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Defensa contra el macholopitecus

"—Eso sí es un cuerpo y no lo de la Guardia Civil"

"Lo ha dicho muy contento"

"Al enjabonarme en la ducha, le daba vueltas a por qué no había sido capaz de replicar a ese señor"

Swimming pool cocktail party, England, 1932. Via Tumblr (@yesterdaysprint)

Swimming pool cocktail party, England, 1932. Via Tumblr (@yesterdaysprint)

Habitualmente, cuando salgo de la piscina siento clavadas algunas miradas curiosas. En los meses de pana y lana, antes de que las pieles se bronceen y las retinas se acostumbren a las carnes, el morbo por el cuerpo humano alcanza cotas más dignas de Oriente Próximo que de España en pleno siglo XXI. Como protesta, siempre intento no taparme con la tabla de espuma. Me repito eso: que ya estamos en el siglo XXI y, además, en una piscina pública. En mi delirio, incluso he llegado a plantearme si seré yo la acomplejada, la que se inventa ojeadas furtivas y análisis detenidos.

Por suerte, hoy se han despejado todas las dudas respecto a mi cordura.

Justo antes de cubrirme con la toalla, he sentido unos dedos en el hombro. El dueño era un señor que bien podría ser mi abuelo, con su gorro mal puesto y sus implantes dentales. Me ha sostenido la mirada desde el palmo que le faltaba para llegar a mi altura y ha silabeado, sin soltarme el brazo:

—Eso sí es un cuerpo y no lo de la Guardia Civil.

Lo ha dicho muy contento.

Luego se ha retirado hacia el vestuario entre carcajadas, feliz por haberme alegrado el día con ese piropazo.

Al enjabonarme en la ducha, le daba vueltas a por qué no había sido capaz de replicar a ese señor. De explicarle que eso que había dicho se llama objetualizar a la mujer, que no es bonito ni agradable, y que seguir reproduciendo esas conductas es contraproducente para la igualdad real. Solo podía pensar en su sonrisa complacida, complaciente, mientras resonaba en mi cabeza la frase de Gata Cattana: «Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo», y me daba cuenta de que ambas cosas –el señor, la frase- pertenecían a universos paralelos.

¿Por dónde empiezas a diseccionarle a un macholopitecus de toda la vida, de los de bocadillo de calamares, palillo y cumplido en boca, sus concepciones de género?

Señor macholopitecus. Abuelo, querido abuelo. Quizá si pensara usted en sus nietas, podría entenderlo. Si alguien dijera eso a sus nietas, ¿le molestaría? ¿O lo agradecería, como si una confirmación de la belleza femenina por parte de otro macholopitecus fuera el culmen, el apogeo, la guinda de cualquier jornada?

Cuando me seco la espalda, abatida, llega a mis oídos esta frase:

—Los hombres se piensan que es llegar y pam, pam, pam, y fuera.

Giro la cabeza y hallo a una señora que sobrepasa los setenta años. Le clarea el cabello en las raíces.

—Y así están las cosas, que hay mujeres que no saben lo que es eso. Que no han tenido un orgasmo en su vida. Y claro, viene uno, el que sea, y les toca, les hace tilín tilín, y ¿qué? Pues que pam, pam, pam: ¡fuera el marido!

—No se puede juzgar a nadie —interviene otra, y aprecio que se refiere a la esposa infiel.

—Lo que hay que hacer es enseñarles. Me gusta así, toca aquí —sigue la septuagenaria abanderada de la emancipación sexual femenina.

—Ya, pero a veces la comunicación es muy difícil… —se excusa la de antes, la recatada.

Yo sonrío cada vez más. Finjo maquillarme con detenimiento, pero solo quiero escuchar las barbaridades que estas mujeres padecen en silencio en sus casas rebosantes de macholopitecus. Cómo se ríen de lo blandiblú de la pilila cuando ellos beben mucho, de la caída vertiginosa de la libido al ver la dentadura postiza en el vaso de la mesilla. Al final no puedo controlar las lágrimas de risa y la feminista originaria me espeta:

—Te lo estás pasando genial, ¿eh?

—Me está encantando —le respondo.

Estas mujeres contienen la verdadera filosofía universal. Lo mismo hablan de la receta de las lentejas que dan clases avanzadas de la vida, de las que no se pagan con dinero. Probablemente no les interesa quién fue Luxemburgo ni tienen especial apego hacia Campoamor. No han leído a Federici. Tampoco han escuchado a Gata Cattana, pero no tiene que venir ella, ni Aristófanes, a explicarles lo que Lisístrata intentaba hacer.

Estas mujeres se cierran de piernas a la hostilidad, al egoísmo, y lo tienen claro. Lo llevan teniendo claro desde hace mucho. Porque en la esfera pública de la piscina, los macholopitecus dicen «eso sí es un cuerpo» y creen hacer un bien social, pero en el área íntima del vestuario, las mujeres ajustan las cuentas. Nadie les tiene que explicar a ellas por qué esto o por qué lo otro. Les basta hacer mofa de un pito fláccido, cuando sus macholopitecus lo consideran el emporio de la civilización.

Entonces me doy cuenta de que estas mujeres no han estado tan indefensas y anuladas por dentro como a algunos les gusta hacernos creer. No mientras hayan sentido un cosquilleo en alguna parte que les impulsara a lo nuevo, a lo desconocido, rompiendo las normas en secreto y armando revuelo. No mientras hayan existido libertadoras, precursoras. Mujeres con la lengua bien larga, y la falda… de la altura que ellas deseen.

Debe ser el calorcito del secador, que se me ha metido en el alma, porque cuando abandono las instalaciones llevo en la cara una sonrisa enorme. Y no precisamente porque el piropo del macholopitecus me haya alegrado el día.

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