Asesinados al volver del colegio: ¿por qué EEUU convirtió a niños somalíes en objetivo de sus ataques con drones?
Acababan de sentarse a desayunar cuando comenzó el ruido. Algunos dejaron de comer su cambuulo, un plato de alubias cocidas a fuego lento, sobresaltados por aquel inquietante zumbido agudo. Otros pegaron la cara a las ventanas y alzaron la vista hacia el cielo. En los campos de maíz de los alrededores, los agricultores observaban los objetos que sobrevolaban Jamaame, una localidad del sur de Somalia.
Poco después de las nueve de la mañana del 15 de noviembre de 2025, una serie de explosiones sacudió Jamaame.
Entre las viviendas reducidas a escombros estaba la de Abdullahi Mohamed Abo Sheikh Ali, que aquella mañana se encontraba trabajando en el campo. Su abuelo, Mohamed, corrió hacia los escombros.
“Había ropa y libros esparcidos por todas partes, pero apenas me fijé en ellos. Estaba paralizado por el shock, frente a los cuerpos de mis nietos. Los habían despedazado”, relata.
Mientras rebuscaba entre los escombros, Mohamed encontró el cuerpo de su nuera, Safiyo Hassan Abukar, en avanzando estado de gestación. Junto a ella, yacían los restos de Abdifatah, su hijo mayor. A nadie le sorprendió que el cuerpo del niño, de 10 años, apareciera tan cerca de su madre.
“Abdifatah nunca se separaba de ella. Siempre la ayudaba con las tareas de casa. Si él estaba presente, ella no necesitaba a nadie más”, recuerda Mohamed.
Cerca de allí, Abdinasir, de siete años, también yacía muerto. Abdinasir adoraba a su abuelo: “Siempre me pedía que rezara para poder memorizar el Corán. A veces le llamaba mi 'buscador de oraciones' y él sonreía”.
Entre los escombros se encontraban también los cuerpos de otros dos hermanos: Hussein, de seis años, y Abdurahman, de cuatro.
La familia murió durante un ataque aéreo estadounidense en Somalia. Según una investigación de The Guardian, la ofensiva causó la muerte de al menos 12 civiles, entre ellos ocho menores de edad.
Todos mis hijos yacían en el suelo cubiertos de sangre. Cuando intenté socorrerlos, comenzaron a caer proyectiles
Se trata de la operación estadounidense más mortífera para la población civil en Somalia durante los dos mandatos de Donald Trump. Hacía 18 años que Estados Unidos no causaba tantas muertes de civiles en un solo incidente en este país del este de África. Hasta ahora, la cifra más alta confirmada correspondía a la sangrienta y fallida operación militar lanzada por Washington en Mogadiscio en 1993, conocida como Black Hawk Down, en la que dos helicópteros estadounidenses fueron derribados y decenas de personas murieron durante intensos combates en la capital somalí.
A pesar de la gravedad de la masacre, no consta que se haya abierto ninguna investigación sobre lo ocurrido en Jamaame. Nadie ha rendido cuentas por las muertes y Estados Unidos sigue negando que aquel día muriera un solo civil en la localidad. The Guardian ha reconstruido por primera vez en detalle lo ocurrido aquel día a partir de fotografías, vídeos, radiografías de las heridas causadas por la metralla a los niños y los testimonios de testigos presenciales.
Al menos 15 explosiones
Estas muertes plantean serias dudas no solo sobre la fiabilidad de la información de inteligencia en la que se basó la operación, sino también sobre la creciente campaña militar de Washington en el Cuerno de África. Durante la Administración Trump se han llevado a cabo cientos de bombardeos en el marco de una guerra secreta, envuelta en una gran opacidad jurídica y sin que exista una rendición de cuentas efectiva por las víctimas civiles.
¿Quién autorizó un ataque contra un barrio residencial densamente poblado? ¿Quién era el objetivo y qué justificaba la operación? Los testimonios recabados por The Guardian apuntan a que es muy probable que los operadores de los drones estadounidenses supieran que había niños en la zona.
En términos más generales, la masacre de Jamaame invita a examinar qué valor da el ejército estadounidense a las vidas de la población civil somalí. El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, Donald Trump, ha lanzado reiterados ataques verbales contra los somalíes. En distintos actos públicos los ha descrito como personas de “bajo coeficiente intelectual” y “estúpidas”, y ha calificado Somalia de “país repugnante”.
¿Contribuyó el desprecio mostrado por el presidente a que altos mandos militares creyeran que podían matar a civiles sin rendir cuentas?
Los drones estadounidenses se acercaron lentamente. Poco antes, lo más probable es que hubieran despegado de Camp Simba, una base militar situada más al sur, en la costa de Kenia. Desde la elevada perspectiva de los drones, Somalia debía de ofrecer una imagen deslumbrante: extensas playas vírgenes de arena bordeadas por la espuma blanca del oleaje. A unos ocho kilómetros tierra adentro, encaramada en un meandro del río Jubba, se encuentra Jamaame.
Las imágenes en directo de los drones —conocidas como vídeo de movimiento completo o FMV, por sus siglas en inglés— transmitían la vida cotidiana de Jamaame a un equipo de pilotos y analistas con un nivel de detalle extraordinario. Brett Velicovich, exanalista de inteligencia de operaciones especiales del Ejército estadounidense, afirma que este tipo de drones incluso puede “leer las matrículas de los vehículos”.
En Jamaame, los vecinos vieron que las aeronaves estaban sobrevolando la zona. Aunque Estados Unidos no ha querido dar detalles sobre las armas utilizadas en el ataque, probablemente se tratara de drones MQ-9 Reaper “cazadores-asesinos” armados con misiles Hellfire.
Marian Haji Abdi Guled recuerda cómo se abrió de par en par la puerta de su casa, situada en el barrio de Burburka, para recibir a sus tres hijos, que regresaban contentos de la escuela coránica. Guled se sintió inquieta, asustada por el “tremendo” ruido que se oía sobre sus cabezas. Su casa tembló y los niños salieron corriendo para ver qué estaba pasando.
De repente, otro misil descendió a toda velocidad desde el cielo y Guled también salió corriendo. “Todos mis hijos yacían en el suelo cubiertos de sangre. Cuando intenté socorrerlos, empezaron a caer proyectiles por todas partes. Miraras donde miraras, llovían proyectiles y misiles por todas partes”.
Cerca de allí, la hijastra embarazada de Maryan Nur Buruji había huido para refugiarse en la escuela coránica con su hijo de dos años atado a la espalda.
Según el relato de varios testigos, hacia las 9.30 de la mañana, la escuela fue alcanzada por dos misiles. La hijastra de Buruji murió. El niño pequeño, que seguía aferrado a su madre muerta, logró sobrevivir.
Vi los cuerpos sin vida de mis hijos. A uno de ellos le habían arrancado el brazo izquierdo. El otro tenía metralla en la espalda
En medio del caos, Mohamed Hassan Abdulle corrió a casa de un amigo para pedirle prestada una moto con la que sacar a su familia de la zona de peligro.
“Me dijo que primero iba a ayudar a su familia a huir y que luego volvería a por la mía”, cuenta un vecino.
Abdulle llegó demasiado tarde. Su casa ya había quedado reducida a escombros y debajo yacían los cuerpos de su esposa, Farhiyo Hassan Nuur, de 26 años, y de su hija, Layla Mohamed Hassan, de tan solo 10 meses. Se quedó de pie junto a su casa destruida, con todo el barrio en llamas. “Ni siquiera pude encontrar a nadie que me ayudara a mover los cuerpos de mi mujer y mi hija”, relata.
A las afueras de Jamaame, Gedow Ibrahim estaba cuidando sus cultivos de sésamo cuando recibió una llamada en pánico de su esposa, Nuurto Hussein Abukar, de 30 años.
“Había mucho miedo porque los drones sobrevolaban la zona. Le dije que se quedara dentro de casa”, recuerda.
Hacia las diez de la mañana recibió otra llamada, esta vez de un vecino, que le urgía a regresar de inmediato. Su casa había sido destruida.
Los hijos de Marian Haji Abdi Guled resultaron heridos por la metralla de los misiles lanzados por los drones. Los médicos afirmaron que a su hijo de siete años, Abdiqadir, había que extirparle la metralla o podría quedarse sin poder caminar
Entre los escombros yacían sin vida sus hijas, Maryan, de nueve años, y Farhiyo, de siete. “Vi los cuerpos sin vida de mis hijas. A una de ellas le habían arrancado el brazo izquierdo. La otra tenía metralla en la espalda, que le salía por el pecho”. Su hija Amin, de ocho años, estaba acribillada, le habían perforado el hombro, el muslo, las caderas y la pantorrilla.
Abdullahi Mohamed Abo Sheikh Ali, agricultor y nieto de Mohamed, también recibió una llamada mientras trabajaba en sus cultivos, en la que se le pedía que fuera a casa. Al regresar se encontró con una escena de devastación indescriptible y descubrió que su familia había sido aniquilada. Abdullahi, incapaz de asimilar la muerte de su mujer y sus cuatro hijos, entró en estado de shock. “Nunca ha vuelto a ser el mismo”, lamenta Mohamed, el abuelo.
En los ataques también murieron otras personas, entre ellas un imán muy respetado.
Aunque resulta difícil verificar la cronología exacta de los ataques, los testigos contaron al menos quince explosiones. Mohamed afirma que al menos dieciocho viviendas quedaron destruidas. La escuela ha quedado reducida a escombros. Guled contó nueve ataques solo en el barrio de Burburka.
Aunque todavía intenta comprender la magnitud de su pérdida, Abdullahi no tiene ninguna duda sobre quién considera responsable: “Los estadounidenses nos bombardearon”, afirma. “Bombardearon a niños, mujeres y ancianos. Arrasaron con todo”.
EEUU no ha negado su participación
Cuando Trump inició su segundo mandato, los analistas se preguntaban qué lugar ocuparía Somalia en su política exterior. La primera pista llegó en febrero de 2025, durante el primer viaje oficial al extranjero de su secretario de Defensa, Pete Hegseth. En Alemania, Hegseth se reunió con altos mandos del cuartel general del Mando de África de Estados Unidos (Africom).
El comunicado de prensa del encuentro no mencionó que Hegseth había firmado una directiva que introducía un cambio cuyas consecuencias serían devastadoras para las familias de Jamaame nueve meses después. Las salvaguardias que regulaban los ataques con drones fueron desmanteladas y quedaron sin efecto las restricciones impuestas por la Administración Biden, que exigían la autorización de la Casa Blanca para lanzar ataques con drones en Somalia. Ahora los generales de Africom podían decidir unilateralmente si autorizaban un ataque.
“Recibieron luz verde para llevar a cabo operaciones de forma mucho más intensa y con una supervisión mínima”, explica Jethro Norman, del Instituto Danés de Estudios Internacionales (DIIS).
La relajación de las restricciones sobre los ataques aéreos desencadenó una fuerte escalada de las operaciones estadounidenses en Somalia. Datos de ACLED, una organización especializada en el seguimiento y análisis de conflictos armados en todo el mundo, muestran que Estados Unidos llevó a cabo 123 ataques aéreos el año pasado: seis veces más que el año anterior y el doble del récord previo, establecido en 2019.
La tendencia se ha acelerado todavía más este año. En abril ya se habían registrado 49 ataques, una cifra que equivale a lanzar un bombardeo prácticamente cada dos días.
La pregunta que sigue sin respuesta es ¿qué provocó el ataque contra Jamaame? El Ejército estadounidense nunca ha negado su participación en los ataques. Al día siguiente, un comunicado de Africom afirmó que había llevado a cabo ataques aéreos en esa zona el 15 de noviembre.
En referencia a Al-Shabaab, el movimiento islamista somalí surgido en la década de 2000, el comunicado añadía que el ataque contra Jamaame formaba parte de una operación destinada a “debilitar la capacidad de Al-Shabaab para amenazar el territorio estadounidense, a sus fuerzas y a sus ciudadanos en el extranjero”.
Aunque Jamaame se encuentra en una zona controlada en gran medida por Al-Shabaab, todos los testigos entrevistados por The Guardian han asegurado que el grupo no estaba presente en la localidad. De hecho, afirman que los milicianos nunca han operado en la localidad y que siempre han optado por ocultarse en áreas rurales.
“En nuestra localidad no había presencia de Al-Shabaab; solo había mujeres, niños y ancianos. Antes de los bombardeos, la vida en Jamaame era tranquila y pacífica”, afirma Guled. Buruji añade: “Los únicos habitantes son ganaderos y agricultores”.
Marian Haji Abdi Guled pide que se haga justicia por la muerte de sus hijos.
Dudas sobre el trabajo de la inteligencia de EEUU
Los testimonios plantean interrogantes sobre la calidad de la información de inteligencia estadounidense: ¿a quién pretendían matar los responsables del ataque y hasta qué punto fue exhaustivo el trabajo de identificación y seguimiento del objetivo en las semanas previas al bombardeo?
Como explica Velicovich, los drones permiten emplear “municiones guiadas de precisión” contra personas previamente identificadas.
Cuando participaba en operaciones con drones en Somalia, Velicovich estudiaba minuciosamente las rutinas diarias de sus objetivos: con quién se reunían, cuándo y dónde lo hacían: “Pasábamos hasta tres días sin dormir, observándolos una y otra vez”, recuerda.
Sin embargo, las víctimas mortales de Jamaame fueron, en su mayoría, niños y sus madres. La escuela coránica, llena de alumnos poco antes del bombardeo, fue alcanzada junto con varias viviendas pertenecientes a familias asentadas en la localidad desde hacía décadas. Guled había vivido en la misma casa durante toda su vida. Tenía 42 años cuando quedó reducida a escombros. Nada indicaba que su hogar pudiera ser considerado un objetivo militar.
"Llaman una hora antes y dicen: 'Vamos a atacar este objetivo, por favor, firma este papel'”
Quizá ni siquiera hubo un trabajo de inteligencia previo para identificar y verificar el objetivo. Según Norman, que conoce en profundidad el funcionamiento de las operaciones militares en Somalia, algunos ataques aéreos se llevan a cabo con una rapidez sorprendente.
Afirma que Africom solicita en ocasiones la autorización de las autoridades somalíes cuando los preparativos del ataque ya están muy avanzados. “A veces llaman apenas una hora antes y dicen: Vamos a atacar este objetivo. Por favor, firme este documento”.
Otra posibilidad es que la información de inteligencia sobre Jamaame fuera errónea o hubiera sido manipulada deliberadamente. Según Norman, los responsables estadounidenses son especialmente vulnerables a recibir información falsa.
“Los estadounidenses no conocen realmente lo que ocurre a una escala tan local. Para algunos somalíes resulta relativamente fácil deshacerse de rivales políticos o de miembros de clanes rivales facilitando información interesada”, afirma.
Independientemente de los fallos de los servicios de inteligencia, los operadores de drones estadounidenses deberían contar con una potente medida de seguridad: pueden ver todo lo que ocurre sobre el terreno en tiempo real. El MQ-9 Reaper, por ejemplo, cuenta con cámaras multiespectrales de una calidad excepcional. Las imágenes en directo de los drones permiten a los operadores distinguir claramente entre adultos y niños, y están entrenados para identificar a los hombres en edad de combatir.
Y en Jamaame había niños en la calle, lo que debería haber detenido la operación. Los dos hijos de Guled —de 16 y siete años— y su hija de 14 años estaban en la calle cuando se inició el ataque.
“Se invierte mucho dinero en cámaras e información para verificar que el malo es realmente el malo; parte de ese gasto se destina a la precisión y a no cometer errores”, afirma Velicovich.
Según los testimonios recabados, incluso después de que murieran los niños, varias casas cercanas fueron alcanzadas por misiles. El Departamento de Defensa de Estados Unidos no ha querido explicar por qué se decidió continuar con el ataque.
Incluso con las restricciones actualmente vigentes sobre el uso de la fuerza, las autoridades estadounidenses tienen la obligación de proteger a los civiles que se encuentran en las inmediaciones de un objetivo.
Es posible que el ataque se basara en lo que el Ejército estadounidense denomina patrones de “ataques selectivos”, es decir, operaciones en las que determinadas conductas consideradas sospechosas bastan para convertir a una persona en objetivo, aunque no se conozca su identidad.
“En la práctica, se está matando a personas sin confirmar quiénes son”, afirma Norman. De hecho, las víctimas mortales de la masacre de Jamaame no podían encajar menos en el perfil de un militante.
El ataque resulta aún más difícil de comprender si se tiene en cuenta la altitud a la que volaban los drones. Varios testigos describieron el ruido de las hélices como “extremadamente fuerte”, lo que sugiere que se encontraban relativamente cerca del suelo. Velicovich confirmó que cuanto más bajo vuela un dron, mayor es la nitidez de las imágenes que transmite en directo.
La escalada de la retórica de Trump da luz verde tácita a los mandos militares para que consideren a los somalíes como seres deshumanizados
Entonces, ¿qué expertos analizaron las imágenes? ¿Qué experiencia tenía el equipo encargado de los ataques con drones? ¿Eran expertos en Somalia y podían entender las imágenes? Estados Unidos no ha querido hacer comentarios.
Algunos sospechan que los ataques apuntan a algo más oscuro que una información errónea y lo achacan al desprecio del comandante en jefe de Estados Unidos hacia Somalia. En una diatriba de 2017 contra la congresista Ilhan Omar, Trump señaló que Somalia era un país “totalmente destrozado y plagado de delincuentes”.
Diecisiete días después de la masacre de Jamaame, el presidente cargó contra los migrantes somalíes residentes en Estados Unidos, llegando a afirmar que no eran aptos para vivir en el país. En marzo, en plena intensificación de la campaña de ataques con drones, Trump volvió a referirse a los somalíes en términos despectivos, describiéndolos como personas con un “bajo coeficiente intelectual” procedentes de un “país corrupto”.
Norman considera que la retórica de Trump contra los somalíes resulta especialmente significativa en el contexto de las muertes de civiles.
“La escalada de este discurso, impulsada por el propio Trump, envía una señal implícita a los mandos militares: que los somalíes pueden ser vistos como personas cuya humanidad importa menos. El mensaje que reciben es: ”Adelante, estas vidas no importan“, señala.
The Guardian pidió explicaciones a la Casa Blanca sobre los ataques de Jamaame. En respuesta, la subsecretaria de prensa, Anna Kelly, preguntó si el periódico también pensaba informar sobre “el fraude cometido por somalíes en Estados Unidos”. Kelly añadió: “Calificar de racista la aplicación de la ley y el bombardeo de terroristas es el tipo de estupidez que solo cabe esperar de The Guardian”.
El informe oficial de Estados Unidos sobre el ataque aéreo es breve y opaco. La declaración de Africom no menciona a ningún civil fallecido. Cuando se les pidió que facilitaran su evaluación de las víctimas del ataque, los funcionarios estadounidenses se negaron a hacer comentarios. Tampoco revelaron las identidades de las personas que murieron o resultaron heridas en el ataque.
Esta opacidad también es extensible a los ataques en toda Somalia. El pasado mes de mayo, Africom dejó de publicar “temporalmente” las cifras de víctimas en el país. Un año después, la autocensura sigue vigente.
“Pido una indemnización por la atrocidad que sufrió nuestra familia”
Negarse a reconocer las muertes de civiles impide que las familias obtengan respuestas. Jalale Getachew Birru, de ACLED, afirma: “Cuando matan a civiles no hay transparencia ni se hace justicia”.
Los ataques aéreos sobre Jamaame contaron con el apoyo de las fuerzas terrestres somalíes, lo que plantea la posibilidad de que parte de los daños pudieran haber sido causados por las mismas. Las autoridades estadounidenses no han respondido a las preguntas sobre el papel que han desempeñado las fuerzas somalíes en el ataque a Jamaame.
Sin embargo, los testimonios, que se corroboran entre sí, indican que fueron los misiles de los drones —y no los soldados desplegados ni el fuego de mortero— los que mataron a los civiles. Guled afirma que “de ninguna manera” las explosiones pudieron deberse a morteros.
“Mi hijastra no murió por el fuego cruzado de los combates, sino por un misil que cayó del cielo. La metralla de un misil le alcanzó en el pecho y el cuello. Así es como murió”, denuncia Buruji.
No podemos dormir por el ruido ensordecedor de los motores de los drones. Cada noche sobrevuelan nuestras cabezas
Hasta ahora, ni las autoridades estadounidenses ni el Gobierno somalí se han puesto en contacto con las familias de las víctimas.
Tampoco parece probable que Estados Unidos presente disculpas, pese a que la aparente incapacidad para distinguir adecuadamente entre civiles y combatientes constituiría una vulneración del derecho internacional. Las indemnizaciones también parecen lejanas. Washington dispone de un fondo anual de unos 2,6 millones de euros para compensar a civiles muertos en ataques con drones, pero ninguna familia somalí ha sido indemnizada.
“Pido una indemnización por la atrocidad que sufrió nuestra familia. Ni siquiera tengo qué comer”, dice Buruji.
Ibrahim prefiere respuestas a compensaciones económicas. “Necesito saber por qué bombardearon a mis hijos cuando regresaban de la escuela coránica”.
Guled añade: “Pido a los estadounidenses que hagan justicia y compensen a mi familia por lo que les ha ocurrido a mis hijos”.
Algunos residentes abandonaron Jamaame tras los ataques. Pero los drones permanecieron durante meses sobrevolando la localidad, vigilando las calles desiertas. Su presencia constante, y el miedo que provocan, han hecho la vida insoportable.
“No podemos dormir por el ruido ensordecedor de los motores de los drones. Cada noche sobrevuelan nuestras cabezas. Cuando intentamos dormir, tememos que nos maten”, cuenta Mohamed.
El factor Al-Shabaab
En todo el sur de Somalia, las operaciones estadounidenses contra Al-Shabaab parecen haber tenido un impacto limitado. Mientras tanto, la amenaza que representa el grupo no ha dejado de crecer. Sus combatientes han llegado a situarse a apenas 32 kilómetros de la capital.
“Si el objetivo es destruir a Al-Shabaab, está bastante claro que [los drones] no son especialmente eficaces”, afirma David Sterman, analista del centro de estudios New America.
Hay quien advierte de que la estrategia de Trump para Somalia podría, de hecho, convertirse en un potente agente de reclutamiento para Al-Shabaab.
Mohamed revive una y otra vez los terribles momentos en los que buscaba los restos de sus cuatro nietos: “No podía sujetarlos. Se me escurrían continuamente de las manos”, recuerda. “No había dónde agarrarlos porque estaban destrozados”.
Describe una sensación de ardor que le recorre el cuerpo, atrapado entre la rabia y el dolor. “No sé si es dolor o ira. Por eso lloro”, concluye: “A mis nietos les encantaba aprender el Corán. El último día, ni siquiera tuvieron tiempo de desayunar”.
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