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VÍDEO | Así interiorizan niñas y niños los estereotipos de género

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Me compré un coche para volver de fiesta sin miedo pero lo sigo teniendo

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Detalle de un coche.

Cuando hace un tiempo tomé la decisión de gastarme el dinero que tenía ahorrado en un coche, no lo hice porque lo necesitara para ir al trabajo por las mañanas o para ir a clase por las tardes. En estas situaciones siempre uso transporte público o comparto coche. Decidí comprarme uno principalmente para esos fines de semana que salgo con mis amigos, para no tener que pedir a mis padres que me vengan a recoger a las cuatro de la mañana porque, de otra manera, tendría que coger un autobús nocturno lleno de borrachos que si les parece divertido te hacen el trayecto imposible. También para no tener que andar de noche mirando de vez en cuando por encima del hombro.

Así que, harta de estar más pendiente de la vuelta a casa que de la conversación con mis amigos, invertí mis ahorros en lo que consideraba mi independencia, mi libertad. Estaba tan contenta. Tras la compra, esperaba que mis padres me echaran un sermón sobre la responsabilidad de no beber cuando se va a conducir. Pero no, su comentario fue: "Que alguien te acompañe hasta donde tengas aparcado el coche".

El comentario fue como un jarro de agua fría. Después de todo sigo necesitando un guardaespaldas. Hagas lo que hagas, coger el transporte público, un taxi, o tu propio coche, ese miedo nunca se va. La calle no es segura para las mujeres y por eso nosotras mandamos mensajes a nuestros amigos cuando hemos llegado a casa: "Ya he llegado, buenas noches". No es por educación, en realidad lo que estamos queriendo decir es "ya estoy a salvo".

Seguiré disfrutando de mi coche y bailando y riéndome con mis amigos cada fin de semana. Porque el machismo podrá quitarnos muchos derechos, pero no las ganas de vivir.

Marta

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Un libro de Infantil: a las niñas les gustan los carritos de bebé y a los niños las pelotas

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Una de las páginas del libro Lecturas 1, de La Galaxia de Los Libros (SM).

La editorial SM enseña a los alumnos y alumnas de cinco años que les gustan cosas diferentes solo en función de su sexo. El libro Lecturas 1 muestra a una chica y a un chico puestos frente a un escaparate: ella se fija en "la casita, el carrito de bebé, la tortuga y las pulseras" y él en "las acuarelas, el barco pirata, la marioneta y la pelota de goma", dice el texto. 

El contenido, enviado por una lectora, corresponde a la última edición del libro de la colección La Galaxia de las Letras y se utiliza en las clases de 3º de Educación Infantil de muchos colegios. 

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Una mujer para cada botella de detergente

Algunas de las imágenes de la última campaña de Perlan.

Una mujer para cada botella de detergente. El que cuida y renueva la ropa de color está envasado en una botella roja y, al lado, una mujer vestida de rojo sonríe. El que cuida y refresca la ropa de deporte va en botella azul y le acompaña la imagen de una mujer corriendo con camiseta del mismo color. Así hasta cinco detergentes de la marca Perlan, que ha lanzado su última campaña asociando a cada producto una mujer vestida del color de la botella.

La asociación de consumidores Facua instó a la empresa Henkel Ibérica a que retire la publicidad por posible vulneración de la Ley de Igualdad. " La campaña apela al rancio y casposo estereotipo sexista de vincular las tareas del hogar con la mujer", dice la organización.

Después de las quejas, la marca ha retirado la imagen de las mujeres de su publicidad y las botellas de detergente ya aparecen solas en su página web.

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Madrid, 7:30 AM: Me siento agredida dos veces en solo veinte minutos

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Un tren de cercanías en Madrid.

Madrid, 7:30 AM estación de Cercanías Atocha. Como cada día tengo que coger el tren para llegar a mi oficina, es un trayecto corto pero esos trenes siempre van hasta arriba. Me gusta ponerme cerca de la puerta porque me agobia bastante que haya tanta gente, quizá se deba a que soy más bajita que el resto y me siento un poco atrapada e indefensa.

Esta mañana, al ser puente, había menos gente que otros días. Entro y me agarro a la barra para sujetarme. De repente noto que algo duro me está tocando el culo, pienso que será un bolso, una mochila o algo similar… Me doy la vuelta y veo que hay un hombre detrás de mí que está tocando mi culo con su pene y que está empalmado. No puedo explicar el asco, odio y rabia que siento en ese momento. Consigo reaccionar y soltar un "Qué asco y usted es un cerdo". El susodicho no dice ni mu ni muestra vergüenza ni arrepentimiento. Y lo peor es que tampoco nadie del vagón dice nada cuando yo alzo mi voz.

Con mi cabreo salgo de la estación, esperando que el aire fresco y el paseo hasta mi oficina me despejen y hagan menguar mi enfado. Al poco de empezar a andar veo que un chico joven viene en sentido contrario. Al pasar por mi lado se me acerca y me suelta un "chocho". En ese instante estoy tan noqueada que no puedo ni responderle. En apenas veinte minutos me he sentido agredida dos veces.

He llegado a la oficina y lo único que he podido hacer es desahogarme con mis compañeras y compañeros. Reconozco que hay otro tipo de cosas que me pasan habitualmente y a las que no les doy tanta importancia, por ejemplo, que cuando elija un vino para la cena se lo den a probar a mi pareja (hombre) o que me piten los coches cuando salgo a correr, etc… Parece que tener tetas y culo autoriza a ciertos especímenes a comportarse así.

Lorena

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Arquitecta joven busca clientes que no le hagan comentarios sexuales

Delia cuenta los comentarios frecuentes de sus clientes que tiene que aguantar.

Soy arquitecta y soy joven. La mayoría de mis clientes son hombres y muchos intentan ligar conmigo. Al principio me desconcertaba y no sabía como reaccionar. Al final terminaba poniendo una sonrisa tonta que al parecer les daba pie a seguir diciendo barbaridades no profesionales y me costaba esfuerzo centrar el tema en el trabajo. No era el fin del mundo, pero era molesto.

Al poco tiempo, estas salidas de tono ya no me pillaban por sorpresa. No me hago la ofendida ni la escandalizada, pero no les río las gracias y, obviando por completo cualquier comentario sexual, sigo muy amablemente con lo estrictamente profesional. Pese a que considero que mi actitud no fomenta ni motiva que sigan lanzando comentarios irrespetuosos, debo decir que muchos insisten hasta que me obligan a ser descaradamente borde. Tener que hacerte la borde cuando no lo eres no es agradable, sobre todo si te toca hacerte la borde con quien tiene que pagarte. No es el fin del mundo, pero es molesto.

El otro día un cliente que por su actitud (primero sexual que, ante mi indiferencia, pasó a paternalista) ya me había obligado a ser borde e ir seria a sus reuniones decidió que yo hablaba mucho y me mandó callar. En un punto en el que no estábamos de acuerdo me soltó un "cállate un poco que hablas demasiado" y se puso el dedo índice en la boca. Obviamente le dije que yo así no trabajaba. No le monté ningún pollo ni subí el tono de voz, pero le solté un discurso sobre el respeto y la educación que le podría haber dicho a un niño de diez años. En fin, me tocó decírselo a un cliente. Me tocó poner en riesgo un proyecto y, por lo tanto, mi salario. Tampoco fue el fin del mundo, pero fue molesto.

He sido la joven simpática que los machirulos culpan por dar pie al que nos acosa, he sido la borde que corta en seco cualquier salida de tono, he sido la que maneja perfectamente la delgada línea entre ingenua y borde. Finalmente he llegado a la conclusión de que, haga lo que haga, siempre pasa lo mismo. 

Delia

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Yo fui cómplice de un micromachismo

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Nueva York.

Empiezo diciendo que soy chico y que mi voz aquí probablemente no sea la más apta ni la más experimentada ni la más acreditada para hablar de ciertos temas que impactan en un sentido mucho más estricto a nuestras compañeras. Hablo desde el pequeño machismo en que habito y pienso habitamos todos o casi todos, por desgracia, también desde mi relativa ignorancia, y a pesar de todo, desde mi sentido de empatía. 

Mi rol es el de posible complicidad con un micromachismo sucedido a mi entonces pareja, a la que llamaré 'C' por mantener el anonimato. Un día en Nueva York decide tomar un taxi desde el aeropuerto de La Guardia para regresar a su apartamento. El taxista, según me relató ella por teléfono después, era un hombre relativamente joven que hablaba inglés con fuerte acento o que al menos se desentendía del que le hablaba ella. En cualquier caso, C nota a los pocos minutos de partir que el taxista le está llevando por un camino desconocido y bastante más largo que el que ha tomado en otras ocasiones. Le dice reiteradas veces al conductor que no van por la vía correcta y que cambie de dirección, que tome la ruta del puente a Harlem y no hacia el interior de Queens. A pesar de ello, el taxista sigue su camino y se desentiende.

A los pocos o muchos minutos C se incomoda, empieza a sentirse atrapada y llevada a la deriva en el vehículo de un desconocido. Finalmente, C llega a casa, bastante más tarde y pagando bastante más de lo esperado, nerviosa y asqueada, en particular por el tema de no haber sido escuchada. Ella misma me cuenta todo esto por teléfono a los pocos minutos de bajarse del coche. 

Pero esta no es la historia de la agresión que experimentó mi pareja en el taxi o al menos no solo. Es a la vez la historia, que ahora cuento bastante arrepentido, de cómo yo no gestioné bien mi papel como oyente al escucharla por primera vez. Aquella noche y en los días siguientes C me contó que pensaba presentar una denuncia a través del sitio web de la compañía de taxis y posiblemente implicar también a la policía si fuera necesario. Yo se lo desaconsejé, y ella se lo tomó muy mal.

No quiero entrar a fondo en los razonamientos que entonces le di. Algunos quizá ya los podéis intuir ("es trabajador, es inmigrante, en Estados Unidos putean a los trabajadores y a los inmigrantes, le podrían despedir, es Nueva York y Uber se ha comido el negocio que antes tenían taxistas como él..."). En todo caso, bastaría con decir que ella me comunicó bien claro que se sentía severamente insultada por la experiencia, inclusive mi pequeña intervención sobre el sí o no de tomar una decisión, que correcta o no, era suya. 

Diego

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Cosas que te pasan cuando te vas de vacaciones con tu amiga

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Thelma y Louise.

Todas nuestras experiencias dependen de nuestra condición en el mundo: no es lo mismo buscar piso siendo negro que blanco, tampoco es igual de fácil, o de difícil, encontrar trabajo si llevas velo que si no. También difiere la manera de viajar. Cualquier mujer que lo haya hecho sola o con otras mujeres sabe que desde el momento en el que comienzas a planear unas vacaciones has de tener en cuenta muchas variables que no te plantearías en otras circunstancias, como por ejemplo evitar ciertas zonas de las ciudades (o incluso ciertos destinos) en pos de mayor seguridad, prestar especial atención a si el anfitrión de AirBnB parece fiable, o preferir viajar en BlaBlaCar solo con chicas. Aunque por todo esto acabes pagando más de lo que te gustaría.

Mi amiga Berta y yo elegimos ir juntas de vacaciones este agosto con un coche alquilado por una costa del litoral mediterráneo. Un lugar muy turístico que, ya de entrada, sí nos ahorraba algunas de las anteriores preocupaciones. Rumiamos entre nosotras por primera vez nada más hacer check-in en el hotel, cuando el recepcionista nos llamó "niñas": ambas tenemos 25 años y nos estábamos pagando la estancia con nuestro sueldo. Los siguientes días nos infantilizó en más ocasiones con comentarios como "qué tarde llegáis hoy" o "en esa playa no encontraréis chicos guapos" (como si eso fuese lo único que buscábamos). Esa misma noche de llegada, dos desconocidos tuvieron a bien gritarnos "mira qué chochos" en pleno centro del pueblo. Pasó más veces, con otras palabras, con más desconocidos, y a cualquier hora. Porque total, estamos todos de vacaciones.

Durante la semana hubo varios señores que se vieron en la obligación de opinar sobre los selfies que nos hacíamos: si salíamos guapas, si poníamos morritos, si qué serias. Si les respondíamos que no nos interesaba su opinión sobre nuestra foto, solían ofenderse. En la playa, mientras haciamos topless o nudismo, algunos nos incomodaron con sus miradas. Por descontado, conduciendo el coche, pandillas de chicos o de señores paraban su charla para observar cómo aparcaba, en una postura parecida a la que mantendrían si estuvieran en los toros. También se hicieron bromitas de todo tipo cada vez que había que pagar en un parking y me veían entrar al volante.

En un chiringuito tuvimos una conversación demasiado larga y surrealista con el dueño porque nos dijo que podíamos fumar o no "dependiendo de cómo me lo pidas". Hubo otro restaurante en el que el camarero nos vaciló con que teníamos que sonreírle si queríamos que nos trajese el arroz negro de la carta (la verdad es que estábamos cansadas después de todo el día en el agua y no nos apetecía sonreírle a él, solo nos apetecía comer). Tampoco nos enfadó tanto aquel comentario como ver que le hacía la misma broma a una chica de unos 13 años de la mesa de nuestro lado, porque tanto Berta como yo hemos tenido esa edad y conocemos lo incómodo de esa situación delante de tu familia.

Afortunadamente no ocurrió nada grave y todo se limitó a pequeñas anécdotas no tan molestas pero si repetitivas. Digamos que no te amargan la estancia (por suerte, paralelamente das con otras muchas personas, hombres y mujeres, amables y maravillosas), pero sí te recuerdan constantemente tu posición, sobre todo si eres consciente de cómo de distinto sería el trato si a tu lado estuviese un chico. Lo habíamos vivido más veces: aquellos gritos por la noche en Estambul, el camarero pesadísimo de Lisboa, la zona de Milán por la que mejor no pasar, el copiloto de BlaBlaCar que me interrumpía constantemente, o aquel conductor al que luego tuve que bloquear de WhatsApp porque me masacró a mensajes. También el viaje que no hice porque "no era recomendable" para una chica de 20 años. Hablándolo nos acordamos de Maria José y Marina, asesinadas en Ecuador en marzo de 2016. Hubo quien dijo entonces que viajaban "solas", cuando lo cierto es que viajaban muy bien acompañadas la una de la otra.

La periodista June Fernández recogió en el número A Bordo de Género de Altaïr Magazine varias experiencias de mujeres que viajan solas y, además de corroborar que lo hacemos en menor medida que los hombres (un 87% de ellos lo ha hecho alguna vez frente al 73% de nosotras) y de que lo que más nos preocupa es la seguridad, citó un apunte: "La psicóloga Miriam Lucas Arranz recuerda que en un viaje no se dan necesariamente más situaciones de acoso machista que cuando vas sola a un bar en España. Por tanto, para hacer frente a ese acoso, sirven las mismas estrategias de la vida cotidiana. Insiste en la importancia de 'decir 'no' sin remordimientos, y quitarte de la cabeza ideas como que tú te lo has buscado'".

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Los refrescos light y "la nueva figura" de Susana Díaz

Captura de pantalla del artículo publicado en La Razón.

La presidenta de Andalucía, Susana Díaz, es noticia. No por sus políticas o por su papel en el PSOE, tampoco por sus opiniones. Es noticia por su dieta y por su cuerpo. " A Susana Díaz llevan observándole pérdida de kilos desde las elecciones primarias, que ya son meses. Ahora, en septiembre, vuelven a adjudicarle una especie de operación bikini inversa", dice un artículo publicado en La Razón, que destaca que la política "ha pasado un poco de hambre este verano".

Captura del artículo sobre Susana Díaz en el ABC.

Captura del artículo sobre Susana Díaz en el ABC.

También el periódico ABC dedica una de sus piezas a la "nueva figura" de Susana Díaz, una imagen, dice el diario, "más estilizada" y que se debe a una "dieta estricta". " Tras la maternidad, Susana Díaz había ganado algunos kilos. Eso y la intensa agenda política de la presidenta de la Junta le habían obligado a usar ropa más holgada. Ayer, en su visita al puerto de Sevilla dejó sorprendidos a los asistentes con una figura esbelta que dejaba mostrar un favorecedor traje veraniego color blanco y amarillo, a juego con unos zapatos de tacón que combinaban el blanco, el amarillo y el negro", dice el periódico.

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El camarero machista

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Me ocurrió al llegar a la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Iba yo con dos amigas, acabábamos de aterrizar. Después de varias horas de viaje desde Roma teníamos hambre y, mientras hacíamos tiempo, decidimos entrar a un McDonald's a cenar. 

El caso es que, mientras mis amigas esperaban guardando la mesa, yo fui a pedir mi comida. Cuando vas en grupo suele hacerse, se va por turnos para no dejar solas las pertenencias.

Estaba yo haciendo cola cuando se queda una caja libre y el dependiente me dice, y cito textualmente, "por aquí guapa". Ahí ya empezamos mal. Es un trabajador. Decido pasarlo por alto. Un piropo sin más. Me choca un poco pero no digo nada.

Al llegar al mostrador empieza la fiesta. Durante los cuatro minutos que estoy haciendo el pedido el camarero me pregunta que de dónde soy, que a dónde viajo, que si voy a ser "buena o mala" en mi destino, que cómo me llamo, y me insiste, me obliga, me dice repetidas veces que le apunte mi número en el tique, tal instinto de superioridad tenía. Me insistió, porque si no no me dejaba irme, en que le apuntara mi nombre y mi número de teléfono en el tique que tenía que quedarme yo para reclamar mi pedido después. Cuando se lo pedí no me lo devolvió y me dijo que después me hablaría por whatsapp.

Me sentí tan ofendida y discriminada que al ser la primera vez que me pasaba algo tan descarado me quedé totalmente bloqueada. Le tuve que mentir en todas mis respuestas para que me dejara en paz y volver a mi mesa. 

Al llegar yo una de mis amigas se dirige al mostrador y no me da tiempo a advertirla. Al volver, nos cuenta su reacción. Al parecer, el camarero no nos había visto juntas. Éste, al verla llegar, le pregunta: "¿Eres amiga de Nerea?" Nerea es el nombre falso que yo le había dado. Mi amiga, al escucharle, se sorprende y responde que no. Es en ese momento cuando el camarero empieza con las preguntas y repite el proceso. Mi amiga se pone nerviosa, se quiere ir, no quiere darle su número ni responder a sus preguntas y el camarero insiste unas veinte veces hasta que finalmente desiste. 

Las dos estamos en tensión por si éste se enfada, le da un arrebato y no nos saca la comida. Finalmente, dicen nuestros nombres (deberían haber sido números), recogemos nuestras bandejas y nos vamos a nuestra mesa hablando de lo ofendidísimas que nos hemos sentido. Se lo contamos todo a nuestra tercera amiga y juntas decidimos que al acabar de cenar iremos a quejarnos al encargado. Esa actitud no es admisible para un trabajador, ni para nadie.

Así pues, vamos a hablar con el encargado, y al acercarse, vemos que es un chico joven, similar al que ha cometido la agresión. Le explicamos el caso y su única salida es ofrecernos un helado gratis para compensarnos. Nosotras no sabemos ni qué decir. No sé que nos ofende más, si la discriminación en sí o la reacción del encargado.

Al llamar al chico en cuestión para que nos pida perdón dice: "Ah, pero ¿os lo habéis tomado en serio?, ¿os habéis sentido ofendidas?".

No entiendo por qué no puedo ir tranquila a un restaurante y que solo por ser mujer me tengan que tratar diferente y se crean con derecho a acosarme y a decirme esas cosas. 

Leyre

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