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El estudio fotográfico en el centro de Madrid que retrata la ciudad con mucho arte desde hace un siglo y medio

Vista exterior de la galería fotográfica en la calle de la Cava Baja (Madrid).

Guillermo Hormigo

Madrid —

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Que las fotografías conservan la historia no es ninguna novedad. Pero además de atesorar la evolución de personas, familias, pueblos o ciudades, esta disciplina artística se infiltra en ellas. Moldea esa misma historia. Igual que el centro de Madrid no se concibe en la actualidad sin los continuos selfies en sus plazas, hay espacios de la capital con una esencia especial por su vínculo con el octavo arte. Uno de los más singulares se encuentra en la calle de la Cava Baja, en el corazón del barrio oficioso de La Latina.

Un edificio de esta vía acoge en su sexta planta un estudio fotográfico en forma de estructura acristalada desde el año 1886. Sobre él, y sobre la curiosa pintura en homenaje a la fotografía en el portal del inmueble, acaba de publicarse una exhaustiva investigación. Sus responsables son Stéphany Onfray, doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, y Sonia Taravilla, técnico de museos en el Museo Nacional del Romanticismo. Taravilla se encarga además de la cuenta El Sereno de Madrid, que descubre grandes secretos de la ciudad en Twitter (donde supera los 55.000 seguidores) o Instagram (con más de 30.000).

“Sonia pasea mucho por Madrid y le encanta acercarse a todos los portales que se conoce. Este lo conoce desde hace varios años”, cuenta Onfray sobre su compañera en conversación con Somos Madrid. Taravilla reconoce entre risas que tiene “por costumbre” acceder a portales ajenos para curiosear un poco. Así fue como dio con Alegoría de la Fotografía (1900), una bucólica y divina pintura elaborada en el techo del vestíbulo del bloque que aloja esta galería fotográfica con 138 años de historia. Prefieren que no quede constancia del número exacto en el que se encuentra para respetar la privacidad de las inquilinas actuales y el resto de vecinas.

El lienzo, que representa una bucólica estampa del proceso fotográfico, servía como reclamo publicitario. “Este tipo de techos pintados en los comercios eran muy habituales a finales del XIX y principios del XX”, apunta Taravilla. Una residente les ha contado que esta estrategia se conjugaba con otras, como la colocación en el portal de algunas de las fotos más destacadas de los distintos dueños del estudio, a modo de escaparate. Formas eficaces e “inmersivas”, apunta Onfray, de captar el interés de viandantes y curiosos. No en vano el autor de la Alegoría, Alberto González, era cuñado del por entonces propietario del estudio, el fotógrafo y también cineasta Ernesto González Bernaldo de Quirós.

“Fue a raíz de la pintura cuando intuí que el inmueble tenía que tener un vínculo con la fotografía. Empecé a indagar y efectivamente descubrí un artículo sobre un singular estudio fotográfico publicado en el blog memoriademadrid”, explica Taravilla. Surgió así la semilla de lo que en un principio iba a ser una colaboración en redes entre ambas, pero acabó materializándose además en un artículo académico para las V Jornadas de Investigación de Historia de la Fotografía de Zaragoza, celebradas el pasado octubre.

Para llegar a ese punto, ambas han llevado a cabo una compleja labor de documentación a partir del padrón municipal, los Archivos de Villa de Madrid (del que reclaman que abra también por las tardes), prensa histórica, expedientes de licencias en la zona o las aportaciones de José Barón Hidalgo, bisnieto del pintor de la Alegoría. “Fueron apareciendo nombres sucesivos de fotógrafos y ahí tuvimos claro que había un hilo conductor común”, señala Taravilla. Onfray subraya las fotografías salidas del propio estudio que fueron descubriendo a lo largo de su labor como “la fuente primaria y primerísima” de la investigación: “Es muy emocionante porque lo puedes sujetar con las propias manos y retrata la evolución a lo largo de una época”.

Aunque la galería fue ideada ya en 1882 y cuatro años más tarde el arquitecto Lorenzo Álvarez Capra solicitó el permiso de ampliación que resultaría en su puesta en marcha, tuvieron que pasar más de dos décadas para que un artista se asentara en el espacio y lo convirtiera en referencia. Fue el mencionado Ernesto González, uno de esos hombres del Renacimiento al que le dio a tiempo a conjugar esta faceta con la de fotoperiodista o distribuidor, productor y director de películas cinematográficas.

De un innovador del márketing a un linaje fotográfico

“Ernesto convirtió el estudio en su casa y su negocio durante 20 años, a diferencia de sus predecesores él echó raíces en el lugar”, relata Onfray. Aunque la original estructura de la galería le antecede, durante su etapa el portal adquirió esa estampa tan particular “con sus innovadoras técnicas de márketing”.

Por suerte, cuando Ernesto se marchó el estudio pasó a manos de otro propietario dispuesto a convertirlo en un hogar a la par que en centro de trabajo. José de Yllera González lo ocupó nada menos que 40 años, entre los años veinte y los sesenta. A su muerte, la dinastía de los Yllera (tuvo cuatro hijos: José, Jesús, Otilio y María Teresa) siguió regenteando la galería hasta 1983. De sus cuatro descendientes, Jesús y Otilio heredaron muy especialmente el oficio parental. No en vano, Otilio abrió otro negocio similar en la calle Postas y “sus fotomontajes en prensa eran muy celebrados”, recuerda Sonia Taravilla.

“De Yllera hay muchísimas fotografías: de comunión, de retrato... Pero quizá las más llamativas son unas publicadas en 1935 en la extinta revista Mundo Gráfico. Es una sesión que retrataba a una persona con una enfermedad mental, Constantino Casanova, caracterizado de Jesús durante la Pasión de Cristo”. Pertenecía a la colección del neuropsiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora, figura clave de la neurociencia y la psiquiatría españolas del siglo XX, quién las mostró en sus exposiciones dedicadas al arte psicopático entre 1935 y 1936. Para Onfray “es un momento de mucha efervescencia creativa”.

Dos mujeres retratadas al fondo del plano

Antes de abordar la época más reciente del estudio, ambas investigadores destacan la figura de dos mujeres que también tuvieron un papel protagonista en su recorrido. La primera es Prudencia Olivares, una de esas ocupantes efímeras antes de la llegada de Ernesto González. Olivares, hermana del fotógrafo cartaginense José Vicente Olivares Becerra, ya anunciaba su comercio en los anuarios profesionales de 1896. “Cuando vimos que aparecía en el padrón, Stéphany (cuya tesis se centra en mujeres fotógrafas a lo largo de la historia) tuvo muy claro que había que escarbar”, presume su compañera.

En el congreso de Zaragoza descubrieron la pista del hermano por medio de otro investigador, que les cercioró de la faceta artística de Prudencia. Su etapa en el estudio fue sin embargo muy breve, y ya en 1897 otro creador diferente se anunciaba en la galería, José Linares.

Más alargado en el tiempo, pero también más difícil de probar, es el papel de Julia Fernández. Onfray y Taravilla tienen indicios de peso para reivindicar el papel de peso de la esposa de Ernesto González durante las casi dos décadas en las que este administró el recinto. Así, se conservan fotografías firmadas como “E. G. Fernández”; “Fernández y González”; “E. Fernández y González”; “E. González Fernández”; “E. González y Fernández” o simplemente “Fernández”. En los anuarios publicitarios de la época, el estudio se encontraba inscrito bajo los nombres de Fernández y González o González Ernesto, a veces de forma simultánea en varios de ellos, lo que complica la evidencia de un patrón claro.

Debido a la gran dedicación de Ernesto González a otros ámbitos como el cine parece bastante plausible que delegara parte de las responsabilidades del estudio en su esposa, Julia Fernández

Stéphany Onfray Doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid

“Sigue siendo una hipótesis, no tenemos pruebas de ello. Pero debido a la gran dedicación de Ernesto a otros ámbitos como el cine parece bastante plausible que delegara parte de las responsabilidades del estudio en su esposa”, teoriza Onfray. Lamenta que en aquellos años la gestión de las propiedades solía corresponder a los hombres, y eso dificulta mucho la labor de documentación para estudiosas centradas en el papel de estas pioneras. Julia Fernández tuvo en cualquier caso una gran implicación e inclinación por la fotografía. Legó incluso a donar piezas al Museo del Romanticismo de la calle San Mateo, justo en el que ahora trabaja Taravilla.

Un ocaso de película

Con el fin de la etapa de los Yllera, el estudio va perdiendo protagonismo en la escena fotográfico, aunque ha seguido alquilado por personas ligadas al sector. Una de las personalidades más destacadas en ocuparlo como estudio de montaje y residencia ocasional fue el cineasta Basilio Martín Patino, director de películas como Nueve cartas a Berta (1966) o Canciones para después de una guerra (1976). “De hecho, en su película Madrid (1987), Martín Patino escenifica el estudio, mostrando su fascinación por su historia, pero también por la belleza de su estructura, de su luz y de sus vistas”, recoge el artículo académico. A Ernesto González, pionero del séptimo arte en el país, le habría encantado esta feliz coincidencia.

Por si fuera poco, la estancia fue escenario de una larga pelea entre unos enamorados Gabino Diego y Penélope Cruz en la comedia El amor perjudica seriamente la salud (Manuel Gómez Pereira, 1996). Onfray compara la forma de reflejar el lugar en esta última película frente a la de Madrid (disponible en Filmin): “En la obra de Martín Patino el espacio y su historia están incluidos en el propio concepto y la propia trama de la película, con un cariño que demuestra que se trataba de un sitio muy personal para el director. Por la época de su filmación todavía era una única vivienda”.

El amor perjudica seriamente la salud nos ha venido muy bien porque da todavía más detalles sobre su distribución antes de la reconversión posterior, antes de que lo partieran en dos inmuebles separados”. Puede apreciarse en el siguiente clip, a partir del minuto 1:55. Efectivamente, como se pregunta la propia Penélope Cruz, subieron seis pisos.

Taravilla ha averiguado que actualmente es propiedad de “unos publicistas” que lo tienen arrendados a dos chicas, cada una de las cuales vive en una de esas viviendas separadas. En una de ellas sigue residiendo una persona vinculada a la fotografía, aunque ha preferido no colaborar en la investigación.

Pero no hay ninguna garantía de que el espacio conserve para siempre sus señas de identidad. Por eso, a través del Grupo Municipal Socialista trabajan en solicitar al Ayuntamiento de Madrid la protección del techo del edificio. “Nos gustaría que además se instalase una placa en la fachada, pero eso depende también de los vecinos”, indica Taravilla. En ella, dice Onfray, no exigirán que aparezca el nombre concreto de ninguno de los artistas: “El espacio de la lámina sería limitado y lo importante es el estudio”, concluye.

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