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De destrucción

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A esto, a lo ocurrido en los últimos meses de 2019 y principios de 2020, las culturas primitivas lo llamaban lluvia. Pero tal concepto se perdió con la labor de civilización que llevó a cabo el PP a partir de 1995, aunque otros autores la remontan a los desarrollistas años sesenta del siglo XX.

Era aquella época en la que los nativos nos quedábamos mirando un barranco y no nos teníamos que interrogar sobre la razón de aquellos surcos de tanta profundidad que dificultaban el paseo por las laderas de las montañas quebrando el terreno de forma a veces harto peligrosa. Sabíamos que por el lecho del barranco pasaría agua en algún momento futuro arrastrando todo lo que se hubiera depositado en los largos periodos de estiaje.

Incluso cuando descendíamos a su fondo, agarrándonos a los arbustos que crecían en sus taludes de arena, podíamos detectar los rastros de una avenida anterior. Troncos obstaculizando el fondo del barranco, restos de broza o de ramas entre las zonas rocosas, latas metálicas, botellas de plástico, restos de exploradores de fin de semana. ¿Quién no ha visto cortada la carretera entre El Palmar y La Alberca por la riada de la rambla del Puerto de la Cadena, por el mismo lugar por el que ahora la labor civilizadora ha decidido construir una urbanización de alto standing?

Pero eso fue antes del desarrollismo de los años sesenta del siglo fenecido, antes de que la labor civilizadora del laissez faire decidiera que la espontaneidad caprichosa de la lluvia no podía ser un impedimento para construir en cualquier sitio. Ya por aquel tiempo, había empresarios que vieron la luz después de la tormenta y se percataron de que las ramblas se enfurecían muy raramente; lo suficiente para plantar una urbanización en mitad de la rambla con calles asfaltadas, jardines, colegios, centros comerciales y mucha luz mediterránea. Ya llegaría el siguiente enfurecimiento del cielo y de las ramblas. Que se encargaran otros de los destrozos. Gregorio Morán, en su biografía de Adolfo Suarez, nos habla de alguno de aquellos empresarios autóctonos dispuestos a levantar muros en cualquier lugar.

Hasta entonces, las gentes sabían que esos extraños surcos más o menos profundos en las laderas de las sierras o en el fondo de los valles estaban ahí por alguna razón, a diferencia de todo un consejero de Fomento e Infraestructuras que declaraba, sin ruborizarse, que “fuera de este cauce, el drenaje natural de la cuenca se organiza a base de ramblas y ramblizos que, en muchos casos, carecen de cursos regulares y permanentes (…) no es extraño que haya tramos de estos cauces que desaparecen en determinados trechos de su recorrido, lo que provoca inundaciones siempre que se producen periodos de precipitación de carácter intenso”.

La no gente corriente sabía que esos extraños surcos no eran capricho divino alguno. Si se construía en los lechos de las ramblas, lo hacía gente humilde que no tenía otro lugar donde levantar los cuatro muros de adobe para cobijarse. Entonces, la labor civilizadora era muy modesta, sobre todo porque los medios técnicos para rediseñar el paisaje  seguían siendo muy limitados.

Aznar, el golf y los jubilados

Pero todo eso cambió de repente. El crédito descendió en torrentes desde el Norte, Aznar hizo lo suyo con la ley del suelo, el sol siguió acompañando los largos paseos de los ingleses o los alemanes por las playas mediterráneas, se habló de golf, de jubilados paseando bajo el cielo de abril por los fairways y del advenimiento del reino del pleno empleo y la celebración permanente bajo las palmeras, las banderas y rizos de fiesta mientras una suave brisa salada refrescaba el ambiente.

Fue en ese momento, aunque hay autores que lo remontan al origen de los tiempos, cuando se perdió la noción de lluvia, pérdida acompañada de un regreso a creencias pre científicas sobre la posibilidad de modificar el régimen de la misma. Las avionetas fantasma forman ya parte de nuestro relato colectivo y vuelan real o figuradamente cuando los algodones del cielo se oscurecen en sus bordes deshilachados o crecen formando largas torres amenazantes en el horizonte.

A partir de entonces se comenzó a construir en cualquier llano, barranco, ladera o palmo de terreno adquirido a bajo precio no importa donde. Y comenzaron a poner obstáculos en todas las zonas inundables: se levantaron muros, edificios, campos de golf, plantaciones… todos esos tramos de cauce desaparecidos por vivir en zonas áridas o semiáridas según el ilustre consejero.

Pero alguna vez la lluvia retorna a estas tierras, con más o menos furia reivindicativa, exigiendo lo que le pertenece y llevándose por delante lo que impide su satisfacción. De estas borrascas que nos han visitado se hablará durante mucho tiempo. Los agricultores andan enfurecidos porque son los pilares de la sociedad y hay gente que les responsabiliza del desastre medioambiental del Mar Menor. Los empresarios turísticos hablan de un futuro aciago. ¿Pero quién hablará en nombre de la naturaleza destruida?, ¿y quién hablará del Mar Menor, que ha sufrido indeciblemente con los temporales, con el arrastre de lodo tóxico, con la contaminación añadida de sus aguas? Hasta ahora es solamente un arma arrojadiza en manos de desaprensivos.

Alguna vez supimos lo que era el agua y la lluvia, y los temporales de levante y las ramblas a punto de desbordar. Todo eso lo olvidamos: ahora solo sabemos de destrucción.

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10 de febrero de 2020 - 06:00 h

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