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Évole y el todo vale

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No conozco a Jordi Évole, pero hace tiempo que discuto con compañeros que no me gusta su estilo. No niego que haya hecho cosas bien, pero siempre me ha parecido que antepone el espectáculo al rigor. Es un ejemplo del modelo periodístico que vengo criticando, donde todo se mezcla y donde lo que queremos oír va por delante de la información contrastada. Évole es un ejemplo porque se ha convertido en un personaje popular, en el símbolo del periodista valiente frente a los que se la han jugado en guerras ocultas, estuvieron a punto de morir en un atentado o han caído en desgracia por informar de la corrupción o el narcotráfico.

Pero 'Operación Palace', el juego ficción de Évole sobre el golpe del 23-F, no es el único ejemplo que me enerva. Este modelo está en todas partes y en estos tiempos cala hondo. Oigo todas las mañanas la Cadena Ser, muchos días en compañía de mis hijos, y más de un día me preguntan si las gracietas, revestidas de noticia o entrevista, de José Antonio Pérez son verdad.

Me enerva oírlas en medio de un informativo. Me planteo si soy un talibán de la información, pero no renuncio a lo que entiendo por periodismo riguroso, que es una práctica difícil y no exenta de equivocaciones.

Los periodistas hablamos de crisis, hablamos de todo, y nos creemos a salvo de la crítica. Mezclamos la opinión (esto que estoy haciendo) con la información (algo que dejé de hacer hace ya unos cuantos años); logramos convertir el rumor en noticia; y en nombre del espectáculo, de la audiencia, de la inmediatez colamos la desinformación y nos da igual.

Me parto cuando leo las comparaciones entre Evole y Orson Welles; un creador de ficción, y que hablaba de extraterrestres en La Guerra de los Mundos. Me parto cuando oigo que hay un género llamado Mockumentary, especialmente cuando lo monta un periodista y lo recubre de información. En estos tiempos hay nombre para todo, pero no todo vale.

La verdad es que no deja de sorprenderme que la popularidad de Évole, el niño terrible del periodismo español, haya arrastrado a tanta gente. Fernando Onega se cuestiona un poco lo que hace en las tomas falsas del final. Eso que sospecha que podemos llegar a pensar, es lo que yo pienso tras ver la película, de los Garci, Mayor Zaragoza, Gabilondo, Leguina, Azkarraga, Alcaraz, Anasagasti,…, que se han prestado a esta farsa.


No vi en directo el documental, dormía a esas horas, pero lo he visto temprano esta mañana. La verdad es que no deja de sorprenderme que la popularidad de Évole, el niño terrible del periodismo español, haya arrastrado a tanta gente. Fernando Onega se cuestiona un poco lo que hace en las tomas falsas del final. Eso que sospecha que podemos llegar a pensar, es lo que yo pienso tras ver la película, de los Garci, Mayor Zaragoza, Gabilondo, Leguina, Azkarraga, Alcaraz, Anasagasti,…, que se han prestado a esta farsa.

Me gustaría que esta farsa sirviera para decir basta. Ya sé que lo que digo no va a ser compartido por mucha gente, pero es mi opinión, porque lo que yo hago es opinión y la hago con mi nombre y apellido. No escondido en el anonimato que tanto gusta en estos tiempos.

Me gusta la ficción en el cine, en una novela, en el teatro,…, pero no recubierta de periodismo y vendida como realidad. Ni siquiera con la excusa de despertar conciencias dormidas. El falso documental está bien realizado, pero es una broma de mal gusto. Sé que mi comentario es tajante, pero es solo una opinión.

Por cierto, impresionante el despliegue en la web de La Sexta para justificar lo que hicieron.

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