eldiario.es

9

Gracias, Cantabria

Sé que regresaré a la brisa y a la luna en la bahía y que "por lejos que me encuentre, tu faro siento brillar".

Un vaca junto a los acantilados de la costa norte de Santander. | LUCÍA LÓPEZ MARCO

Un vaca junto a los acantilados de la costa norte de Santander. | LUCÍA LÓPEZ MARCO

Parece mentira lo rápido que pasan los meses, el verano, el otoño, el invierno... Los días de playa, y los de nieve. La colección de recuerdos que se pueden acumular en la memoria. Parece ayer cuando, sin llevar ni siquiera 24 horas en Cantabria, me planté en una merienda que organizaban los, entonces, amigos de un amigo de un amigo, y que, por supuesto, acabaron siendo amigos (parece una canción, pero es así). En los primeros cinco minutos ya advirtieron que no era cántabra, "¿Se me nota mucho el acento?", pregunté inocentemente; a lo que me contestaron que no: "Es que eres muy simpática".

Primero pensé que eran unos exagerados, aunque no tardé en cambiar de idea, tras darme cuenta de que los comerciantes no me atendían así porque me confundieran con alguien que se había ido sin pagar, sino que se comportan así, como si les debieras algo, siempre.

Sin embargo, después de siete meses y medio vagando por estos lares, puedo asegurar que es todo fachada. Que las gentes de Cantabria van de duras, pero en realidad son más blandas, e igual de dulces, que la nocilla. Pese a las advertencias del "no te adaptarás", siento decir que el clima y la gente es lo mejor que tiene Cantabria. Llueve, sí, aunque no hace mucho frío, ni mucho calor, ni sopla viento fuerte.

Reconozco que alguna vez, tras muchos días sin ver el sol, acababa rebuznando como el personal de las tiendas del centro de Santander, pero solo entonces aprecias la magia de ver una luga abriéndose paso entre las nubes. ¡Y el mar! ¿Hay algo más relajante que un paseo por la playa de noche? Y la gente... ¿qué habría hecho yo estos meses sin la gente que he conocido aquí? Con todo lo que me he reído, todo lo que he aprendido, y todo lo que he disfrutado...

Mucho antes de lo que esperaba, y sin tiempo de llenarme los bolsillos de arena, el viento me empuja de nuevo a la tierra de la que partí. Me da mucha pena dejar Cantabria, aunque estoy tan atrapada a su costa, a sus acantilados, a sus prados, a sus vacas, a su cultura, a sus gentes, que se que no tardaré en volver.

Un año antes de venir había estado en Santoña de voluntaria en una granja, y ya me quedé enganchada a esta tierra. Ahora, que he podido conocerla más a fondo, solo puedo estar agradecida por todo el tiempo que he pasado aquí, y por toda la gente que me ha ayudado en el camino. Ha sido, sin duda, una de las mejores etapas de mi vida.

Cambio los verdes prados cántabros, con sus tudancas, con sus vacas pintas; por las tierras de secano con sus rasas aragonesas y sus vacas pirenaicas. Y aunque no abandono esta Braña, la visitaré con menos frecuencia, y me podréis encontrar siempre en mi mallata. Sin embargo, hay algo que no cambio por nada del mundo: las amistades que he hecho en Cantabria, y que han hecho que esta tierra signifique tanto para mí. Sé que regresaré a la brisa y a la luna en la bahía y que "por lejos que me encuentre, tu faro siento brillar". Gracias, Cantabria.

- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Comentar

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha