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El Holocausto, los homenajes y la "no repetición"

Y cuando existen rescoldos de odio que no se quieren apagar siempre es posible que en un futuro y ante una ventolera que hoy no apreciamos afortunadamente, pueda producirse un nuevo incendio

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Fernando Grande-Marlaska, en la rueda de prensa ofrecida en la Subdelegación del Gobierno en Gipuzkoa

Loza, con el ministro Marlaska, esta semana.

Tras la derrota de ETA en 2011 y su disolución hace poco más de un año, la tarea que debe de ocuparnos es la de hacer realidad el principio de "no repetición". Que nunca tengamos que padecer el terror y el horror de los últimos cincuenta años. Ese fue el grito unánime de los supervivientes del Holocausto al ser liberados de los campos de exterminio: nunca más. Para ello tuvieron claro que una de los instrumentos a utilizar era el de la memoria. Había que contar lo sucedido, los horrores padecidos, como vacuna para que lo sufrido tan atrozmente no se repitiera nunca jamás. Y había que luchar contra los dos enemigos de la memoria: el olvido y la tergiversación unida muchas veces al negacionismo. Muchas son las publicaciones que dan cuenta de los sufrimientos injustamente padecidos.          

Lo que los supervivientes de los campos de exterminio dieron por supuesto era la radical deslegitimación por parte del conjunto de la ciudadanía, del nazismo y de la denominada "solución final", el exterminio de judíos, gitanos y homosexuales entre otros grupos de personas, A ningún superviviente se le pasó por la cabeza que hubiera personas y grupos que pudieran legitimar la barbarie.

Pues bien, también en el País Vasco existe un muy amplio consenso a la hora de proclamar la necesidad de no repetir los horrores del pasado terrorista. Pero observamos discrepancias a la hora de poner en práctica los dos principios ya enunciados por los supervivientes del Holocausto: memoria de los horrores y deslegitimación, condena, de los perpetradores. Ya me he referido en otras ocasiones a los problemas que suscita el abordaje de la memoria con sus riesgos de olvido y tergiversación. Quisiera centrarme en estas líneas en la situación de la deslegitimación de los perpetradores al hilo de los homenajes a dos presos de ETA acaecidos hace unas semanas en Hernani y Oñate. Y digo homenaje porque lo que vimos incluyó una escenografía muy similar a la que sucede cuando un campeón manomanista llega a su pueblo: mucha gente en la calle, vítores, aplausos, bengalas… celebrando la gesta del campeón. En ambas ocasiones se homenajea al héroe, al campeón, por lo realizado: la obtención de la txapela en un caso y el asesinato o el secuestro en el otro.

Nos encontramos así ante el homenaje a un vecino al que se vitorea por lo que ha hecho. Asesinar y secuestrar. Nos encontramos ante el homenaje al terrorista y, por ende, a la legitimación de sus acciones, al uso de la violencia para conseguir objetivos políticos.

Hechos como los descritos ponen de manifiesto que el odio cultivado en un sector minoritario pero significativo de la sociedad vasca persiste. Y bien sabemos que el odio es el germen de la radicalización, y que la radicalización puede dar lugar al uso de la violencia para conseguir objetivos que no logran alcanzarse por vías pacíficas y democráticas. Y lo que nos mostraron las imágenes de Hernani y Oñate es odio y en ciudadanos de todas las edades, niños incluidos. Si a todo esto le añadimos las manifestaciones de dirigentes de Sortu afirmando que gracias a lo anteriormente realizado -la "lucha armada"- hemos llegado hasta aquí, observamos que la deslegitimación imprescindible que pedían las víctimas del Holocausto no existe sino, más bien, lo contrario.

Y cuando existen rescoldos de odio que no se quieren apagar siempre es posible que en un futuro y ante una ventolera que hoy no apreciamos afortunadamente, pueda producirse un nuevo incendio. Para evitarlo es imprescindible que quienes causaron el incendio en los años 60 reconozcan la ilegitimidad del uso de la violencia para conseguir objetivos políticos en pasado, en presente y en futuro.

*Jesús Loza Aguirre es delegado del Gobierno en el País Vasco

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