Utopías 23. ¡Oh, bendita utopía!
Qué igual y qué distinto este mes de septiembre. El calendario marca treinta días, como todos los septiembres y el reloj divide los días en veinticuatro horas. Nada ha cambiado. En cambio todo parece distinto. Esa chispa que nos ayuda a mantener un buen tono vital está debilitada. El calor insoportable de agosto y las llamas cegadoras de tantos bosques quemados han dejado una secuela de humo en nuestras mentes.
Lo notamos enseguida. Madres y padres que han empezado el mes sabiendo que sus cuentas corrientes terminarán en números rojos.
Jóvenes y no tan jóvenes sin brújula: estudiar, ¿para qué?, llevan años conociendo el resultado. Trabajar, ¿para qué?, llevan años comprobando que los gastos necesarios, superan con creces los ingresos del trabajo. El colchón familiar parece infinito. No es verdad. En algunos casos no queda nada. En otros adelgaza a gran velocidad. Hasta instituciones tan afines a la Iglesia como Cáritas, persisten en su advertencia contrastada con números y estadísticas: en España, aumenta la desigualdad social, crece la pobreza, el precio de los productos básicos aumenta más que los salarios de los españoles y mucho más que el de las españolas.
Para muchos jóvenes el futuro es tan negro como las columnas de humo que han dejado el fuego de nuestros bosques. Es una situación que nos afecta a todos. Vamos por la vida arrastrándonos, como la señora Von der Leyen se arrastró ante el idiota, cuando fue a aquel campo de golf de Escocia, para firmar un aumento del quince por ciento arancelario en los productos que vendemos a Estados Unidos.
Como se arrastraron ella y los presidentes de Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, cuando acompañaron a Zelenski a la Casa Blanca. ¿Qué consiguieron en aquella reunión patética?.
Que yo sepa la guerra continua en Ucrania. El genocidio persiste en Gaza. Estados Unidos ha bombardeado un buque venezolano. Putin interfiere, presuntamente, en el sistema GPS del avión en el que viajaba la presidenta de la Unión europea y los presidentes de China, India, Rusia, y hasta Corea del Norte se reúnen felices y contemplan un desfile militar que da escalofríos.
Una señal de esperanza fue para mí esa flotilla que salió del puerto de Barcelona el último domingo de agosto con el fin de abrir un corredor humanitario en Gaza. Cuando nos dijeron que habían regresado a puerto por las malas condiciones de la mar, dije adiós a la esperanza. Han vuelto a salir, menos que la primera vez, pero han zarpado, además en Italia, en el puerto de Génova, los trabajadores amenazan con bloquear en tierra los productos que Europa vende a Israel.
Cuando en la Cadena SER escuché que la nueva temporada comenzaba en el territorio israelí más cercano a Gaza, me alegré. Cuando escuché que aquel punto era un mirador con telescopio incluido, al que iban los turistas para vivir en vivo y en directo, los bombardeos con los que Israel destruye Gaza, me deprimí.
En estos momentos estoy en un “tira y afloja”, quiero ilusionarme porque pese a todo, cada vez hay más movilizaciones ciudadanas en contra del genocidio israelí, porque incluso para hacerse ver y oír han interferido en el recorrido de la Vuelta ciclista, porque un puñado de profesores han iniciado el curso escolar 2025/26 con un encierro en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, para protestar contra semejante inhumana barbaridad, porque los medios de comunicación pueden y deben ejercer de conciencia crítica, denunciar las atrocidades políticas, sociales, económicas y humanas, que vienen a ser una sola, y, ¡oh, bendita utopía!, obstaculizar la sensación de impotencia en la que nos encontramos.
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