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Y de regalo por asistir al debate... una corbata

Cuando abrí el regalo era una bonita corbata roja. Habría sido un regalo estupendo, la verdad es que sí, de no ser porque nunca me he puesto una y ahora tampoco pienso hacerlo por una sencilla razón: soy una mujer.

Ya se habían disculpado cuando, tras finalizar el debate sobre política energética en la que participé, me entregaron un regalo envuelto: "No te pega mucho", "puedes regalárselo a alguien". Me despedí con prisas y solo pensé que quizá se tratase de algo formal; algo que no es de mi estilo. Pero no, era justo eso, una corbata. 

Me pregunto: si ese es el regalo por defecto, ¿nadie pensó que una mujer podría participar en un debate? ¿nadie pensó que quizá sea una mujer a la que haya que agradecer haber dicho algo interesante?. Y lo que es aún más grave, si la consultora dedicada a comunicación y Public Affair da este mensaje, ¿es que solo trabaja con hombres? 

Supongo que lo sensato habría sido no regalar nada antes que regalar una corbata. Y justo de inmediato replantearse: ¿qué clase de empresa somos si ignoramos sistemáticamente a la mitad de la población?

Marta.

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Autocontrol avala que una publicidad de Cillit Bang es discriminatoria por dirigirse solo a las mujeres

Tres anuncios del producto de limpieza Cillit Bang han sido declarados discriminatorios por el Jurado de la Publicidad de Autocontrol.  El motivo: presentar a las mujeres como únicas encargadas de asumir íntegra y exclusivamente las tareas del hogar y, de este modo, contribuir a perpetuar "comportamientos estereotipados con una clara asignación de rol por razón de género". El mensaje es, según Autocontrol, "discriminatorio" por este motivo.

Las piezas publicitarias emitidas en televisión muestran a mujeres que se graban a sí mismas haciendo alguna tarea doméstica. En un caso se trata de limpiar la mampara de la ducha. "Con la nueva espuma más espesa, pasas el trapito y mira qué limpieza y qué brillo. Y así dura días y días. Con Cillit, puedo pasar más tiempo con los niños". Tras ensalzar las virtudes del producto, una voz en off (masculina, por cierto) se dirige exclusivamente a un tarjet femenino ("pruébalo y cuéntalo tú misma"). Mientras, en pantalla se muestra un mosaico de fotografías de las supuestas usuarias que han tratado el artículo de limpieza : todas mujeres.

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Una oferta de empleo público busca "servicio de azafatas" para las tiendas de la Fábrica de la Moneda

Publicación del BOE con la oferta de trabajo.

El Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas ha convocado una oferta de empleo para cubrir puestos de trabajo en las tiendas de atención al público de la Fábrica Nacional de la Moneda y el Timbre. Esa oferta de contratación, según la redacción del BOE, se limita al "servicio de azafatas". Es decir, a la contratación de mujeres para este desempeño profesional.

Este medio se ha puesto en contacto con el organismo, que asegura que "en ningún momento" han querido "ceñir el trabajo únicamente a mujeres". "Seguramente es un error de redacción del concurso, sin más. Para la próxima pondremos Personal de atención y quedará mejor", justifican fuentes de la Fábrica Nacional de la Moneda y el Timbre, que añaden que en la plantilla en puestos de atención al público hay tanto hombres como mujeres.

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Las mujeres no saben de coches

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Hace unos años decidí comprarme un coche. Un coche para mí, con mi dinero. Fui con mi pareja a varios concesionarios y todos los vendedores se dirigían a él. Otras veces me acompañó mi padre y misma situación: yo era invisible. En algunas ocasiones los empleados me llegaban a dar la espalda o les ofrecían a mis acompañantes masculinos si querían probar el coche, un vehículo que desde el principio había dejado claro que era para mí. Era tan evidente la situación que mi padre le dijo a uno de los trabajadores: "No tienes que venderme el coche a mí, sino a ella que es quien lo va a pagar".

Irene.

Mi marido y yo decidimos comprar un coche de segunda mano. Él no tiene mucha idea, así que era yo la que preguntaba por los caballos, la antigüedad, si tenía cambiada la correa de distribución... pero nadie me respondía directamente a mí. Durante la visita al último concesionario, me acompañaba un compañero de trabajo. La empleada que nos atendió tuvo la misma tentación de dirigirse a él. Al día siguiente, volví con mi marido y, en este caso, tardó poco en darse cuenta de que, por más que le preguntaba sobre los caballos del motor, él no dejaba de mirarme para que lo sacara del apuro.

Natalia.

El otro día fui a un desguace a por una pieza de recambio para el motor de mi coche. Me acompañaba mi padre porque está jubilado y tiene tiempo libre, no porque entienda del asunto. Mi marido es mecánico y yo tengo algo de idea del tema (mi padre, en cambio, nada en absoluto) por lo que yo sabía exactamente la pieza que debía pedir, su nombre y, por si acaso, llevaba un par de fotos en mi móvil.

A la hora de atendernos, el empleado se dirigió a mi padre sin dudarlo un instante e incluso usó el singular "¿qué quería?", a pesar de que éramos dos. A continuación, cuando me dirigí a él para pedirle la pieza, preguntó un par de detalles del coche. Le contesté yo de nuevo, pero siguió dirigiéndose a mi padre en todo momento. Se ve que las mujeres no podemos saber de mecánica.

Ana.

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Historias en la consulta del pediatra

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Mi marido y yo acudimos siempre a las revisiones pediátricas de nuestra bébe juntos. Él se muestra parte activa en la visita: comenta, viste y desviste a la niña cuando hace falta, le cambia el pañal... Pero siempre, tanto la pediatra como la enfermera, al hablar de los cuidados del bebé, la alimentación o el baño lo hacen dirigiéndose a mí en exclusiva, como si fuera la única responsable de esos cuidados. ¿Cuándo van a dejar de asociar los cuidados de los hijos e hijas exclusivamente con las mujeres? ¿Por qué sistemáticamente se olvidan del padre?

Kira

Hace unas semanas mi pareja y yo tuvimos que ir con nuestra hija a urgencias. La médico que nos atendió nos indicó que iban a poner a la niña unos paños de agua para bajarle la fiebre en una habitación contigua a la consulta donde nos atendieron.

Cuando salimos de la sala, la doctora se dirigió a mí para decirme que solo la madre podía entrar a la habitación. Yo debía esperar fuera, según sus indicaciones. Me quedé estupefacto. ¿Por ser un hombre soy menos útil que la madre y no se cuidar de mi hija?

Carlos

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La llave del gas es cosa de hombres

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Hace unos días hubo una fuga de gas en mi comunidad. Un técnico entró a mi casa para cerrar la llave y averiguar dónde se había producido la fuga. Era domingo y mi novio estaba cocinando mientras yo recogía. Nos dijo que volvería, y cuando lo hizo dio la casualidad de que tanto mi pareja como yo estábamos hablando por el móvil.

Yo estaba más cerca de la puerta así que fui a abrir y dejé el teléfono para atenderle. El técnico entonces se puso nervioso, no atinaba a explicar lo que teníamos que hacer con la llave del gas y terminó diciéndome: "Es un momento, voy a hablar con su marido para que sepa lo que hay que hacer". Me negué, le dije que podía comentármelo a mí. De hecho, es mi casa porque no vivimos juntos, así que me parecía normal que yo fuera su interlocutora. 

Pero como ya conocía el camino a la cocina, decidió entrar y pedir a mi novio que se asomase a la ventana para que viese cuál era la posición correcta de la llave. Supongo que algo tan simple como que la llave tiene que quedarse cerrada porque siguen sin saber de dónde viene la fuga yo no podía comprenderlo. Mejor hablarlo con mi "marido", alguien que tenga voz en casa.

Lo que más me molesta es que con las ganas de acabar cuanto antes con esa visita, pues tenía una llamada que atender, no reaccioné. Me quedé parada y permití que le explicase todo a mi pareja. Cuando colgué el móvil analicé cómo había sido la situación y me cabreé. Me pregunto qué habría pasado si hubiese estado sola en casa, o hubiese estado con compañeras de piso. ¿De verdad hay personas que creen que hace falta un hombre para entender qué hay que hacer con la llave del gas?

Ainhoa.

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Retiran las cuñas publicitarias de un prostíbulo de Burgos por denigrar a la mujer

"Semana de las setas en el Club Mississipi. Boletus peluda, amanita jamona, lepista desnuda. Todas comestibles. Sube y participa con tu champiñón morado. Show en directo todos los fines de semana y muchas sorpresas. Y recuerda, quien de setas se alimenta, se pone burro sin darse cuenta". Esto es lo que decía una de las cuñas publicitarias con las que el Club Mississipi de Aranda de Duero se daba a conocer en la emisora local de la Cadena SER. Unos anuncios que ya han sido retirados.

Aunque según la dueña del establecimiento lo que se buscaba en todo momento era el tono humorístico y la diversión, el contenido de las cuñas era denigrante para la mujer. Esta semana, el Instituto de la Mujer, dependiente del Ministerio de Sanidad, recibió una queja por este contenido radiofónico y actuó siguiendo el protocolo habitual. Se dirigió a la emisora en cuestión, se le planteó el problema y la empresa retiró en el acto el conjunto de cuñas que servían de publicidad en las ondas al Club Mississipi.

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“Ama de casa”, una ocupación solo de mujeres para el Ministerio de Educación

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Formulario para solicitar las becas MEC para grados, licenciaturas y máster.

Imagina la siguiente situación. Estás rellenando tu formulario online para solicitar la beca de carácter general y movilidad del Ministerio de Educación (más conocida como beca MEC). Entras en la pestaña de unidad familiar, donde tienes que rellenar los campos correspondientes a las ocupaciones de tu padre y madre, o tutor. En el desplegable, todas las situaciones laborales aparecen en género neutro (masculino), salvo una: "ama de casa".

Fuentes de la cartera que dirige Iñigo Méndez de Vigo justifican que por un "descuido" no se han actualizado en los formularios las ocupaciones, "tomadas del Directorio de Profesiones del Censo del INE". En dicho directorio, el término "ama de casa" ha desaparecido. Solo puede encontrarse, como ocupación más próxima, "empleado doméstico".

El "descuido" de mantener solo en femenino esta situación laboral va a ser "subsanado próximamente", según Educación.

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Exhibicionismo en la playa

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Recuerdo muy vívidamente algo que me sucedió cuando yo tenía unos 11 años, en un lugar apartado de una playa valenciana. Era pleno día y el sol lucía en el cielo sin miramientos. Una amiga con la que me encontraba y yo decidimos inspeccionar un poco más aquella playa, que tenía diversas dunas desperdigadas algo alejadas de la orilla. Nos adentramos por una de aquellas dunas y nos dispusimos a tomar el sol tranquilamente. Pero allí había un hombre. Un hombre de unos 50 o 60 años, fornido y con la piel muy morena. Se notaba que pasaba largas horas expuesto al sol. En cuanto lo vi, tuve el impulso de marcharme de allí, pero aquel señor se dirigió hacia nosotras:

-"¿Por qué no os acercáis y hablamos un rato?", nos dijo. Él estaba sentado en la arena.

No sé cómo ni por qué –supongo que mi conciencia no era por entonces tan precavida como lo es ahora, después de muchas experiencias similares- accedimos y nos sentamos junto a él. El hombre empezó a contarnos historias de su día a día: que le gustaba ir a la playa, pescar a veces, tomar el sol. Todo era normal hasta que de pronto empezó a hablar de su mujer. Y se sacó el pene. Nos lo mostró diciendo: "A mi mujer no le gusta follar conmigo porque dice que tengo la polla demasiado grande, ¿vosotras qué opináis?". Nos miraba y miraba su pene, aún puedo recordar su aspecto, una imagen muy vívida que se quedó grabada en mi retina. "¿Os gustaría probar esta polla?", añadió. Por suerte (una suerte que agradeceré toda mi vida) pudimos salir corriendo de allí. Contamos lo ocurrido a nuestros padres, pero cuando se dirigieron al lugar del "incidente" el señor ya se había marchado.

A lo largo de mi vida, desde bien niña, he tenido que soportar experiencias similares. Desde los tocamientos del hermano de mi mejor amiga mientras (él creía) que yo dormía, hasta los de un compañero de clase, ya en secundaria, que encima me acusó de no corresponderle y "de dejarle triste y destrozado". Desde que cumplí los 12 años he soportado a diario (sea a plena luz del día o de noche) cómo hombres de cualquier edad o condición me gritaban obscenidades por la calle, intimidándome y logrando así lo que ellos querían: sentir dominación sobre mí. Sobre las mujeres.

A mi madre la intentó violar un conductor de autobús. Cuando el vehículo se quedó vacío, el hombre aparcó en una cuneta y fue tras ella. Afortunadamente, también tuvo la suerte de escapar. Tenía por entonces 15 años, era el año 1984. Entonces, el juez de turno dictaminó que "no se podía manchar la dignidad de un hombre de familia, trabajador y respetable, de aquella forma". El caso se archivó.

Han pasado casi 30 años desde aquello, pero hay muchas cosas que aún no han cambiado. Todavía las mujeres nos sentimos culpables por contar estos testimonios por miedo a ser acusadas de lunáticas o de querer llamar la atención (como a mí se me acusó en alguna ocasión). O por vergüenza.

Creo que es momento de que todas contemos este tipo de vivencias, de que se publiquen y la gente las sepa para conocer la realidad, para que esa realidad cambie y la sociedad pueda ser más igualitaria y equitativa. Por ello invito, como yo he hecho, a todas esas chicas que han sufrido situaciones de este tipo a que las denuncien y se las cuenten al mundo.

Rebeca

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El grupo de chicos que se rieron de unas piernas sin depilar

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El pasado verano volvía de hacer un curso que organizaba una galería de arte cerca del museo Reina Sofía. Estábamos en plena ola de calor madrileña y yo llevaba, como suele ocurrir en los días de calor, una falda. Falda que, como también es lógico, dejaba ver mis piernas. Y ahí es donde empezó el problema.

Nunca he sido una persona a la que le guste demasiado depilarse, no solamente porque me duele, sino también porque me suele provocar muchos problemas en la piel, por lo que siempre intento apurar al máximo antes de hacerlo. Además, he crecido en una familia en la que a mi madre tampoco le hace mucha gracia el asunto y después de haber leído mucho sobre el tema siempre he considerado que depilarse es una decisión personal y que cada una tiene derecho a hacer lo que quiera. 

Yo esa tarde llevaba lo que podría describirse como 'una barbita de tres días'. Es decir, ni corto, ni largo. Lo suficiente para que si estás morena (que no era mi caso) no se note. Así que no, no iba perfectamente depilada. Y así, con mi falda y mis piernas ligeramente peludas me subí al metro. 

Cuando llevaba ya un par de paradas se subió al vagón un grupo de chicos que rondarían los 22 años, y se sentaron en unos asientos que estaban libres justo delante de mí. Inmediatamente miraron mis piernas, se miraron entre ellos y se empezaron a reír. Y yo decidí parar la música. Uno de ellos dió un codazo a otro y, por si acaso no se había dado cuenta (o yo no me había fijado) volvió a señalar mis piernas (más disimuladamente), soltó un comentario a su oído y ambos comenzaron a reírse.

No había oído nada realmente, así que quise creer que solamente eran imaginaciones mías y ya está, por lo que volví a mi música. No quise darle más vuelta al asunto y bajé la vista para cambiar de canción, aunque la pandilla de chicos del vagón seguían riéndose como si allí sucediera la cosa más graciosa del mundo. 

Cuando levanté los ojos de nuevo vi que otra vez estaban mirándome las piernas. Y esta vez, uno de ellos me miró, y como queriéndome recordar cómo tiene una que depilarse las piernas, extendió su mano y pasó un dedo de la otra por encima, como si se tratase de una cuchilla. Luego me volvió a mirar, comentó algo al oído de su compañero y todos se bajaron, no sin antes echar un vistazo a mis piernas que tan asombrosamente graciosas les parecieron. Ninguno de ellos iba depilado. Pero yo, nada más llegar a casa, lo primero que hice fue pasarme la cuchilla. Y mientras lo hacía se me ocurrieron mil cosas que les debería de haber dicho, si no me hubiese sentido tan humillada.

Alejandra

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