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Derecho nacionalista a decidir

Tras el CUPonazo que ha permitido la investidura de Carles Puigdemont, y una vez relegado Artur Mas al estatus de jarrón chino, me queda la duda sobre cuál debería ser la prioridad básica del nuevo Gobierno de Cataluña. Yo creo que, antes incluso de abordar las desconexiones con España, debería editar una guía para que los ciudadanos pudieran orientarse por los accidentados caminos del derecho a decidir, arranque de un procés caracterizado por su recorrido rocambolesco. Y es que, después de tantas idas y venidas, tantas rupturas y desplantes, tanto votar para luego seguir votando, tantas rectificaciones de última hora y tantos juegos malabares y emociones fuertes como las que se han venido sucediendo, seguramente más de uno y más de dos no saben ya en Cataluña si son de los suyos.

O qué es lo que son, en realidad. Ahí tenemos, por ejemplo, a Ada Colau, aquejada de un verdadero problema de identidad institucional, porque ya no sabe si es alcaldesa de Barcelona o la aspirante frustrada a liderar una coalición con Podemos, supuestamente ganadora de unas elecciones anticipadas que parecían estar al caer y ahora ya no se van a poder celebrar. La vehemencia de su pronta reacción, al conocer el acuerdo entre Junts pel Sí y la CUP para formar Gobierno, así parece indicarlo.

Y luego están los que votan sin saber al final lo que han votado en las últimas elecciones autonómicas. Que tuvieron un carácter plebiscitario, porque así lo quiso Artur Mas. Y en ellas un 52 % de los catalanes decidió quedarse en España; pese a lo cual los hijos políticos de Pujol y sus acompañantes de Esquerra, con el concurso de los anticapitalistas, se apropiaron de su voto con absoluto descaro. Y, además, les vinieron a llamar gallinas, cuando la situación de la naciente república no estaba para cobardes ni para gente a la que le temblaran las piernas, a tenor de lo manifestado por el nuevo president en su discurso de investidura.

Al parecer, hay en Cataluña una mayoría de gallinas españolas que no quiere aventuras independentistas, y se ha topado con un Gobierno decidido a crear estructuras de Estado. Son los misterios del derecho a decidir, que, al no estar suficientemente explicitado, necesita un libro de instrucciones para manejarse en él con soltura. Puede haber almas simples que lo entiendan como una obviedad democrática, sin necesidad de mayores explicaciones. Y así es por regla general, cuando hablamos de los derechos de ciudadanía de la gente, pero no cuando se adulteran, por las reivindicaciones del nacionalismo, para reconvertirse en derechos nacionales. Entonces las cosas se empiezan a torcer, porque la nación es una cosa muy seria sobre la que no puede decidir cualquier mindundi. De ahí la necesidad, no sólo de ejercer el derecho a decidir, sino de ejercerlo bien.

Al parecer, hay en Cataluña una mayoría de gallinas españolas que no quiere aventuras independentistas, y se ha topado con un Gobierno decidido a crear estructuras de Estado. Son los misterios del derecho a decidir, que, al no estar suficientemente explicitado, necesita un libro de instrucciones para manejarse en él con soltura.

Los derechos de la nación no pueden ser dejados en manos irresponsables, sino en las de quienes, por votar a partidos nacionales, pueden decidir mejor que otros. De lo contrario, se incurre en errores lamentables. Y los errores en las urnas se pagan. Y el voto equivocado debe ser posteriormente corregido en negociaciones laboriosas y responsables que acaban dejando las cosas claras; como ha ocurrido en Cataluña, donde “lo que no dieron las urnas lo dieron las negociaciones”, según la muy pedagógica explicación de Artur Mas.

¿Que hay que engañar un poco para llegar a donde se ha llegado en el país lindante con Andorra? Parece evidente. Basta recordar lo que el Gobierno de Mas aseguraba en su día para tranquilizar a la gente cuando intentaba sacar adelante su referéndum: que no se estaba abogando por la independencia, sino por que los catalanes se pronunciaran con su voto sobre qué relaciones deseaban mantener con el conjunto de España. Era mentira, claro. Se buscaba la independencia y ahora, tras las supuestas elecciones plebiscitarias, se está en ello. Pero tampoco es cosa de hacernos los estrechos por un quítame allá esos votos, cuando lo que está en juego es el nacimiento de una república independiente que, a buen seguro (y como profetizó en su día Shakespeare con respecto a Navarra) acabará asombrando al mundo.

Seguramente es un objetivo altamente loable, aunque, visto lo que estamos viendo, tal vez no sea lo más deseable, al menos para nosotros, los vascos. Conviene, por eso, que ahora que en Euskadi, con lo del 'nuevo estatus', tenemos casi un año para hablar hasta aburrirnos del derecho a decidir, seamos muy conscientes de lo que es el invento, en manos de quiénes está y cuáles pueden ser sus efectos. Ya los conocimos en la etapa de Ibarretxe.

No creo, pues, que nadie se llame a engaño en esta cuestión. Bueno, a lo mejor Podemos sí, porque como es nuevo en este patio…

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