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Que los aplausos de las 8 lleguen también a los centros de protección de la infancia

La crisis afecta directamente a los más vulnerables, la infancia

Sara Collantes

Especialista en derechos de la infancia de UNICEF España —

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Aunque llevemos ya varias semanas bajo el estado de alarma, seguimos adaptándonos aún a este nuevo ritmo de vida que se nos ha presentado, literalmente, de la noche a la mañana. Adaptando la logística, repartiéndonos tareas, intentando generar una nueva rutina que nos dé seguridad… y luchando por aceptarlo.

Nuestros mecanismos psicológicos están trabajando a mil revoluciones para buscar recursos en el almacén de nuestra historia personal, en la historia de Ana Frank, en los credos que profesamos, en las técnicas de relajación que conocemos, en los muchos o pocos elementos de la naturaleza que podemos ver desde nuestra ventana, en situar a los otros por delante de nosotros mismos...

Nuestro móvil, nuestra tablet u ordenador son fieles compañeros en estos momentos en los que una de nuestras necesidades humanas más profundas – la de relación social, ternura y contacto físico- solo puede suceder virtualmente, o solo con nuestros hijos pequeños.

Pero hay una cosa que nos inunda especialmente a todos el corazón de ánimo y esperanza desde que todo esto comenzara: los aplausos de las 8. Es el momento en que sentimos con fuerza que no estamos solos, en que hacemos nuestras las luchas de nuestros familiares aislados, las de nuestros niños encerrados en casa, las de los sanitarios, las de nuestros vecinos, la de nuestro pueblo, la de la humanidad entera. Con ellos nos sentimos seres humanos, sin distinción, sin fronteras, sin apartijos.

Solo cuando tememos por nuestra propia vida y la de los seres queridos, solo cuando la tierra firme se convierte en arena movediza como está pasando ahora, solo cuando sentimos que solos no podemos, solo entonces, somos capaces de entender de verdad cuál es la vivencia que acompaña el día a día de tanta gente olvidada, sola y vulnerable en nuestro mundo, y en nuestro país. ¿Quién no traga saliva de impotencia estos días cada vez que ve las imágenes de las residencias donde viven nuestros mayores?

Hay otras muchas residencias en España, quizás más olvidadas, donde no hay tanto combate a vida y muerte, aunque sí una terrible soledad y angustia que crece cada día de este confinamiento.

Por eso me gustaría pedir que en el aplauso de las 8, nuestro corazón viajara también por unos segundos a los cientos de centros deprotección de la infancia de nuestro país y a los que acogen a refugiados que han llegado huyendo de la violencia y la penuria.

Los centros de menores albergan a decenas de niños y niñas que no tienen familia, que no las tienen cerca porque han venido para ayudarlas, o porque sus familiares les han arruinado la vida con violencia, abusos y malos tratos. Algunos, debido a las barreras idiomáticas, aún no comprenden demasiado bien lo que está pasando, otros se hunden en el pozo de la frustración soledad más absoluta, por tan siquiera tener acceso a internet para contactar con algún ser querido, seguir con las clases de español o distraerse viendo una película en Netflix.

Estos centros están atendidos por profesionales que muchas veces hacen un trabajo en la sombra, poco reconocido, con apoyos y recursos inversamente proporcionales a los retos que tienen. Estas personas excepcionales reparten estos días su tiempo y su corazón entre la familia que tienen en casa, y la gran familia de los niños solos.

Hay otros niños que, aunque estén con sus padres, acaban de llegar a nuestro país porque son refugiados. No tienen redes, sino traumas por lo vivido en sus países. Todo esto es una prueba más de la gymkana en la que se ha convertido su vida. He conocido muchos rostros e historias, y puedo asegurar que como la vida les ha hecho fuertes, seguro que están aplaudiendo con fuerza cada día desde las ventanas de sus habitaciones para hacernos llegar su compañía y solidaridad.

Son niños y niñas cuya vida ya era muy difícil antes de la llegada del coronavirus. Niños y niñas muy vulnerables antes de que tuvieran que afrontar otra prueba más, la del aislamiento. Viven en centros, a menudo saturados, que ahora más que nunca necesitan apoyo y recursos para que, en estos momentos tan difíciles para todos, estos niños y niñas no caigan en el olvido.

A pesar de que viven con sencillez y escaso confort, tienen muchas agallas para salir de los atolladeros, ganas de arrimar el hombro y hambre de que contemos con ellos. No hay una sola vez que haya visitado uno de estos lugares que no haya salido con esta sensación.

No dejo de pensar en las iniciativas que están surgiendo entre comunidades de migrantes y refugiados estos días por toda Europa. Chicos subsaharianos en España fabricando de día y de noche mascarillas para nuestros sanitarios, o niños y niñas en los centros de protección italianos que dan clases on line de actividades que saben hacer: cocinar sus platos típicos, bailar, o técnicas de regateo con el balón.

Hay mucha gente a la que dedicar un pensamiento a las 8. Aplausos que ya están cambiando el mundo y que pueden cambiar para siempre la manera en la que nos miramos, también a los que vienen de fuera. Disfrutémoslo, porque es la fiesta de la solidaridad con el ser humano. #EsteVirusLoParamosUnidos si no dejamos a nadie atrás, si contamos con todos y cada uno.

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Publicado el
16 de abril de 2020 - 23:40 h

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