9 de mayo de 1976: jaque al carlismo
Las nubes que cubrían aquella mañana Montejurra, la montaña sagrada del carlismo en tierra Estella, en el centro de Navarra, no eran las únicas que velaban el horizonte. El valor simbólico y memorial de esa cumbre cargada de historia estaba en disputa. La evolución del movimiento dinástico hacia posiciones federalistas, socialistas y de autogestión, llevaba originando malestar en los sectores más tradicionalistas desde fines de la década de los años cincuenta, pero se incrementó con el paso de los años, provocando la salida de aquellos que no se reconocían en la nueva cultura política asentada con la irrupción de Carlos Hugo de Borbón-Parma y su consolidación pública a partir de los años sesenta. El goteo de escisiones y la formación de grupos tradicionalistas próximos al franquismo, que reconocían la monarquía de Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos, o que simplemente respaldaban posiciones de intransigencia doctrinal, llevaron a nuevos episodios de ruptura en el seno del carlismo. Como en ocasiones anteriores (especialmente en 1888 con los integristas o en 1919 con los mellistas, pero también con los cruzadistas en los años treinta, los octavistas en los cuarenta, la Regencia de Estella a partir de los cincuenta, etc.), los enfrentamientos se hicieron habituales, la mayor parte de las veces dialécticos, pero llevados a las manos en otras ocasiones.
En 1939, semanas después de terminada la guerra, se había puesto en marcha la romería de Montejurra, aprovechando el simbolismo bélico de una montaña en cuyo entorno los carlistas combatieron desde la primera guerra (1835) y sobre todo en la batalla de noviembre de 1873 y en febrero de 1876. Como puerta de Estella, era un emplazamiento estratégico, objeto de la disputa entre combatientes y marco incluso de la Asociación La Caridad en el monasterio de Irache, la iniciativa asistencial y sanitaria puesta en marcha por el carlismo en la última guerra del siglo XIX y amadrinada por Margarita de Borbón-Parma, llamada el ángel de la caridad. En esta concurrencia simbólica, cuando en 1903 Alfonso XIII visitó Estella, dirigió unas maniobras militares en la falda de Montejurra, muy consciente de su papel simbólico y de la necesidad de arrebatárselo a un carlismo al que se consideraba derrotado, un vestigio del pasado.
Sin embargo, la romería de las madres navarras, como se denominó la iniciativa de 1939, era una reivindicación de la memoria carlista, primordialmente bélica, y muy marcada por la religiosidad del momento, y además una apropiación de Montejurra como lugar de memoria. Esta celebración de tono religioso, organizada por la Hermandad del Vía Crucis de Montejurra para evitar dificultades con las autoridades franquistas, comenzó a adquirir un tono político con la aparición en 1957 de Carlos Hugo de Borbón, hijo del pretendiente Javier de Borbón Parma, como príncipe de Asturias. Los años siguientes asistieron a un considerable incremento de concurrentes, que llenaban las laderas y proximidades del monte. Los discursos se sucedían, con un tono marcadamente tradicionalista hasta mediada la década de los sesenta. De hecho, los eslóganes de los actos en 1963 y 1964 fueron: “Acto de exaltación de la monarquía social. V aniversario de la promulgación de la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional” en el primero, y “Acto de homenaje al Ejército en el XXV aniversario de la Victoria”, en el segundo. Significativamente, uno de los oradores en ambos casos fue Blas Piñar.
A partir de 1965, la denominada clarificación ideológica fue cada vez más marcada y capitaneada por la familia del pretendiente, o al menos por la mayoría de ella. Los sectores más tradicionalistas comenzaron a abandonar estas posiciones, aunque todavía se mantuvieron algunos por lealtad a la dinastía. Sin embargo, la expulsión de Javier de Borbón Parma y de su hijo Carlos Hugo en diciembre de 1968, en vísperas del anuncio por Franco de su sucesión, situó plenamente al carlismo javierista o huguista, como se denominaba en las fuentes del momento, en la oposición al régimen.
Ya en el Montejurra de ese año 1968 hubo incidentes en el círculo de Estella la noche previa y un pequeño grupo esgrimió una pistola durante la romería, hasta ser reducido por el servicio de orden de la organización y la Guardia Civil. Los años siguientes asistieron a un incremento de los choques, con el carlismo dinástico claramente enfrentado al régimen y a los tradicionalistas que habían abandonado sus filas. Un informe policial de mayo de 1969 resumía: “Montejurra y Estella fueron ayer unos lugares sin ley, donde campeó el desorden, la provocación y las injurias”. No extrañará, por tanto, que tras los actos de 1971 se hablara de tomar medidas, entre otras, la desaparición del equipo dirigente del carlismo y su recuperación para el régimen, o actuar judicialmente contra ellos. Si la primera opción suponía la participación directa del gobierno con los riesgos que ello conllevaba, la segunda disimulaba esa dificultad. Y aunque esta propuesta no parece que se llevara a efecto, mostraba la actitud de algunos sectores del régimen respecto al carlismo, incluida la consigna de proporcionar datos de asistencia rebajados sobre los actos en 1972, la propuesta de prohibición realizada en 1973, además de una nota de la Dirección General de Seguridad advirtiendo sobre la presencia de grupos de guerrilleros de Cristo Rey. Los grupos tradicionalistas llamaban al boicot. Si en la convocatoria de 1974 una nota previa advertía del riesgo de que “en Montejurra se produzcan mártires”, en la de 1975 se habló de la posibilidad de un atentado de ETA contra la policía desplegada para cubrir el acto, o de la presencia de grupos tradicionalistas llamados a sabotear la celebración.
Un efecto de esta situación fue la disminución de la asistencia a la cumbre de tierra Estella. Si atendemos a las cifras máximas recogidas en la prensa legal y clandestina, se pasó de 200.000 en 1968, a 60.000 en 1969, 100.000 en 1970, 10.000 en 1971, 15.000 en 1972, 10.000 en 1973, 7.000 en 1974, 10.000 en 1975, 25.000 en 1976 y 1.500 en 1977.
En este contexto, el 20 de abril de 1975, Javier de Borbón Parma abdicó de la pretensión dinástica, que pasó a su hijo Carlos Hugo. La reacción del tradicionalismo fue muy negativa, rechazando la orientación que el príncipe había dado al carlismo. Ya muy tirantes en los años previos, las relaciones entre los dos hermanos varones chocaron aún más cuando Sixto, el menor, envió una carta a Carlos Hugo a principios del mes de enero de 1976 acusándole de desviacionismo ideológico y manifestando que asumía la representación de la Comunión Tradicionalista. A partir de ahí, comenzó una campaña que hablaba de reconquistar Montejurra, y en la que Sixto tomó parte activa, reuniéndose con diversos sectores tradicionalistas y con autoridades que, como se ha visto, mostraban sus recelos hacia la evolución del Partido Carlista, incluyendo el gobernador civil de Navarra. Ya en el mes de abril, según se recoge en la documentación recientemente difundida por el Partido Carlista, el director general de seguridad se dirigía a la máxima autoridad gubernamental de Navarra para advertir sobre el enfrentamiento entre los seguidores de ambos que, señalaba, “puede ser conveniente, pero tenemos que evitar que llegue la sangre al río”. Le ofrecía todos los medios policiales necesarios para evitar esta última posibilidad. Mientras, Ruiz de Gordoa, el mencionado gobernador civil, se reunió en Pamplona con Sixto y poco después preparó un dispositivo policial en el que se contemplaba la posibilidad de los enfrentamientos y la presencia de armas.
De hecho, en los días previos, se transmitieron notas a diversos ministerios en las que se informaba de las intenciones tradicionalistas de boicotear los actos de los seguidores de Carlos Hugo, “llegando incluso, si fuese necesario, a realizar un enfrentamiento con los mismos”, decía una de ellas. Desde el Ministerio de Información y Turismo se advertía, tres días antes: “La campaña se intensifica por ambos bandos y la tensión aumenta ante la fecha del próximo 9 de mayo en Montejurra y Estella”. La víspera, se dirigía al ministro de Información y Turismo una nota de la Brigada Central de la Jefatura de Información del día 6 que advertía “de que se están organizando entre los Guerrilleros de Cristo Rey y Fuerza Nueva para asistir […] a los actos de Montejurra”. El mismo día 8, otra información de la misma Brigada Central advertía que los seguidores de Carlos Hugo estaban convencidos de que Sixto “se presentará en Montejurra acompañado de un gran número de pistoleros y guerrilleros oficiales, para impedir o sabotear dicho acto”.
Llegada la nubosa mañana del día 9, los peores presagios se cumplieron. En ninguna de las previsiones se contempló la participación de destacadas figuras de la extrema derecha internacional que efectivamente hicieron acto de presencia en las laderas de Montejurra. Las ametralladoras, subfusiles y armas cortas instaladas en la cúspide de la montaña por los seguidores de Sixto de Borbón hicieron fuego, mientras en la explanada del Monasterio de Irache se producían enfrentamientos con barras, palos y pistolas, ante la pasividad e inacción de las numerosas fuerzas policiales presentes en esos escenarios. Como resultado de todo ello murieron el santanderino Aniano Jiménez Santos y el estellés Ricardo García Pellejero. En sus funerales se insistió en su simbolismo, encarnación del verdadero pueblo, la libertad y la verdad, se decía. Los fallecidos pasaban a formar parte de los mártires del carlismo y su ejemplo se convertía en semilla del movimiento que se quería impulsar, alimentando la carga simbólica de la montaña.
Lo ocurrido en Montejurra era una manifestación concreta del clima de conflicto más amplio por las implicaciones internacionales y las acciones/omisiones gubernamentales, dentro de la compleja situación española del momento. Buena muestra de ello fue el proceso abierto por estos asesinatos. Tres fueron los implicados, pero las turbulencias que el sistema político y judicial vivía en esas fechas complicaron la tramitación efectiva de sus condenas. La amnistía del 15 de octubre de 1977 los sacó de la cárcel, al considerar lo ocurrido de intencionalidad política y, por tanto, acogido a la amnistía. Sin embargo, los muertos en Montejurra solo en 2003 recibieron el reconocimiento como víctimas del terrorismo.
A partir de ese mes de mayo de hace cincuenta años, el acto acentuó su declive, tras el jaque dado en 1976. El correspondiente a 1977 fue prohibido, aunque se llegó a celebrar en torno al castillo de Javier. Los sucesos de Montejurra en 1976 afirmaron una imagen tópica del carlismo como grupo montaraz, más apto para la sublevación que para los nuevos tiempos de consenso, poco acorde con lo que se quería construir. No parecía que el movimiento encabezado por Carlos Hugo supusiera una gran amenaza ni para la monarquía de Juan Carlos I, ni para el proyecto político que se estaba poniendo en marcha. Tal vez el peso del pasado hizo que aumentara la percepción del carlismo como un peligro para el sistema y que determinados sectores buscaran neutralizar lo que se consideraba un riesgo. Y aunque ya era un movimiento debilitado y en retroceso, los efectos de lo ocurrido hace medio siglo incrementaron el declive. La niebla que cubrió la cumbre el 9 de mayo de hace cincuenta años, no solo ocultó su agreste topografía, sino que también cayó sobre un carlismo que declinaba, en un jaque que, aunque no mate, dejó tocada a la fuerza política más longeva de Europa.
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