Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Una avería técnica y tres errores humanos provocaron el fatal accidente
El accidente de Urda rompe la campaña
Opinión - 'Primero las víctimas', por Raquel Ejerique

Elecciones en Israel: la democracia en cuestión

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en un acto de su partido, el Likud, este mércoles. EFE/EPA/Abir Sultan
28 de octubre de 2026 23:40 h

0

Un examen atento de los resultados electorales que empiezan a conocerse y de la manera en que se interpretan puede enseñarnos mucho, no solo sobre la naturaleza del discurso político y el carácter de la sociedad israelí, sino, sobre todo, sobre el futuro que aguarda a Israel y a toda la región.

Una lectura directa de los resultados electorales apunta a una clara derrota del bloque favorable a Netanyahu y a una contundente victoria de sus adversarios, que se autodenominan el “bloque del cambio”. Según los resultados provisionales, 65 de los 120 escaños de la Knéset, el Parlamento israelí, corresponden al bloque contrario a Netanyahu. A primera vista, el veredicto de los votantes es inequívoco: rechazo a Netanyahu y a su política, junto con el deseo de reforzar la democracia liberal y el Estado de derecho, así como de reparar las fracturas sociales tras cuatro años de un gobierno corrupto, polarizador y divisivo. Por tanto, cualquier gobierno que no refleje la decisión de la mayoría vulneraría un principio fundamental del sistema democrático e ignoraría la voluntad de los votantes.

Sin embargo, en Israel es habitual interpretar los resultados electorales desde una perspectiva nacional y, en ocasiones, abiertamente nacionalista, que distorsiona su verdadero significado. Esta interpretación, que no tiene en cuenta los votos de los electores árabes a la hora de determinar la composición del gobierno, pone de manifiesto los límites de la democracia israelí y su carácter distorsionado. Cuando se interpretan los resultados desde una lógica nacional, se observa que el bloque de Netanyahu obtuvo, en realidad, la mayoría entre la población judía, mientras que la victoria efectiva del bloque que se le opone, fruto del apoyo de los partidos árabes, se desvanece como si nunca hubiera existido.

Los partidos que, injustificadamente, se autodenominan el “bloque del cambio” también participan de este discurso, erigido en principio fundamental de la política israelí. A lo largo de la campaña electoral, estos partidos declararon explícitamente su rechazo a cualquier posibilidad de colaboración política entre judíos y árabes. Queda así claro que el cambio prometido por los adversarios de Netanyahu se limita a sustituir al primer ministro, sin modificar las normas políticas de Israel ni su actitud hacia la minoría árabe. La paradoja de que los partidos del “bloque del cambio” se aferren al discurso nacionalista se manifiesta no solo en su negativa a reconocer el peligro de que una minoría de cerca de dos millones de personas pierda toda esperanza de mejorar su situación mediante vías democráticas, sino también en su disposición a renunciar a su propia victoria.

De ello se desprende que, si bien la victoria del bloque favorable a Netanyahu entre la población judía fue clara, aunque ajustada, la victoria de la política de derechas resulta indiscutible. Entre los partidos del “bloque del cambio” figuran formaciones inequívocamente derechistas, que no solo se oponen a la cooperación entre judíos y árabes y a convertir la igualdad en un principio constitucional, sino que también rechazan categóricamente la solución de dos Estados. Algunas han declarado expresamente su compromiso de continuar con el proyecto de asentamientos y profundizar el control israelí sobre los territorios palestinos. Por tanto, su fracaso no debería sorprendernos: cuando la promesa de cambio se reduce a una cuestión de personas, mientras se promete mantener la misma política, queda patente hasta qué punto son limitadas las posibilidades reales de una transformación sustancial.

En esencia, los resultados electorales son un reflejo de la sociedad que acude a las urnas. La naturaleza del discurso político revela una sociedad que ha adoptado una visión del mundo nacionalista de derechas, en la que una parte considerable de la población rechaza incluso los últimos vestigios del carácter democrático de Israel. Para estos sectores, el alejamiento de Israel de Occidente es una condición necesaria para liberarse de un sistema de valores ajeno que limita la posibilidad de ejercer la soberanía judía sobre el territorio palestino. Esta tendencia, que hoy parece un proceso histórico inevitable, transformará profundamente el carácter de Israel y su posición en el mundo: Israel pasará de ser un Estado desarrollado que se considera parte de las democracias liberales occidentales a convertirse en un Estado que sitúa el nacionalismo religioso y la soberanía territorial por encima de los valores universales de igualdad, derechos humanos y Estado de derecho.

Frente a la fortaleza de la derecha, los resultados electorales ponen de manifiesto la debilidad de la corriente liberal en Israel. Si tuviéramos que contar a los representantes electos que han expresado su apoyo a la solución de dos Estados y declarado su compromiso con la democracia liberal, difícilmente llegaríamos a una docena. Los resultados electorales, y sobre todo la manera en que se interpretan, muestran hasta qué punto es frágil la esperanza de que la sociedad israelí haga surgir de su seno a un nuevo Frederik de Klerk. La posibilidad de un cambio en Israel que anuncie un nuevo futuro para toda la región parece, por su parte, prácticamente inexistente.

Sin embargo, Israel no vive en una burbuja, y un cambio en su política responde a un interés internacional más amplio. En estas circunstancias, la Unión Europea sigue siendo el principal actor, si no el único, capaz de salvar a Israel de sí mismo. Sus dirigentes deben dejar claro que excluir a los partidos que representan a la minoría árabe de cualquier posibilidad de influir en la composición del futuro gobierno por razón de su identidad nacional vulnera el principio de igualdad política. También deben advertir de que la persistencia de la discriminación y de las vulneraciones de derechos civiles fundamentales tendrá consecuencias para las relaciones con Israel. Deberían considerarse sanciones individuales contra los políticos que recurren a una retórica racista y discriminatoria, que llaman a “fomentar la emigración de los palestinos” de Gaza -una expresión eufemística para referirse a “fomentar la expulsión”- o que promueven la anexión y la expansión del proyecto de asentamientos. La Unión Europea debe vigilar de cerca el trato que recibe la minoría árabe en Israel, ya que el respeto de sus derechos constituye una condición ineludible para cualquier cambio en la política israelí respecto a la cuestión palestina. Asimismo, debe garantizar que toda visita a Israel de un alto representante europeo incluya encuentros con representantes de la dirigencia política de la minoría árabe y con miembros de la sociedad civil que promueven el debate público sobre la igualdad ciudadana y los derechos humanos.

De ahí se deriva también la necesidad de definir los límites de la crítica. Un boicot cultural a Israel, que perjudica ante todo a la corriente liberal cuya debilidad han puesto de manifiesto los resultados electorales, es una bendición para la derecha nacionalista, que ya rechaza la cultura occidental. Basta con escuchar la alegría con la que los políticos de derechas acogieron el anuncio de la Unión Europea de Radiodifusión sobre la posibilidad de excluir a Israel del Festival de Eurovisión para comprender cómo el aislamiento cultural puede alimentar la propaganda nacionalista. Esto no significa que Europa deba abstenerse de tomar medidas, sino que la Unión Europea debe distinguir entre la presión selectiva sobre los actores responsables de violaciones de los derechos humanos y de perpetuar la ocupación y la discriminación contra la minoría árabe, por un lado, y las medidas generalizadas que podrían reforzar precisamente a las fuerzas que pretende debilitar, por otro.

La verdadera prueba de la democracia israelí no consiste únicamente en determinar quién formará el gobierno, sino en saber si Israel es capaz de reconocer a todos sus ciudadanos como socios en pie de igualdad, reconocer a los palestinos como titulares de derechos nacionales y considerar el compromiso político una condición para un futuro más seguro y justo. Sin un cambio de esta naturaleza, Israel corre el riesgo de seguir manteniendo las formas externas de la democracia mientras se aleja cada vez más de su contenido esencial, hasta que la brecha entre la imagen que tiene de sí mismo y la realidad política resulte imposible de cerrar.

Etiquetas
stats