Cuando Irma Vep llegó a Madrid: las andanzas españolas de Musidora, la musa del Dadá

Irma Vep (Musidora) en un fotograma de Les Vampires

Luis de la Cruz


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Irma Vep, la serie del director Olivier Assayas en HBO con Alicia Vikander de protagonista, es para muchos la propuesta televisiva del momento. A lo largo de los diferentes episodios, el espectador asiste a las andanzas de Mira, una estrella de cine estadounidense en horas bajas que marcha a Francia para interpretar a Irma Vep en una versión del clásico del cine mudo francés Les Vampires. La trama nos adentra tanto en la personalidad del personaje presentado por Vikander como en el de su fantástica intérprete histórica: Jeanne Roques (1889 - 1957), para siempre Musidora, nombre artístico que adoptó en homenaje al personaje de la novela Fortunio de Théophile Gautier.

Contaba el crítico Emilio Sanz de Soto en un artículo de la revista Triunfo (1973) que, con motivo de una fiesta en la Cinemateca Francesa para celebrar el cincuentenario del séptimo arte, apareció una mujer septuagenaria tumbada en un banco con mallas negras y la cara empolvada en blanco. Su rostro, impasible, parecía el de un espectro. Se trataba, por supuesto, de Roques en la piel de Musidora, que había trabajado los últimos años en la propia Cinemateca y hace mucho que había dejado de ser Irma Vep. La acción, según el historiador del cine George Sadoul, pudo ser el último guiño surrealista de la musa de la Belle Époque. Europa era otra después de la guerra mundial y su figura permanecía entonces olvidada, por lo que los jóvenes cinéfilos franceses no entendieron la performance. Poco después, volverán a tener ocasión de sorprenderse con la presencia los grandes popes de la literatura francesa de vanguardia en su funeral. Hoy, la figura de Musidora, sobre todo en su encarnación vamp, ha sido reivindicada por amantes del género y redescubierta tras la película de Olivier Assayas de 1996 y su actual serie en HBO.

Cuando Musidora llega a Madrid el 1 de noviembre de 1921, es ya la gran dama de los dadaístas–como luego lo será de los surrealistas–, una de ellos y, a la vez, un símbolo de época embutido en mallas negras. Irma Vep. Louis Feuillade, creador del serial Fantomas, tuvo claro el personaje después de verla enfundada en mallas en el teatro en 1915, e ideó Los Vampiros. Luego, juntos profundizarían en la idea de la femme fatal en el serial Juedex, donde daba vida a la aventurera italiana Diana Monti. Tuvieron un gran éxito y fueron señalados como incitadores de la Banda Bonot y otros grupos ilegalistas de la época. En 1917 un joven André Bretón le tiraba rosas en un pequeño escenario parisino. Antes, había sido conocida en pequeños círculos artísticos de París como una personalidad subterránea, siempre en compañía de sus inseparables Colette –de quien Musidora adaptó a la pantalla varios textos– y Marguerite Moreno, de origen gaditano, que recitaba en los cafés poemas simbolistas con acento andaluz. Poco antes de llegar a España, Musidora había actuado junto a Tszara y Aragó en la primera jornada Dadá. Una leyenda en plena contrucción.

Viajó a España por primera vez en 1919 para rodar el drama Vicenta, aunque ya antes sentía fascinación por nuestro país, que ella asociaba a los españoles anarquistas que frecuentaba su padre en París cuando era pequeña. Conocer a su familia, por cierto, ayuda a comprender la sorprendente peripecia vital de Musidora. Su padre, Jacques Roques, fue músico y compuso una sinfonía libertaria titulada El Vengador. Su madre, Marie Porchez, fundó una de las primeras publicaciones feministas, tuvo algún escarceo político –los carteles electorales rezaban Amantes a la par– y fue detenida junto con una Musidora de cuatro años por lanzar pasquines en una representación teatral, acusando a una conocida dama de la escena de plagiar la sinfonía de su marido (acusación que, al parecer, era cierta).

Contaba que su decisión de venir a España se debió a un pálpito y para emprender la aventura ibérica fundó su productora y buscó financiación. Montárselo por su cuenta no era una novedad, en 1913 había participado en una experiencia colectiva de cine revolucionario para rodar películas y proyectarlas en las casas del pueblo. Encontró la financiación gracias al novelista de éxito Pierre Bonoit, que a su vez le presentó a Jaime de Lasuén, un vasco, carlista y adinerado, que había vivido exiliado en París. Con el dinero de este rodaron Pour Don Carlos (o La capitana Alegría), un proyecto desmesurado de temática carlista de tres horas y media de duración.

En Madrid, Musidora se encuentra con Antonio Cañero, ganadero y rejoneador español que había conocido en el rodaje de La capitana Alegría, con el que vivía un intenso romance. Años después lo contaría en la novela biográfica Paroxysmes. Cañero había obtenido poco antes un gran éxito en una corrida en Madrid a beneficio de las víctimas de la guerra de Marruecos, junto con el Gallo, Ignacio Sánchez Me­jías, Manuel Granero, Chicuelo, Juan Belmonte y Juan Luis de la Rosa. Y poco después se convertirá en la gran figura del rejoneo de la época. Militar de carrera y miembro de una familia carlista acaudalada, existe en Córdoba una barriada llamada Cañero, cuyas casas baratas fueron edificadas en terrenos cedidos por el diestro. Aunque poca gente recuerda el origen del nombre, la denominación ha sido polémica por su intensa relación con la represión franquista, ya que el Escuadrón Cañero, con el rejoneador al frente, se dedicó a limpiar la sierra de fugados durante la guerra del 36.

En la capital, Musidora escribe a su madre madre: “apenas si he llegado, y ya mi amante me quiere eternizar en un cuadro. ¿Y si fuera cierto? El pintor se llama Romero de Torres”. La obra, efectivamente, se llegó a realizar y se conserva hoy en día en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. El romance de Musidora con Cañero debía ser bien conocido por sus círculos de confianza franceses y, así, Louis Aragon le escribía “si no volvéis atravesados los dos por una misma cornada, no me vuelvas a escribir, Musa”.

Mientras comienza el rodaje de su siguiente película española, Sol y sombra, actúa en el Teatro de la Comedia, donde debuta solo dos días después de su llegada con un espectáculo llamado El día de Musidora. En sus propuestas, la francesa mezcla artes escénicas, lecturas, conferencias, canciones y proyecciones, lo que no fue muy comprendido por el público español, al parecer. La prensa subraya su belleza, obviando sus evidentes talentos artísticos. Manuel Machado, por ejemplo, escribió “Musidora no tardará en ser popular y predilecta entre nosotros, porque posee el supremo arte de ser bonita”. Otros, resaltaban los tintes semipornográficos de sus actuaciones.

La película está protagonizada por Musidora y Cañero. Para su realización, la directora contó con el apoyo del propio Alfonso XII y la Comisaría Regia del Turismo y Cultura Popular, una institución que pretendía promocionar España como destino turístico. Al parecer, el monarca fue a ver el espectáculo de Musidora y, contaba ella, por su presencia se abstuvo de interpretar alguna canción subida de tono incluida en el espectáculo. Lo que quizá desconocía es que el rey español era un pornógrafo contumaz.

En Sol y Sombra Musidora interpreta a dos mujeres distintas: a la española Juanita y a una turista extranjera rubia y desinhibida. Tradición y modernidad pujan en medio de un drama con torero y, de paso, España promociona el patrimonio toledano ante los vecinos franceses. La película se estrenará en el Royalty madrileño el 11 de octubre de 1922, antes de salir de gira por provincias. En las proyecciones, una vez más Musidora interpretaba en directo, cantaba, leía…y también se proyectaba un cortometraje rodado por ella titulado Musidora en España.

Después llegaría La tierra de los toros, en la que Musidora hilvana un relato autobiográfico de cine dentro del cine que, aunque no la hemos visto, imaginamos haría las delicias del aficionado al cine de autor de muchas décadas después. El argumento: Musidora, gran admiradora de España, viaja para rodar una película sobre toros a Andalucía y acaba casándose con el famoso rejoneador Antonio Cañero. De nuevo, la cinta se estrenará en el Teatro de la Comedia el 1 de febrero de 1924. En esta ocasión, le acompañó sobre el escenario la bailarina Custodia Cortés Romero, conocida como La Venus del Bronce.

Musidora regresa a París en 1925. Con su etapa española termina también su faceta como directora cinematográfica. Allí encuentra a sus antiguos compañeros dadaístas convertidos en surrealistas y, de nuevo con ellos, continuó siendo inténsamente moderna, aunque su estrella y su presencia pública fueron apagándose poco a poco. Musidora fue una pionera que trasciende el papel de figura icónica de la literatura y la pantalla, como directora, productora de cine y artista total. Mucho más –aunque nada menos– que Irma Vep.

PARA SABER MÁS:

Musidora (Annette Förster, Columbia)

El díptico turístico de “Musidora” (1922-1924)propaganda cinematográfica en el marco de la Comisaría Regia (María del Carmen Puche Ruiz, Estudios turísticos)

Musidora en el Dadá, en el surrealismo y en España (Emilio Sanz de Soto, Triunfo)

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