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De los neandertales como metáfora

Los neandertales dominaron el fuego aunque nunca sabremos si llegaron a la sofisticación de utilizarlo para sacar el demonio de las cabezas de alguna gente

No hay fascismo sin tradición, aunque se pueda ser preilustrado y no ser fascista, pero todo fascista es preilustrado

Adolfo Suárez Illana, número dos del PP por Madrid

Adolfo Suárez Illana, número dos del PP por Madrid EFE

De los neandertales se ha escrito mucho, y mucho que se escribirá. También de su extinción e incluso hibridación marginal con el hombre moderno. Se ha escrito más de lo último que de lo primero. A fin de cuentas, en demasiadas ocasiones nos preocupamos más por los muertos que por los vivos. Unos con nostalgia simbólica y viril, otros porque creemos que no se hizo justicia con nuestros antepasados.

De los neandertales escribiremos en las próximas semanas, y no poco. Tal vez porque hay gente que los imagina rodeando a sus presas, humanas o no, matando, desgarrando la carne, comiéndola cruda, trazando líneas paralelas de sangre en nuestra frente y en nuestras mejillas. Los neandertales son una metáfora, por supuesto, al igual que los bárbaros de Kavafis y aquellos galos irreductibles cercados sobre el mar.

Los neandertales dominaron el fuego aunque nunca sabremos si llegaron a la sofisticación de utilizarlo para sacar el demonio de las cabezas de alguna gente. Heterodoxas, que las hubo, y brujas. Heterodoxos y brujos que rondaban los caminos cuando todo era quietud en la oscuridad. Siglos y milenios de llagas purulentas extendiéndose y retrocediendo para coger de nuevo impulso hasta cubrir las tierras del mundo. Eso fue antes de la Razón. En otro momento hablaremos si la razón o su sueño creó monstruos, cuales fueron, que demonios llevaban en sus cabezas, como devoraron a otros hijos de la Razón... Porque aunque seamos hijos de la Luz, muchos de los que dicen participar de la misma viven también en la oscuridad. Unos porque nunca superaron el vicio de la soberbia, otros porque se aferran a vulgatas materialistas y no buscan en el estudio las respuestas a sus plegarias.

Pero hablamos de los neandertales redividos, de la metáfora de los símbolos que darán de comer a la gente, de las banderas que flamean al viento, de las batidas por los cotos de caza de La Mancha, del macho español hundiendo su puño en la carne desgarrada del toro. De toda esa simbología que nos hace ser españoles, el más vulgar privilegio - la nacionalidad - de los que carecen, carecemos, de una identidad social cualquiera, en palabras de Umberto Eco.

No hay fascismo sin tradición, aunque se pueda ser preilustrado y no ser fascista, pero todo fascista es preilustrado. Y todo preilustrado se desliza hacia el fascismo cuando constata que su sistema de valores ha dejado de ser, o corre el riesgo de dejar de serlo, hegemónico socialmente. Es entonces cuando el torero sale al centro del ruedo, gira sobre sí mismo con los brazos en alto, con la espada en una mano y las banderillas en la otra. Conocemos el trofeo que brinda con ese gesto: las orejas y testículos (a falta de rabo) de la gente a la que se le ha metido en la cabeza el demonio de la razón.

El torero, otra metáfora de la España eterna.

Creíamos que nunca volveríamos a comer de los símbolos, o al menos que no nos volverían a engañar con sus imágenes del NO-DO; creíamos que libertad e igualdad, fraternidad y sororidad- ahora-, eran imágenes decisivas, irrefutables para actuar como antídoto frente a la pre-Ilustración y el fascismo. Creíamos muchas cosas. También que Las Luces iluminan el futuro. De errores vive el mundo; vive y muere.

En estos días se celebra una carrera regresiva en la derecha española; una carrera por recuperar los símbolos más atroces del Homo Neanderthalensis, sin excluir el canibalismo. Seguimos hablando metafóricamente, claro. En realidad las tres derechas son tributarias de la tradición preilustrada, siempre lo han sido a pesar de la modernidad de la que se jactó hace poco tiempo una de ellas. Esto puede ser bueno o malo, que cada cual que saque sus conclusiones. Lo terrible es que en algún momento o en alguna premisa coqueteen con el fascismo. Mucha gente conoce el poder de atracción de este tipo destructivo y sangriento de irracionalismo que busca en la Ilustración el origen de lo que consideran devastación social actual. La derecha española parece rodar cuesta abajo, hacia un enorme error que se ha convertido en la puerta del infierno: creer que la simbología de Vox concita el consenso de la tantas veces invocada mayoría social.

El Partido Popular ha sido víctima del sueño del Fin de la Historia y del Imperio de los Mil Años del Neoliberalismo. Tal vez ahora también lo sea de las contradicciones de su origen y de su electorado. Ante esta posibilidad, el denostado Mariano Rajoy nos parece un hombre de la Razón.

Increíbles metáforas para un futuro próximo.

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