Construcción de ciudadanía para tiempos complejos

Varios visitantes hacen cola ante la entrada al Museo del Prado, en su 203 aniversario. EFE/ Víctor Lerena

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Tras las dos grandes sacudidas que significaron las sucesivas guerras mundiales del siglo pasado, la necesidad de protección de la ciudadanía se manifestó en la construcción de políticas públicas que aseguraran la subsistencia y los componentes esenciales para el progreso y la autonomía personal en un marco de libertades y de pluralismo político. El magnífico documental de Ken Loach, The Spirit of 1945, ilustra muy bien ese proceso, que tuvo expresión manifiesta en las constituciones de la posguerra, o años más tarde, en la Constitución Española y su artículo 9.2, con una clara posición en defensa del intervencionismo público como salvaguardia de la libertad y la igualdad.

No es pues extraño que la segunda mitad del siglo XX se caracterizara por la gran presencia de la acción pública en campos como la salud o la educación, consideradas como derechos básicos que aseguraban la autonomía personal y el progreso social. En este sentido, el salto adelante de Europa en general y de España en particular ha sido enorme, y aún hoy esas dos políticas representan el porcentaje mayor de inversión pública y siguen siendo consideradas como baluartes para evitar el crecimiento de la desigualdad.

En los últimos años se han ido incrementando los procesos de individualización al mismo tiempo que las necesidades sociales y personales se hacían más diversas y complejas. Mientras que, simultáneamente, crecían las incertidumbres sobre los itinerarios formativos más adecuados para prepararse adecuadamente cuando los escenarios laborales y relacionales se tornan más y más volátiles. Decía Zygmunt Bauman, desde su matriz líquida, que los formatos educativos tenían que construirse pensando en la necesidad de que las personas fueran cada vez más capaces de readaptar sus conocimientos y capacidades a lo largo de la vida, ante la dificultad de prefigurar cuáles serían las peculiaridades que exigirían puestos de trabajo sometidos a cambios vertiginosos.

Por otro lado, cada vez nos vemos sometidos a situaciones y dilemas que incorporan y precisan dosis de conocimientos científicos básicos que permitan entender lo que va aconteciendo y como situarse personal y colectivamente ante ello. En coincidencia con ello y desde el campo más estrictamente científico, existe una notable preocupación para reforzar la capacidad de proyección y divulgación de los avances conseguidos y para que los mismos consigan modificar dinámicas y conductas que la comunidad científica en su conjunto consideran negativas para la salud de cada quién y para la propia supervivencia de la especie. Seguramente ello exige, como apunta la perspectiva de ciencia ciudadana, involucrar a la ciudadanía en los propios procesos de investigación.

En este escenario, la cultura y su capacidad de experimentar e innovar, buscando nuevos sentidos a las trayectorias vitales, constituye un poderoso aliado para ir más allá de los caminos habituales en los que se mueven los formatos educativos o el propio trabajo científico. Educación, ciencia y cultura se necesitan mutuamente para poder avanzar en lógicas más transversales, que complementen y hagan más fecundas las dinámicas de cada esfera. En el ámbito educativo, desde la educación infantil a las universidades, entiendo que las interacciones de carácter artístico y cultural son cada vez más necesarias, ya que la pura transmisión de conocimiento se da cada vez más por diversos canales y en cambio la experiencia formativa (en el sentido de Jacques Delors: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser) requiere dinámicas de exploración, de co-creación, de impulso de la creatividad, de potenciación de la innovación y de la capacidad de emprender caminos nuevos, que encuentran su mejor caja de herramientas en las dinámicas artísticas en sus diversas variantes. Personas que tienen niveles formativos similares, presentan características muy distintas dependiendo de lo que podríamos denominar su “mochila cultural”, es decir, las experiencias que en su trayectoria personal han tenido la oportunidad de vivir, teniendo libros en casa, visitando exposiciones, viajando o accediendo a educación artística extracurricular. 

Hace pocas semanas tuve la oportunidad de participar en la presentación del libro de Jazmín Beirak, “Cultura ingobernable” (Ariel, 2022), en el que la autora defiende con acierto la perspectiva de los derechos culturales, situando por tanto a la cultura al mismo nivel de necesidad social que la salud o la educación. Respondiendo así a la innegable distribución desigual de recursos en los canales de acceso a las distintas expresiones de cultura. Derechos culturales en el siglo XXI, como necesaria complementariedad y transversalidad entre las dinámicas científicas (que también encuentran en la cultura un aliado muy importante para hacer llegar sus aportaciones a la ciudadanía en formatos más accesibles y compartidos), las dinámicas educativas (en el sentido de reforzar el bagaje y las capacidades de los alumnos de todas las edades) y, en definitiva, la propia construcción de ciudadanía. 

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