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Ladrones de atención

En la actualidad, la atención es un bien más escaso que el talento o la tecnología

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Se cuenta que Jesús, el profeta, estaba predicando a una multitud, en una pradera.  Ante tantas personas, sólo se fijó en una; la que estaba subida a una higuera. Merton, el gran sicólogo social, siguiendo con el evangelio definió como “Efecto Mateo” a aquel fenómeno por el cual se escucha más al famoso que al desconocido. Sólo  a aquellos que se les ve se convierten en dignos de atención.

En nuestra digitalizada sociedad el poder ser escuchado se ha convertido en una mercancía muy valiosa. Las personas tenemos limitada nuestra capacidad de prestar atención, pero no la capacidad de emisión de información. Se trata de oferta y demanda. A más información, menos opción de ser escuchado. En un mundo cultural donde la información se multiplica exponencialmente apenas abres tu ordenador, el que detengas tu mirada en algo es algo valioso. En la actualidad, la atención es un bien más escaso que el talento o la tecnología.

Los 'influyers' se convierten en los nuevos líderes. En las sociedades predigitales era muy importante tener autoridad para que te prestasen atención; hoy, simplemente se trata de conocer las técnicas del Open Data. Es decir, saber estructurar la selva de la información para analizar aquellos logos que más notoriedad tienen en el lector. De hecho, son muchos los gobiernos que contratan como asesores a expertos en Open Data.

Un maestro de la comunicación, Tim Wu, reflexionó sobre los mercaderes de la atención; aquellas personas que venden el servicio necesario para que un producto sea notorio. La economía de la atención es aquella cuyo servicio está basado en conseguir captar el interés del consumidor. Y eso se paga muy bien. Su campo no solo abarca la publicidad; también la economía y la política.  Así en el mundo digital surgen los likes, cookies, pop-ups, bots, gifs... y todo tipo de técnicas y programas para conocer qué contenidos de todo tipo son los que más relucen y más atraen a la gente.

En las sociedades predigitales era muy importante tener autoridad para que te prestasen atención; hoy, simplemente se trata de conocer las técnicas del Open Data

Por un lado, queremos ser influyentes, desde nuestra vanidad; por otro, somos víctimas del mercado de atención. Es más, nos roban nuestra mirada propia con todo tipo de trucos y añagazas. Algo así como al perrito pavloviano que le enseñan una salchicha para que salte. Son numerosos los impactos que surgen en los medios de comunicación en los que millones de consumidores se ceban sobre ellos. La mayoría de esos impactos de escasa calidad; poco alimentadora del pensamiento. La más de las veces, muy morbosos.

La atención es, por tanto, un factor sociopolítico clave y como tal se mercantiliza. Conocer las fórmulas mediante las cuales un contenido o un producto penetran eficazmente en el mercado de consumo es algo potente.

Ante este panorama cultural  de información y datos precocinados, cada día estoy más convencido que donde uno mejor está es al margen. La marginalidad cultural se convierte, como el no-logo, en un espacio arcadiamente deseado. Un espacio donde tus lecturas, tu aprendizaje, tu consumo te lo marcas tú. Desde lo necesario; no desde las urgencias a las que te somete la hegemonía cultural.

La marginalidad cultural, como la postmodernidad es el espacio de las personas frente al de los consumidores. El lugar donde realmente puedes tomar criterio.

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