La guerra como argumento electoral
Uno de los grandes problemas que tiene convocar elecciones en estos tiempos es que los cuarenta días que han de transcurrir entre la fecha de la convocatoria y la de la efectiva celebración electoral se han convertido en una auténtica eternidad, en la que pueden ocurrir mil cosas que varíen el signo de lo previsto por el convocante.
Claro que ese problema admite modulaciones. Elegir como causa justificante para convocarlas el estallido de una guerra (con el claro objeto de reagrupar las propias fuerzas, algo dispersas, y, de paso, descolocar al adversario político), tiene más probabilidades de ser un escenario que se mantenga a lo largo de todo el periodo preelectoral que, por poner otro ejemplo, el juicio por unos casos de corrupción que pudieran salpicar al primer partido de la oposición. Máxime habida cuenta de que últimamente el concepto de “guerra breve” solo acostumbran a creérselo los que las inician, como el ejemplo de la invasión rusa de Ucrania ha acreditado de manera fehaciente.
Pero, aun aceptando el acierto de la hipotética elección de este detonante electoral, valdría la pena introducir alguna matización sobre determinados aspectos de lo que parece estar dándose por descontado. Porque quienes jalean semejante planteamiento suelen hacerlo sobre la base de establecer un paralelismo entre dicha situación y la que tuvo lugar con la guerra de Irak en 2003. En algunos aspectos, el paralelismo es indudable. En ambos casos se trató de una guerra que no contó con el respaldo de la ONU (ilegal, por tanto), y que fue llevada adelante por presidentes de los EEUU desigualmente impresentables por razones oscuras, que nada tenían que ver con las que se hacían públicas.
A partir de ahí empiezan las diferencias, sobre todo si pensamos en la respuesta que se produjo en nuestro país. Porque parece estar dándose por descontado que fue el rechazo mayoritario de la ciudadanía española a aquella intervención, representado por la consigna “no a la guerra” que ahora se pretende resucitar, el que hundió electoralmente al PP de José María Aznar y llevó en volandas a José Luis Rodríguez Zapatero a la Moncloa. Pero semejante reconstrucción, que, por lo visto, algunos esperan que, debidamente actualizada, permita mantener a Pedro Sánchez en ese mismo palacio, omite algunos elementos insoslayables por completo.
Porque si algún acontecimiento en particular produjo como efecto el triunfo del PSOE el 14 de marzo de 2004 fue el atentado de Atocha del jueves anterior. Por supuesto que el precedente de la guerra jugó un papel determinante, pero habría que recordar que, a pesar de él, las encuestas de entonces no auguraban la victoria electoral socialista, sino que más bien tendían a dar por vencedor, aunque con una escasa ventaja, a Mariano Rajoy. Al margen de la bochornosa gestión informativa del dramático suceso por parte de José María Aznar, probablemente el vuelco electoral del último momento se produjo porque amplios sectores de la ciudadanía establecieron una relación causa-efecto entre ambos elementos, guerra y atentados. De hecho, este fue el reproche explícito que en Barcelona, en la manifestación convocada para expresar la repulsa a los atentados, recibió masivamente Josep Piqué, por aquel entonces líder del PP en Cataluña.
De aceptar esta reconstrucción, ello significaría que el rechazo a la guerra, en tanto no daba lugar a efectos concretos que afectaran a la vida de los ciudadanos, permanecía en el plano del reproche moral, sin más trascendencia político-electoral. Fue en el momento en el que lo rechazado moralmente pasó a percibirse como una amenaza real, cuando el apoyo del PP a Bush generó una reacción en contra en las urnas. Demos, entonces, el siguiente paso en la argumentación lógica. El actual posicionamiento del gobierno contra la guerra podría parecer a primera vista que nos pone a salvo de lo que era la principal amenaza hace más de dos décadas, esto es, un atentado de signo islamista radical de alguna manera propiciado por el régimen iraní. Pero eso no significa en modo alguno que nos sitúe al margen de cualquier consecuencia indeseable.
Sin necesidad de hacer gala de mucha imaginación: ¿qué reacción podría provocar entre amplios sectores de nuestra sociedad el hecho de que fueran precisamente algunas de las represalias económicas anunciadas por Trump contra nuestro país -y no solo los efectos genéricos de la guerra- las que fueran percibidas por los ciudadanos como la causa primordial de una específica “amenaza real contra la prosperidad de familias y empresas”, acerca de la cual ya se habría apresurado a advertir Pedro Sánchez? ¿En qué medida lo que había empezado presentándose como una opción moral sería percibido como una justificación suficiente del deterioro de la situación objetiva de muchas personas, situación ya de por sí extremadamente delicada?
Repárese en que estamos anticipando situaciones por completo verosímiles, anunciadas de hecho ya como posibilidades reales por no pocos economistas. Pero no cabe descartar que también pudieran producirse otros efectos negativos sobre nuestro país -más difíciles de anticipar, habida cuenta del peculiar talante del actual inquilino de la Casa Blanca, pero no por ello menos dañinos- que pudieran terminar haciendo que amplios sectores de la ciudadanía española, además de censurar la actitud de su gobierno central, incluso acabaran por preferir que Donald Trump consiguiera dar por terminada la guerra cuanto antes.
Del pasado conviene extraer lecciones, y tal vez una de las más importantes sea la de la imposibilidad de tomar cualquiera de sus momentos, que desde la perspectiva del presente juzgamos favorable, como un modelo susceptible de ser repetido tal cual. Otra lección (que tal vez sea en el fondo la misma, solo que formulada desde otro ángulo) es la de que, valga la paradoja, hemos de aprender de la incertidumbre. En 2003 no ocurrió el desenlace electoral previsto, en aquella ocasión para bien de la izquierda. Pero que no nos confunda el signo que adoptó lo imprevisto. La única lección susceptible de extraer de dicha experiencia es precisamente que de ninguna manera podemos dar por descontado ese mismo resultado, por más que algunos se empeñen en comportarse exactamente igual que entonces.
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