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Jesús Otero, el secreto arrancado a la piedra

Fue un artista de talento precoz, autor de esculturas inspiradas en la naturaleza ubicadas en ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias

Durante el franquismo fue encarcelado y condenado a muerte dos veces. Aunque se salvó, su vida nunca fue fácil bajo el régimen de los vencedores

Poco antes de morir donó más de cincuenta piezas y todo su archivo a la villa de Santillana del Mar, donde hoy puede visitarse un museo con su nombre

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Ilustración de Jesús Otero. | ANA ARRIOLA

Ilustración de Jesús Otero. | ANA ARRIOLA

Jesús Otero murió célibe el 23 de agosto de 1994 en la casa donde había vivido la mayor parte de los días de una vida de 86 años. La comitiva fúnebre solo tuvo que recorrer unas pocas calles para llegar a la Colegiata de Santillana del Mar, donde se celebró el funeral. Desde su viejo taller, con sus ojos sin pupilas, las esculturas lo vieron partir en silencio.

Renunció a París y a Madrid y se quedó en Santillana del Mar, donde encontró una cantera de piedra arenisca que le alejó de la tentación de alejarse. En los escudos heráldicos que adornaban las fachadas de sus vecinos aprendió que la piedra puede retorcerse como la rama de un árbol o gotear como un grifo abierto. Era un niño cuando sostuvo por primera vez un cincel contra la piedra sin forma. La escultura, dijo, fue siempre su única compañera.

En 1920 retrató a su familia siguiendo las enseñanzas de los capiteles de la Colegiata que tantas veces visitó con los ojos despiertos del estudiante autodidacta. Tenía 12 años -cuando unos meses antes de morir le preguntaron cuál era su pieza más querida señaló sin dudar a aquel relieve que conservó durante toda su vida y que contenía los rostros de sus padres, sus abuelos y sus hermanos- y una vocación que no lo abandonaría nunca.

Jesús Otero nació en Santillana del Mar en 1908. Con 12 años realizó sus primeras obras y a los 16 expuso por primera vez, en una muestra conjunta en el Ateneo de Santander. Dedicó su vida a la escultura, a la que consideraba su única compañera.

Jesús Otero nació en Santillana del Mar en 1908. Con 12 años realizó sus primeras obras y a los 16 expuso por primera vez, en una muestra conjunta en el Ateneo de Santander. Dedicó su vida a la escultura, a la que consideraba su única compañera.

Trabajaba como cantero en el Banco de España de Santander cuando entró en contacto con otro escultor joven, Daniel Alegre, y con dos pintores, Gerardo de Alvear y Ricardo Bernardo, con los que expuso por primera vez en una muestra colectiva en el Ateneo de Santander. Era 1924. Un muchacho de 16 años y un talento para extraer la luz que se esconde dentro de una roca común.

Las esculturas de Otero, entonces y hasta el final de su vida, dieron vida en piedra a  caballos y toros, osos y bisontes, carneros y cristos redentores. Trabajaba con técnicas clásicas porque intuía que la última palabra la tienen siempre las manos del artista. "Escultura es lo que se talla a punterazo limpio, como bien sabía Miguel Ángel", dijo.

Convencido de que había futuro -y secretos a los que todavía no podía acceder- en la escultura se inscribió en la Escuela de Artes y Oficios. Poco después de terminar sus estudios, en 1929, la Diputación de Santander le concedió una beca para completar su formación en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Pasó dos años en Madrid y regresó a Cantabria en 1931. Para entonces se había proclamado la II República y Jesús Otero frecuentaba los ambientes artísticos de Santander y Torrelavega. De Madrid trajo encargos y la influencia de dos escultores que pueden rastrearse en sus trabajos posteriores: Emiliano Barral y Victorio Macho.

Otero bocetaba cuidadosamente antes de empezar a trabajar y, aunque siempre priorizó la piedra, no renunció a otros materiales como el bronce y la madera. Se acercaba a ellos con una devoción casi religiosa. La obra nacía en el papel y desde el papel se trasladaba a las tres dimensiones. En ese camino del diseño a la realidad el escultor impone su voluntad al material, que solo se doblega cuando la mano renuncia a la perfección imposible. Otero trabajó hasta el final de su vida. Su último proyecto, que no cruzó la frontera del papel, se titulaba Altruismo, paz y ternura a manos llenas.

Tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936 se alistó como soldado voluntario para defender la República. Fue nombrado delegado de Bellas Artes de Santillana del Mar con la misión de defender el patrimonio artístico de la ciudad y cuando la República cayó lo condenaron a muerte dos veces. Pasó más de dos años de cárcel en cárcel -Burgos, Santoña, Bilbao, Alcalá de Henares y Santander- esperando una sentencia que nunca llegó. Cuando fue puesto en libertad, en 1941, regresó a Santillana, a su casa de siempre, con la convicción de que todo había terminado.

Ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias exhiben esculturas de Otero. En la foto, el monumento al oso en el puerto de San Glorio.

Ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias exhiben esculturas de Otero. En la foto, el monumento al oso en el puerto de San Glorio.

La vida no fue fácil para Otero bajo el régimen de los vencedores. Como tantos otros republicanos que no marcharon al exilio vivió dentro de un espacio de sospecha y desconfianza. Trabajó, como había hecho siempre, con las piedras de la cantera de Santillana y en la hostilidad encontró la ayuda inesperada del gobernador civil de Santander, Joaquín Reguera de la Sevilla, que le encargó cinco relieves para el pabellón de Santander en la Feria de Campo de Madrid y un Cristo para el Ministerio de la Vivienda.

Consiguió reincorporarse a la vida artística. A finales de los años cuarenta se aproximó a la escuela de Altamira y al grupo Proel. Recibió encargos públicos, como el monumento al nacimiento del Ebro en Fontibre de 1951, pero nunca llegó a liberarse de la vigilancia de sus antiguos carceleros. En 1955, mientras realizaba unas excavaciones arqueológicas, fue acusado de cavar refugios para los maquis y obligado a abandonar los trabajos.

En 1957 ganó una medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes con su obra Toro y se le permitió exponer con mayor frecuencia. Aumentaron los encargos, casi siempre de temática religiosa. Los relieves Dejad que los niños se acerquen a mí -realizado en 1954 para la Iglesia de la Virgen Grande- y Beato de Liébana -de 1973, para el Monasterio de Santo Toribio- son los trabajos más representativos de su madurez.

Las obras de Otero están inspiradas en la naturaleza. En el museo Jesús Otero de Santillana del Mar pueden verse casi todas las piezas que realizó en los años ochenta.

Las obras de Otero están inspiradas en la naturaleza. En el museo Jesús Otero de Santillana del Mar pueden verse casi todas las piezas que realizó en los años ochenta.

Con la democracia llegaron los reconocimientos y las retrospectivas. Otero siguió trabajando, con su piedra y sus herramientas de siempre. En diciembre de 1993 donó la totalidad de sus archivos y más de cincuenta piezas al municipio de Santillana del Mar. Para entonces era un anciano con barba de ermitaño que sabía que el final se acercaba. Tras su muerte un grupo de amigos y admiradores crearon la Fundación Jesús Otero y, a través de ella, un museo con las piezas donadas a la villa en el antiguo cuartel de la Guardia Civil.

Más allá del museo, sus obras, con rasgos del románico, del renacimiento y del arte de los primeros hombres -sus bisontes son los bisontes de Altamira- se encuentran hoy repartidas en ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias. En ellas se guardan los secretos que Otero consiguió arrancarle a la piedra.

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