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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Los buenistas

Foto difundida por EFE en 1940 de la entrevista de Franco y Hitler en Hendaya. La imagen de los dictadores fue superpuesta y procedía de otra foto de más calidad.

José Perelló

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A veces en la vida, sobre todo en vacaciones, es conveniente divagar, soltar las riendas, y equivocarse. Eso promueve la polémica, porque tener siempre la razón resulta aburrido y poco estimulante, además de imposible.

Permítanme que les plantee una cuestión peliaguda y muy polémica; en todo caso muy adecuada para una relajada siesta de agosto. El interés de dicha cuestión no está en su originalidad, sino en el fondo asunto: cómo lo vemos cada un@ de nosotr@s.

Antes, creo que es conveniente que nos pongamos de acuerdo en algo básico. Para ello les sugiero lo siguiente: Imaginen una encuesta promovida por el Ministerio de Ética en el año 3641, con una pregunta y dos únicas respuestas: “¿Se considera Vd. Buen@ o Mal@? Marque la B o la M. Muchas gracias”.

Quienes crean que el resultado de esa imaginaria encuesta puede rozar el empate, porque “en el futuro todo mejorará”, incluida la sinceridad, pueden dejar de leer. No les va a interesar nada el resto.

Quienes por el contrario opinen que el resultado, en cualquier época en que se plantee este hipotético y ético referéndum, debe andar muy cerca de un 99,9/ % de B contra un 0,1% de M, pueden continuar, si lo desean.

Naturalmente, si este porcentaje se diera en la vida real, esto sería Xanadú o la sala de espera del Séptimo Cielo.

Es como la envidia. Reconocemos que es nuestro pecado nacional, pero nadie se confiesa envidioso. Y sin embargo todos tenemos conocidos, familiares o amigos envidiosill@s, ¿no es así?

Hagamos un breve y nada científico análisis de esta particular distorsión.

Los más veteranos recordarán algunos de aquellos esloganes de finales de los sesenta. La ubicua tv estatal tenía sus ventajas; como no había partidos políticos a los que apoyar ni machacar, se dedicaba a darnos consejos y se lo tomaban muy en serio: “Contamos contigo”, era para que hiciésemos deporte; “ Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”, para que no tirásemos colillas desde el seiscientos sin aire acondicionado, etc., etc.

El estado, nuestro Estado, por muy dictatorial que fuese, como todos los estados, nos animaba a que fuésemos buenos ciudadanos. Perdón, “ciudadanos” queda muy republicano para aquellos años; más bien pensaban en los honrados españoles, pobres o ricos, analfabetos o intelectuales, empresario o productores. “Trabajadores”, y mucho menos “obreros”, tampoco estaba muy bien visto. (Perdonen la incorrección política, pero así se escribía entonces hasta en Mundo Obrero). Aunque la mayoría de “productores” en las fábricas de conserva o de calzado eran mujeres, eso de “obreras” sonaba demasiado rojo.

El estado franquista -al que sentíamos e imaginábamos como un olimpo inaccesible en el que un montón de extraños diosecillos velaban por nosotros bajo el palio de la divina tutela-, nuestro Estado, y sus sucesivos gobiernos, predicaba la bondad y la solidaridad. Y hasta el ahorro energético. “Aunque Vd. pueda pagarla, España no puede”, era para que no consumiéramos demasiada energía eléctrica.

Incluso los mantras publicitarios comerciales evolucionaban para adaptarse a los nuevos tiempos. “Beber es cosa de hombres”, pasó a ser en la siguiente década “Beber con moderación es cosa de hombres”. Se ve que las mujeres de antes no bebían, excepto las que salían en las coplas o en el cine.

Resumiendo: el Estado se empeñaba - y se empeña-, en que fuésemos buenos y solidarios. Es decir, predicaba el “buenrrollismo”. Algo se consiguió, porque hasta aquel - hoy impensable- “to el mundo es bueno” se hizo muy popular y podía verse en muchos coches junto al perrito de peluche que movía la cabeza.

Hasta los multirraciales Viva la Gente recorrían el mundo con su mensaje de amor y paz entre los pueblos. Eran otros tiempos; el final de la guerra fría tenía muy despistada a la CIA, sus financiadores.

Hasta bien entrados los ochenta, no se puso de moda en la publicidad predicar el egoísmo, que vino de manos de las privadas porque vendía más.

Por no hablar de lo que se predicaba -y se sigue predicando- los domingos en los púlpitos: la parábola del buen samaritano, el amor al prójimo como a ti mismo, la caridad, como la mayor de las tres virtudes teologales…

El estado franquista, paternalista y patriarcal, contaba a su vez con un Padre invisible, justiciero y todopoderoso, más bien severo y parco en palabras; y una Madre amorosa, amante del frescor de las grutas, las excursiones a las marismas y las conversaciones con inocentes pastorcillos.

Bajo este doble amparo, el estado cuidaba de sus hijos e hijas; sobre todo de los hijos, que a su vez estaban encargados de cuidar de las hijas. Creo que me estoy metiendo en un lío.

Volvamos a la cuestión. El caso es que la bondad, ser “buen@”, era -¿y es?- lo más de lo más. Ahí empiezan los problemas. Porque una cosa es predicar y otra dar trigo.

No era raro entonces ver a una feligresa en misa (también a algún feligrés, pero menos) emocionarse y llorar escuchando un epístola de San Pablo y, al salir, pasar olímpicamente del pobre que pedía limosna sentado en la puerta del templo. Exactamente igual que ahora pasamos de los molestos pedigüeños que nos asaltan mientras tomamos nuestra exquisita marinera con una cerveza fresca. Algunas veces les damos algo de calderilla para que se larguen y nos dejen tranquilos.

Así que ya ven que no somos mucho mejores que la señora de la misa, sensible a la oratoria santificadora e insensible al sufrimiento de los pobres; aunque nos creamos más buenos que ella, no lo somos.

Pero ser buen@ molaba. Los buenos - “el chico”, como se decía- siempre ganaban en las películas. Sólo el cine de autor se atrevía a transgredir ese sacrosanto dogma comercial, a veces con desastrosos resultados en las taquillas. Pero la bondad tipo monjitas maravillosas no es muy fotogénica. Era el turno de los malos malísimos.

Charles Manson no podía responder a los miles de cartas de sus admiradoras. Y a nuestro paisano, el de la catana, le sucedió algo parecido. Hasta escuchamos decir a una novieta de Bart Simpson que él le gustaba, “ porque era malo”.

Los malos tiene su público. A veces, la mayor parte de una sociedad se apunta al Mal; por desgracia lo sabemos muy bien.

No hablo, en plan filósofo, del Bien y del Mal , el eterno problema metafísico que no ha resuelto la humanidad y tal vez no resuelva nunca.

No pretendo tanto. Si todos los filósofos que en el mundo han sido no han logrado aclararse, no voy a hacerlo yo en una columna estival.

Lo que digo es que eso de dividir a la gente en dos categorías, “los buenos y los malos”, cuando salta desde los púlpitos o las pantallas en cinemascope y tecnicolor a los escaños del Parlamento y al debate político, supone una seria amenaza a la razón y un peligro para la convivencia ciudadana.

En todas las épocas, al poder y a sus servidores les ha resultado muy útil esta simplificación maniquea. Buenos, contra malos. Ese, por ejemplo, era el guion de los sangrientos reality show Tormenta del Desierto y Libertad Duradera, las guerras de los Bush.

En principio, los que apoyaron esas acciones de guerra perpetradas por estos ‘mendas’ en nombre del Bien, considerada por ellos como una cruzada contra el Eje del Mal, ¿no deberían denominarse “buenistas”?

Si a los que apoyan la separación de un territorio se les llaman separatistas, a los que defienden la unidad, unionistas, a los que seguían a Marx, marxistas, a los fans del Madrid, madridistas, etc., los que se identifican en el bando de los Buenos, entusiastas defensores del Bien contra el Mal , con o sin eje, ¿ no deben ser conocidos por los siglos venideros como “Buenistas”?

Pero para desenredar este embrollo pseudofilosófico, que espero no les corte la digestión, tal vez sea imprescindible haber hecho varios masters en USA o en la URJC.

Así podremos explicar con autoridad al inculto votante, que un/una “buenista” es un elemento peligroso, una virulenta bacteria, un lobo disfrazado de cordero, sólo por querer que nadie se corte las palmas de las manos saltando sobre las afiladas concertinas de Ceuta; o alguien que poniendo en riesgo su propia vida, salva de morir ahogados en el mar a seres humanos, mucho menos importantes para nosotros que nuestras mascotas. Se acabaron las bromas.

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