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La parábola del Opus Dei en Madrid, con colegios desde Moratalaz a Vallecas y una 'villa espiritual' en Mirasierra

Imagen de archivo en una clase antigua del colegio Tajamar, centro histórico del Opus en Vallecas.

Lourdes Barragán

Madrid —
12 de abril de 2026 22:33 h

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Septiembre de 1928. El sacerdote español Josemaría Escrivá de Balaguer viaja a unos retiros espirituales. El segundo día, mientras releía unas anotaciones viejas en su habitación después de ir a misa, recibe una inspiración divina: debe crear el Opus Dei, una nueva prelatura en la Iglesia que inspire a los fieles con acompañamientos pastorales y formación espiritual. Años más tarde, el fundador de esta jurisdicción católica pasó a ser conocido internacionalmente y, en 2002, fue canonizado por el Papa Juan Pablo II. Abrió camino a una sólida doctrina que hoy aún se imparte en colegios, institutos, universidades o centros concertados de todo el país. Pero hubo un lugar en el que empezó todo.

En sus cuadernos, custodiados por el Opus, escribió lo siguiente: “Consideraba yo por la calle, ayer tarde, que Madrid ha sido mi Da­masco, porque aquí se han caído las escamas de los ojos de mi alma [...] y aquí he recibido mi misión”. Decidió que su organización se fundaría en la capital, donde los suyos aún mantienen una importante influencia. Aunque hoy en día se distribuyen centros educativos del Opus Dei por los distintos barrios de la ciudad, y con distinto poder adquisitivo, buena parte de ellos continúa centralizándose en distritos acomodados como Fuencarral-El Pardo. Especialmente en los barrios de Valverde o Mirasierra.

En esta última zona residencial al norte de Madrid, con poco más de 30.000 habitantes, se encuentra uno de los principales colegios del Opus en la ciudad. Además del centro privado de Montealto, El Prado se ha consolidado como un punto conocido en el distrito de Fuencarral, donde se imparte una educación en base a principios cristianos y en la que los propios sacerdotes de la prelatura ofrecen “atención pastoral” in situ a familias, docentes o al alumnado. Ambos pertenecen al grupo Fomento Centros de Enseñanza, gestionado por el Opus y con presencia en 35 comunidades autónomas.

Desde los cincuenta, hasta hoy: la presencia del Opus en Madrid

Especifican desde la prelatura que, en otros casos como el de la Red Educativa Arenales (con hasta 10 escuelas en la ciudad) no existe como tal una “vinculación institucional” continuada, pero sí “acuerdos puntuales” con alguno de los colegios o solicitudes de ayuda en cuestiones pastorales. En dichos centros, según la organización, la dirección es quien tiene la autonomía docente y el Opus organiza una “vivificación cristiana”, que estará ligada al alumnado y su rutina escolar. La delegación madrileña del círculo religioso se sostiene, como en otras zonas, principalmente gracias a los ingresos generados por las cuotas de escolarización, que varían en función de cada centro.

El pasado mes de marzo, el colegio tuvo que apartar a uno de estos capellanes después de abrirse una investigación policial por supuestos abusos a tres menores durante un campamento de verano, al que acudieron dos años atrás con un club juvenil que también promueve la fe cristiana. En Madrid es donde más centros se concentran, con hasta siete en total según la página web de la institución educativa: un centro de Bachillerato o colegios privados y concertados como Aldeafuente, Aldovea, Las Tablas-Valverde y Los Olmos, además de los dos ya mencionados en Mirasierra.

Dudé mucho porque era un colegio muy religioso y mi hijo es musulmán. Pero al final ha sido una experiencia enriquecedora y se ha sentido acogido en clase

Rhama Madre de un alumno del colegio Tajamar

Desde la organización madrileña del Opus Dei confirman que el primer colegio vinculado a su agrupación se inauguró precisamente en Puente de Vallecas, zona obrera con barrios que concentran algunas de las rentas medias más bajas de la ciudad. El colegio Tajamar abrió en 1958, siendo entonces el único colegio en Madrid ligado a la organización. Con el tiempo surgieron otros centros que replicaban este modelo y se extendieron, ahora sí, por barriadas y municipios de toda índole. Algunos nombres: Los Tilos, en Vallecas; el Senara de Moratalaz; Retamar en Pozuelo de Alarcón; el colegio británico Alegra de Majadahonda; Fuenllana o Andel en Alcorcón y Orvalle en Las Rozas.

De los que se concentran en Madrid capital, buena parte depende del grupo de Fomento, con el que el Opus Dei mantiene un convenio único que aplica a sus centros de enseñanza. Las opiniones sobre cómo es la vida en estos colegios son muy dispares. Para Rhama, por ejemplo, terminó siendo mejor de lo que esperaba. Tanto ella como su hijo Isaac, de seis años y alumno en el Tajamar, son musulmanes. Al principio, dudaba sobre si matricularle en un colegio que instruye en la fe católica y aborda en su enseñanza los mandamientos cristianos. “Hubo gente que nos lo recomendó y otra que desconfiaba al ser un colegio muy religioso”, confiesa, aunque ahora no se arrepiente de aquella decisión.

Considera que la mezcla ha sido “enriquecedora” en muchos sentidos y que su hijo “se ha sentido acogido en clase” pese a que sus creencias son distintas. Cuando es momento de rezar, simplemente se aparta y luego reanuda la lección. Al ser un centro concertado, la enseñanza es gratuita; pero Rhama paga unos 200 euros al mes entre el comedor y las actividades extraescolares. Estas cuantías, además de los pagos por la matrícula en sus instancias privadas o clubes vinculados al colegio, son una de las principales fuentes de ingresos de la organización.

Mi padre, que era ingeniero industrial en esos años, nos decía que toda su nómina iba a parar directamente a nuestras tasas del colegio

Carlos, de 47 años Exalumno del colegio privado de El Prado (Mirasierra)

También reciben donaciones privadas de particulares o empresas, y subvenciones públicas en el caso de las escuelas concertadas. “La educación cristiana en nuestros colegios pone el acento específico del carisma del Opus Dei: el trabajo y las circunstancias ordinarias como lugar de encuentro con Dios”, resumen sobre su finalidad desde la propia institución católica. Sin embargo, algunos afirman haber su fe precisamente entre sus paredes.

Carlos tiene 47 años y vive en Madrid, pero desde los ocho y hasta la mayoría de edad pasó mucho tiempo en el colegio privado de El Prado, donde sus padres le matricularon junto con su hermano al convertirse en miembros del Opus Dei. “Mi padre, que era ingeniero industrial en esos años, nos decía que toda su nómina iba a parar directamente a nuestras tasas del colegio”, recuerda el vecino, que en esa cuenta incluye también a una hermana más en otro centro ultracatólico: eran tres en total.

Reconoce que en sus clases recibió algunos valores que ahora guarda con gratitud, como el compañerismo, llegando a hacer votaciones entre el alumnado para decidir quién era el “mejor compañero del aula”. Pero aquellos días le alejaron de su dios, pese a que empezó sus estudios siendo creyente. “El sacerdote podía venir en cualquier momento a la clase, aunque fuera irrumpiendo a mitad de una lección, y sacarte del aula sí así lo consideraba. Yo mismo he estado dentro de un cuarto donde nos citaba y en el que nos preguntaba si ya habíamos tenido sexo, o si nos habíamos masturbado”, rememora, siempre según su testimonio.

Escuela de élites y consolidación en barrios más humildes

Este exalumno ha pedido omitir el nombre del sacerdote para evitar posibles represalias, y lanza una última reflexión acerca de lo que ya recuerda como una “mala y muy difícil experiencia”. “Yo ahora vivo cerca del [colegio] Tajamar, en una zona llena de inmigrantes u otras personas sin capacidad económica que llevan allí a sus hijos porque creen que así recibirán una mejor educación. Es concertado y, para ellos, gratuito. Pero el precio real es que traten de evangelizarlos”, incide, señalando que buena parte de los colegios privados se ubican en zonas de clase media alta como Fuencarral o Moratalaz, mientras que los concertados se asientan en áreas más desfavorecidas para “perseguir otro objetivo”.

La red del Opus Dei se extiende históricamente a ciertas élites económicas y sociales, una tradición que continúa vigente a través de sus centros educativos, todos privados o concertados. Madrid es su gran centro fundacional y uno de los nodos más completos en España, pero no necesariamente el que más instituciones académicas concentra: en Pamplona, sin ir más lejos, está la sede principal de la Universidad de Navarra, joya de la corona para la prelatura católica.

Evolución del colegio Tajamar, el primero vinculado al Opus en Madrid, a lo largo de las décadas

El presidente Pedro Sánchez, mismamente, cursó un posgrado en su escuela de negocios. También pasaron por sus instalaciones la exministra Arancha González Laya; el presidente de Repsol, Antonio Brufau; o el CEO de Sanitas, Iñaki Peralta. En Madrid, la singularidad está en la mezcla de origen histórico, presencia pastoral, red escolar urbana y proyección hacia élites académicas y profesionales. La propia página madrileña del Opus añade otros centros en la región, pero no todos están en la capital. De todos ellos, muchos se gestionan directamente a través de la institución eclesiástica y, otros, a través de empresas o asociaciones civiles que operan bajo los preceptos del Opus Dei.

En el caso de los concertados, estos también reciben fondos públicos de la Comunidad de Madrid para sostenerse económicamente, al igual que ocurre en otras regiones pese a que la actual ley educativa (LOMLOE) prohíbe recibir dinero de arcas comunes a las escuelas que segregan por sexo. En los últimos años, ya con esta normativa en vigor se adjudicaron 4,5 millones de euros a los colegios fememinos Fuenllana, una de sus obras corporativas; mientras que el centro masculino Andel recibió 2,7 millones. Otros 2,3 millones de euros se asignaron a Los Tilos, y el colegio Senara gestionó casi dos millones de las cuentas regionales. Todos los centros mencionados, salvo el último en Moratalaz, se ubican en zonas modestas o con bajo poder adquisitivo como Puente de Vallecas, Móstoles o Alcorcón. Y configuran una red sólida que mantiene y perpetúa su legado en la ciudad.

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