Pero no es un fenómeno nuevo. Chega tiene mucha penetración en las fuerzas armadas, la policía, en el Estado. Es un fenómeno de Estado, no es un fenómeno con fuerza social.
Pero en todas las sociedades de Europa hay fuerzas de esta índole que con apoyo creciente de la población, ¿no hay algo común en todos los países que influya también en Portugal?
Sí, claramente. Creo que hay un fenómeno internacional de extrema derecha que tiene muchísimo dinero para formar cuadros, abrir sedes. Hay una nueva burocracia de extrema derecha que es financiada internacionalmente. Es un factor, pero no sería posible sin el dominio mediático de Chega en las televisiones y periódicos portugueses. En realidad, el periodismo liberal ha sido el portavoz de la extrema derecha.
¿Cómo interpreta el resultado de las elecciones presidenciales [en las que el candidato de Chega, André Ventura, perdió frente al socialista Antonio José Seguro con el 33% de los votos frente al 67%]? ¿Qué representa para la izquierda? ¿La amenaza ha sido neutralizada?
La derrota del partido fascista Chega no nos ha garantizado ni la democracia ni los derechos sociales, porque una parte importante de la derecha ha apoyado a Seguro, que es un europeísta liberal, pero tiene un plan de mantener los recortes sociales, restringir el derecho de huelga, aumentar la jornada laboral a 50 horas semanales y permitir los despidos sin causa justificada. Este paquete laboral es muy semejante al de Milei en Argentina o al de Grecia y que en Portugal provocó una huelga general en diciembre que apoyaron tres millones de personas. El fascismo se derrota con autoorganización en los locales de trabajo y en los vecindarios. La derrota de Chega es una buena noticia, pero no es suficiente.
¿Cree que el legado de la revolución del 74 está en riesgo hoy en día, que se puedan perder las conquistas?
No creo. Con las celebraciones de Estado del 25 de noviembre, con un desfile militar, no sacaron ni a una persona a la calle, mientras que en las manifestaciones del 25 de abril salieron 600.000. Lo que tenemos es una lucha de clases que se intensifica y hay quien defiende la revolución y quien defiende la contrarrevolución: hay una división creciente en la sociedad portuguesa. Pero gran parte de los derechos de la revolución fueron destruidos en los 80, no ahora. La de ahora es una pelea por la memoria.
También por la sanidad pública, un debate que incluso llevó a la ruptura de uno de los gobiernos de la llamada geringonça por las diferentes formas de abordar el problema. El Gobierno actual apuesta por favorecer la privatización sanitaria.
El gobierno actual está cerrando maternidades de los hospitales, cerrando las urgencias. Es un gobierno de demolición. La solución es la organización de los sindicatos. Nosotros fundamos recientemente un periódico de intelectuales de izquierda y sindicatos independientes que se llama Maio y en 48 horas logramos miles de suscripciones. Creo que esta adhesión también es un reflejo de que la sociedad empieza a cambiar, a reaccionar, a organizarse. Una sociedad con mayores conflictos, lo que es normal en el capitalismo. Lo que es anormal es el pacto social.
Hay un aumento de la migración en Europa que está siendo también capitalizado por la derecha, e incluso mucha izquierda se ve tentada de asumir planteamientos de la derecha para no perder apoyos. ¿Cómo se responde a ese discurso?
La izquierda solo puede reaccionar de una forma: hay que organizar a los trabajadores migrantes conjuntamente con los trabajadores nativos. Si vienen desorganizados, hay competencia. Pero si los migrantes vienen y se organizan como ha hecho por ejemplo la central sindical SI Cobas en Italia, los trabajadores nativos ganan mucha más fuerza. De lo contrario, en el mercado de trabajo se pelean por los suelos.