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“La ciudad de los heridos”: cómo Murcia fue sede del mayor complejo sanitario de las Brigadas Internacionales

Elisa M. Almagro

12 de abril de 2026 22:33 h

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A mediados de julio de 1937 la brigadista y escritora austrohúngara Gusti Jirku llegó a Murcia. Vino hasta la ciudad mediante un convoy sanitario, directamente desde el frente en plena Guerra Civil. Estaba viva de milagro, poco antes de subir al tren sobrevivió a un bombardeo franquista con obuses, cargando a sus espaldas un herido, un camarada. Al llegar a la capital, la describió como “la ciudad de los heridos”: una zona de retaguardia, donde la guerra llegaba a través de brigadistas lesionados y mutilados en combate. Se les podía ver vendados o con muletas, frecuentando los bares o fumando junto al río Segura: “Los heridos le dan a esta pequeña ciudad provincial su sello especial de una gran época histórica, el sello de las penas humanas por un gran ideal”, escribió en su libro 'Nuestra lucha contra la Muerte. La labor del Servicio Médico de las Brigadas Internacionales'. Casi un siglo después, la ciudad de los heridos ha olvidado que, en su día, albergó el mayor complejo hospitalario de las Brigadas Internacionales del país.

“Las Brigadas Internacionales pronto se dieron cuenta de que debían tener un servicio sanitario propio, paralelo al de la República Española”, explica la presidenta de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia (FAMHRM), Mercedes Nicolás. “Imaginemos por ejemplo a un brigadista húngaro en un hospital en mitad de Castilla-La Mancha, que solo habla húngaro y entiende a lo mejor un poco de alemán o de ruso, y el personal sanitario solo puede comunicarse en español”, ejemplifica.

Heridos del Jarama llegando a Murcia

La elección de Murcia para la instalación de un complejo hospitalario para las Brigadas Internacionales no fue casualidad: “Murcia fue una provincia de retaguardia hasta el 29 de marzo de 1939, cuando empezaron a entrar las tropas [franquistas]. Estaba muy cerca de Albacete, que era la sede central de las Brigadas Internacionales. Además, había edificios que se prestaban a ser usados como grandes hospitales”, apunta Nicolás. Se abrieron cuatro grandes centros médicos en la ciudad de Murcia -Pasionaria, Federica Montseny, Comandante Dubois (conocido como Casa Roja) y Paul Vaillant-Couturier (conocido como Radio)-, denominados popularmente como 'hospitales de sangre': “Fueron hospitales de retaguardia, con pacientes con ingresos largos y recuperaciones lentas”, describe Nicolás. 

“Allí se atendía a pacientes más estables, a quienes se les habían hecho las primeras intervenciones de emergencia en el frente y se les trasladaba aquí para realizarles las cirugías más complejas”, abunda Pilar Murcia Hernández, médica intensivista y doctoranda en Historia de la Medicina en la Universidad de Murcia (UMU).

La doctoranda estima que mientras los hospitales de sangre permanecieron abiertos “probablemente atendieron a más de 6.000 heridos”. La mortalidad, apunta, no era alta si la comparamos con el frente: “Aquí podían morir por complicaciones infecciosas, normalmente venían estabilizados de la primera línea”.

Un hospital en la Facultad de Derecho

Inauguración del Hospital Federica Montseny en el Claustro del Campus de la Merced

El claustro de la Facultad de Derecho de la Merced, en el corazón de la ciudad, fue antaño el corazón del hospital Federica Montseny. “El gobernador de Murcia y el Gobierno español pusieron la Universidad a disposición del Servicio Sanitario de las Brigadas Internacionales. Jamás existió en una guerra otro hospital tan ejemplarmente equipado para los heridos”, resume Jirku en su libro. Los pacientes hacían vida en camas prácticamente al aire libre, bajo el cobijo de las galerías de la estructura: “Ponían a todos los pacientes con heridas infectadas en el claustro para que pudieran airearse y evitar problemas de olores y heridas supurativas”, describe Murcia Hernández.

“En el Federica Montseny se instaló un taller, donde se dispuso un sistema de recopilación de dinero, que fundían y convertían en prótesis”, abunda la doctoranda, quien relata cómo las campañas de recaudación de dinero para la fundición murciana llegaron a Francia e Inglaterra. “En el mismo hospital se operaba a los heridos, se les medía y se les fabricaba la prótesis”, explica Murcia Hernández, al tiempo que detalla que entre los trabajadores de este hospital de sangre hubo herreros y trabajadores de fragua.

Yiddish, puente lingüístico

Borka Demic, responsable de enfermeras, y una enfermera española en la sala 10 del hospital Pasionaria de Murcia en 1937

En su investigación, Murcia Hernández ha logrado recopilar los datos de más de 230 personas que trabajaron en todo el complejo hospitalario. La vida hospitalaria y la civil se unían, con sanitarios y heridos viviendo en los mismos centros.

Tal y como describe el historiador Michael Uhl, entre el personal sanitario era común el perfil del joven judío, de izquierdas y antifascista: “Los voluntarios judíos del Centro Sanitario Internacional eran prácticamente todos asquenazíes (establecidos en Europa Central y Oriental) y hablaban yiddish (lengua judeo-alemana)”, detalla el historiador. “Tras la expulsión de los sefardíes por los Reyes Católicos en el siglo XV, volvió por primera vez a Murcia un grupo numeroso de judíos”.

“El yiddish sirvió de puente lingüístico, ya que en aquella época muy pocos sabían inglés. El último director del hospital Radio, el doctor Minkoff, no hablaba ni una palabra de esta lengua”. La primera doctora americana en llegar a Murcia en otoño de 1937, Franzes Vanzan, escribió a sus padres horrorizada ante el desconocimiento de su idioma: “Pidió que le mandaran un diccionario médico alemán-inglés”, explica Uhl.

La comunicación con los pacientes, procedentes de todos los rincones del mundo, era “compleja”: “Los pacientes internacionales no sabían ni castellano ni otras lenguas que no fueran la suya materna”.

A esto se le añadía la poca experiencia laboral que atesoraba la mayor parte del personal médico: “Vanzan lamentaba este asunto en sus cartas”. Aunque se trataba de un hospital de guerra, el grueso del personal no era militar. “El primer jefe del Servicio Sanitario internacional era Rudolf Neuman, un pediatra de Berlín”.

“Estuve en 1996 en Madrid, donde conocí a una antigua enfermera estadounidense de origen judío. Me dijo que el dinero no les importaba, que lo dejaron todo por la idea de la solidaridad”, añade el historiador.

Tras la pista de Betty

Uhl viajó a Murcia en el año 2017. “La primera persona con la que hablé de los hospitales en Murcia fue con un argentino, el conocido como el Tío de la Barca. Me invitó a un café detrás de la catedral, donde está el grabado en homenaje al fundador de la Falange”, recuerda. Allí, a la sombra de un 'Jose Antonio Primo de Rivera, ¡Presente!', tuvo lugar un café a tres, entre el historiador, el barquero y un murciano amigo suyo: “El murciano me dijo ‘olvídalo, aquí la gente prefiere silenciar las cosas’”.

“En ese momento, aparte de las memorias poco precisas de antiguos voluntarios y algunos comentarios sumarios en un libro de un historiador de Albacete, no había ninguna base sólida en la que pudiera apoyarme”, resume.

El historiador andaba tras la pista de Betty Rosenfeld, una enfermera judía alemana que dedicó su vida a la resistencia antifascista y que fue deportada a Auschwitz en 1942, donde finalmente falleció. El golpe militar en España encontró a Betty en Palestina, donde tuvo que huir debido la represión nazi. Ella conocía de primera mano lo que era la lucha antifascista, formó parte del grupo de resistencia comunista en Stuttgart, tecleando folletos contra el nuevo régimen alemán. En marzo de 1937 se unió a las Brigadas Internacionales, llegando a Murcia como enfermera titulada.

“Betty provenía de una familia burguesa. Su padre era empresario, no le faltaba de nada. Pero prefirió la solidaridad a la seguridad”, describe Uhl. Su estancia en Murcia quedó inmortalizada en misivas y fotografías, entre ellas una instantánea posando en la azotea del Casa Roja con sus compañeros del hospital y la catedral de Murcia de fondo.

En el verano de 1938 Betty solicitó un permiso de 15 días a las Brigadas Internacionales. Buscaba reencontrarse en París con su hermana, con la que no consiguió establecer contacto y a la que jamás volvió a ver. En aquella época, Francia cerró la frontera catalana y la sanitaria se quedó atrapada como refugiada en el país galo.

Mientras, los hospitales de las brigadas fueron evacuados en tren, en la madrugada del 8 y 9 de abril de 1938. Quedaron en Murcia los brigadistas y personal español: “En el 39, las tropas sublebadas llegaron a los hospitales y detuvieron a los médicos que quedaban allí. El hospital Federica Montseny pasó a llamarse Calvo Sotelo”, explica Mercedes.

La desaparición de los hospitales de sangre

Muchos de los fallecidos descansan en la fosa común de la Plaza de la Paz del cementerio de Nuestro Padre Jesús de Murcia. De acuerdo con el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, hay casi 130 víctimas.

“A principios de 1937 el Ayuntamiento de Murcia, a propuesta del teniente de alcalde, Francisco Gilbert, aprobó una moción para designar un lugar de honor en el cementerio de Murcia para los brigadas internacionales fallecidos en los hospitales de la ciudad”, relata Nicolás

Y entre febrero del 67 y mayo del 1938, tuvieron lugar los enterramientos de los hospitales de las Brigadas Internacionales. Entre los fallecidos que descansan en esta fosa solo hay dos mujeres, Dora Steinbock, enfermera de 35 años; y Josefa Cuesta Sánchez, de tan solo 17.

El caso de Steinbock es insólito. En los registros aparece documentada su ocupación como sanitaria, su fecha de fallecimiento y de inhumación, pero todo apunta a que se trataron de ocultar las razones de su fallecimiento: “En el registro civil aparece la causa de su muerte tachada, no con una sola línea encima, sino tapada por completo con rayones”, describe Mercedes Nicolás.

“No sabemos exactamente quién es Josefa, o de donde viene. Creemos que le retiraron en el hospital Pasionaria una bala alojada en la frente, pero que murió más tarde de una meningitis”.

“Cuando acabó la guerra, Franco llevó a cabo su propia memoria histórica, y el 23 de diciembre del 39 ordenó exhumar [los cuerpos de] los brigadas fallecidos y trasladarlos a dos zanjas en la zona D Disidentes”, continúa Nicolás: “Allí permanecieron hasta los años 80, cuando las fosas fueron redescubiertas y los cuerpos, trasladados de nuevo a una tumba dignificada”.

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